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Las polémicas de James Rhodes, el pianista de Sánchez: “Habría tocado también para Abascal”

Despierta muchas (demasiadas) pasiones. O cae bien, o cae muy mal. Abre las puertas de su casa a EL ESPAÑOL y aprovecha: "Pido perdón a Almeida".
Cuando James Rhodes (Londres, 1975) abre la puerta de su casa, responde como se le intuye: con una gran sonrisa, ladeando la cabeza y diciendo tu nombre con énfasis, en ese acento de inglés que lo intenta. Te pide que te quites los zapatos, te ofrece un café y te lleva a una mesa al lado de su piano. Ese es el piano que toda España vio cuando el pasado 7 de octubre presentó en la televisión nacional la "puta tonelada de pasta", como él mismo dijo, que el país iba a recibir.

Los raudales de dinero son en realidad el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la Economía Española, los fondos de la Unión Europea y que ahora andan a ver cómo se reparten. El presidente, Pedro Sánchez, decidió inaugurarlo con él, con su pianista favorito, que se grabó el día anterior tocando el Himno de la alegría para representar la felicidad que el Ejecutivo quería mostrar. A fin de cuentas, no todos los días se recibe una puta tonelada de pasta.

Al lado del piano, como presidiendo, Rhodes tiene un setlist de un concierto de Nirvana. Año ochenta y pico, cuenta. Enmarcado, con las quemaduras de los cigarrillos y la cinta americana que lo pegaba al suelo del escenario. Un "Teen spirit" escrito a mano por Kurt Cobain indica que el himno del grupo grunge será la tercera canción de la velada. “Lo tengo aquí, cerca del piano, porque…”, cuenta a EL ESPAÑOL, y se toca los brazos para indicar que le pone la piel de gallina.

Y es que lo de Rhodes es pura pasión. Tanta, que a muchos se les atraganta. Primero, la suya propia por la música que, dice, le salvó la vida tras años de sufrir abusos sexuales. Después, desde que en 2017 llegó a España y atrincherado en la atalaya de su Twitter, profesa un amor inusitado por este país; tira de una filantropía compuesta de donaciones y labores humanitarias que, le critican, siempre le da demasiada publicidad; aunque él dice que la mayoría no se conocen, que no lo hace por eso.

En el camino, idolatra a Pedro Sánchez, arremete contra Santiago Abascal y Vox y cualquiera que se le parezca, mientras puja por la que identifica como su única causa: luchar para que a los niños no los violen. Así de sencillo.

Y, así, vive a caballo constante entre ser un eslogan de Mr. Wonderful paseando por Castilla y las pulsiones suicidas de Signe Baumane en Piedras en los bolsillos. No es una exageración, él lo ha intentado en varias ocasiones. A fin de cuentas, le han llegado a diagnosticar trastorno bipolar, personalidad múltiple, autismo, síndrome de Tourette... Ahora, o cae bien o cae mal. Si no cae, es porque no se sabe quién es. Se le escapa, siempre, el punto medio, la virtud aristotélica.

Rhodes entró en España como un guiri, famoso, sin más, con sus excentricidades; y pronto pasó a luchar por un cambio legislativo en materia de los derechos de los niños. Para ello, Sánchez le invitó en 2018 a la Moncloa, igual que hizo con el actor Richard Gere para la causa de la pobreza, y empezó la relación que culminó con la presentación de este mes de octubre. Eso le ha convertido a ojos de muchos en el pianista de cámara de Pedro Sánchez. Con el vicepresidente Pablo Iglesias la sintonía es parecida: el líder de la formación morada apodó Ley Rhodes a su Ley Orgánica de protección integral a la infancia y a la adolescencia frente a la violencia.

Él sin embargo, echa balones fuera. Suspira, se lleva las manos a la cara cuando habla de la politización de España, dice que no le gusta que la ley lleve su nombre y que no es por Sánchez, que habría ayudado a cualquiera, también a Pablo Casado, líder del PP, o al líder de Vox, Santiago Abascal. “Habría tocado para Abascal también si me lo hubiera pedido”. Tanta mesura desencaja con el canon preconcedido de él. Por si nos estamos despistando, le preguntamos.

-¿Qué opina de Pedro Sánchez?

-Me reuní con él simplemente porque es el que está en la Moncloa y es el que tiene el poder de llevar a cabo el cambio necesario para la protección de los menores. Le he visto ya varias veces. Me ha gustado desde la primera. Parece encantador, listo, empático y generoso. Es posible que todos los políticos entrenen para aparentar de esa forma, pero esa fue mi impresión y sigo con ella. Es un ser humano decente en una situación casi imposible y, para mí, está haciendo un buen trabajo. Al menos, hace un trabajo mejor que cualquiera que se me pueda ocurrir… seguro que tu jefe odia esta respuesta.

-¿Y de Santiago Abascal?

-Es un mentiroso, un bully, un xenófobo, un manipulador, un homófobo... [y continúa lanzando palabras gruesas contra el líder de Vox que no reproducimos]. A pesar de sus mierdas sobre que está siendo un soldado que lucha por la España de verdad, por dentro es claramente un niño pequeño desesperado por encontrar aprobación. (...) Entiendo que la gente quiera un cambio, que está desesperada con el sistema actual. ¿Pero de verdad piensan que alguien como Abascal es la respuesta? Venga ya.

Esta semana ha vuelto a estar en el objetivo de las miradas. Es imposible escapar de él. El jueves, apareció en el anuncio de Campofrío y este viernes fue trending topic el boicot a la marca, por contar con él. Unos días antes se hizo trending topic, otra vez, porque se metió con el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, compartiendo una foto de él junto a la de un retrato de un enano. Internet hizo de las suyas. A Rhodes a veces le aturde tanto ruido pero, ni logra escapar ni parece intentarlo.

Con lo de Almeida, desató una polémica que duró dos días y a la que se sumaron el ex diputado de Ciudadanos Juan Carlos Girauta, siempre al toque del tono navajero de la red social, y el periodista y europarlamentario Hermann Tertsch. El primero le dijo que "da más el perfil de abusador que de abusado" y el segundo que es "muy bien visto en los pesebres donde abreva y trinca del Gobierno delincuente". También dijeron cosas que este diario prefiere no reproducir y que han llevado a que el pianista les denuncie. Ahí, como siempre con Rhodes, las dos Españas.

-¿Dice que Abascal es un bully. Con Almeida, no fue usted el que se comportó un poco así? Al margen de las diferencias ideológicas, meterse con alguien por una condición física…

-Sí, lo hice. Fue algo terrible. Lo borré pocos minutos después por ese motivo. Aunque, claro, en las redes sociales nada desaparece del todo. Pido perdón a Almeida. No había excusa para una broma tan barata. He aprendido la lección.

¿Cómo ha llegado James Rhodes, un pianista extranjero, a levantar tantas pasiones, a estar en todos lados; desde ser invitado a los Goya, a pasar por el anuncio de Campofrío; a convertirse, aunque no le guste, en el pianista al que Pedro Sánchez recurre para darse bombo? Es un proceso.

Sus cinco vidas

La primera vida de James Rhodes, y quizás a su pesar, empieza cuando nace en Londres, en 1975. De familia acomodada, va al colegio privado Arnold House School, donde se hace amigo del ahora actor y entonces compañero de clase Benedict Cumberbatch, conocido por ser Sherlock Holmes o Dr. Strange, según a quién se le pregunte. Pero esa etapa se le acaba a Rhodes a la edad de seis, cuando su profesor de gimnasia, Mr. Lee, le viola repetidamente durante cinco años y a tal nivel que le tienen que operar la espalda varias veces porque se la llega a romper. Ahí empieza su segunda etapa, la que aún arrastra.

“No. Nunca me perdonaré. Ese es el gran problema con las violaciones. La vergüenza abarca tanto que nunca se va”, explica. “Cada vez que actúas con normalidad frente al que te abusa, cuando estrechas su mano, interactúas con él en público, pretendiendo que nada pasa, aumentas los lazos y con el tiempo te sientes como que te conviertes en su compañero, que le estás protegiendo”, añade, desglosando en unas pocas palabras todo lo que provoca el no entender, el silencio de los adultos, el no saber qué hacer. “Te vuelves un cómplice de tu propio abuso. Y eso es algo que nunca voy a poder perdonarme”, sentencia.

Esa segunda vida, esas violaciones, dura hasta los 10 años y desemboca en el neurotismo y la inestabilidad que aún le acompañan. Vinieron las enfermedades mentales, las adicciones -“no he vuelto a beber ni a tomar ninguna droga desde hace más de 25 años”- y los intentos de suicidio.

El primero fue aún joven, cuando intentó ahorcarse con un cable de antena que había en su habitación del psiquiátrico. Y después vinieron más. Siempre, por lo que ocurrió en ese cuarto sin ventanas del gimnasio del colegio, por ese profesor de gimnasia que le regalaba cajas de cerillas para hacerle sentir especial.

La tercera vida le llegó cuando se refugió de todo aquello en la música. Con Bach, primero autodidacta y luego ya ingresando en un conservatorio. Vino la fama, el nombre, el tocar en todas partes del mundo con esa firma personal de interpretar a Chopin con sudadera, sacando la música clásica del entorno elitista y metiéndola en YouTube. Y la cuarta vida le llegó en 2015, cuando ya era famoso y decidió contar todo lo anterior en el libro Instrumental. Entró, de golpe, a convertirse en el abanderado de una causa.

Mientras se echa un cigarro en la terraza de su casa, revela lo único que aparentemente no se sabe de él. Eso, que fuma. Lo demás es como si ya se supiera. Ha entrado tanto en su intimidad, ha contado tanto de sí, que da esa sensación de alguien a quien ya se conoce. Se sabe hasta lo que cenó hace un par de días, basta con entrar en su Twitter y ver las fotos.

-¿Ha revelado, quizás, demasiado de su vida privada?

-Creo que sí. Sí. Obviamente, aún hay cosas que he mantenido privadas. Montones. Todo lo que escribí en Instrumental es auténtico y va tan lejos como estaba dispuesto a llegar. Pero ha tenido su precio. Ahora es más importante que nunca hablar de abusos sexuales. Siempre he sentido que si tenía un micrófono, aunque fuera uno pequeño, era importante no estar callado ante ciertos temas como la autolesión, la violencia, el machismo, la salud mental, el racismo y la homofobia. Ahora de repente, mi interés en hablar de esas cosas, resulta que hace que la gente crea que soy súper de extrema izquierda. Pero creo que solamente me hace humano.

La quinta vida y última, de momento, le llegó a Rhodes en 2017, cuando decidió trasladarse a Madrid para vivir. El clic en su cabeza se produjo tras un concierto en Gijón, con la lluvia cayendo sobre el tejado de la iglesia en la que tocaba, y tras pasar tiempo en España se dio cuenta de que sus problemas se relajaban, que respiraba mejor y sonreía un poco más. Su cabeza, esa maquinaria tantas veces amenazante, parecía funcionarle mejor.

Y, de ahí, ha pasado a estar en todos lados. Ha entrado hasta la cocina: se ha hecho amigo de Manuela Carmena, se ha acercado a Pedro Sánchez, a Pablo Iglesias, chatea de cuando en cuando con Risto Mejide, escribe en El País, participa asiduamente en el programa de Andreu Buenafuente… está hasta en la sopa. Ahora en el anuncio de Navidad de Campofrío. En todos lados. A veces, para muchos, demasiado.

Idilio con Sánchez

“Apreciado señor Sánchez”. Con esas palabras empezaba la carta que James Rhodes le mandó al presidente del Gobierno en agosto de 2018, poco tiempo después de que el líder del PSOE llegara a Moncloa tras desalojar a Mariano Rajoy vía moción de censura. Su libro Instrumental había sido un éxito de ventas en España y ahora hacía el texto, junto a Save the Children, para pedirle que cambiara la ley.

Sánchez le hizo caso. Al día siguiente de la publicación de la carta, le invitaba a la Moncloa junto a la entonces ministra de Justicia y actual fiscal general del Estado, Dolores Delgado. Ahí empezaba el idilio de ambos.

Aunque se deshace en elogios hacia el presidente, matiza: “Si Casado o, Dios no lo quiera, Abascal estuvieran en la Moncloa habría hecho lo mismo. Si a Sánchez le gusta cómo toco el piano, pues me fascina. Pero mi único propósito para mezclarme con políticos fue el de aprobar la ley de protección a la infancia. Punto. No quiero andar con políticos, ayudar a sus campañas o elegir bandos. Me reuní con Sánchez porque es el que tiene el poder para llevar a cabo el cambio que hace falta respecto a la protección infantil”, comenta.

Pero luego fue a Pablo Iglesias, como ministro de Derechos Sociales, al que le ha tocado desarrollar la ley de protección de la infancia. “Pablo ha hecho más que cualquier otro político para sacar esta ley adelante. Ha trabajado increíblemente duro para ello. Y Nacho Ávarez [secretario de Estado de Derechos Sociales] también”, cuenta.

-¿No es un poco pretencioso que la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia, se llame como usted: Ley Rhodes?

-No lleva mi nombre oficialmente, claro. Pablo la llamó la Ley Rhodes en La Sexta y esa fue la primera vez que lo oí así. No creo que sea apropiado. Aunque es un honor, he desempeñado un papel muy pequeño mientras que hay organizaciones, políticos y profesionales que han estado trabajando durante años y años para conseguir esto.

Y sin embargo… que arrancaría Sabina en una de las canciones que Rhodes más ha escuchado este 2020, pudo meter mano en el texto legal. “Hay un par de cuestiones en las que insistí. La más importante es el tema de la prescripción del delito. Aunque no podíamos eliminarla por completo [habla en primera persona del plural, sí], por razones legales largas, aburridas y frustrantes, les obligue a que la edad empezara a contar a partir de los 30 años de la denuncia y no de los 18”, dice.

¿Y hay algo que le habría gustado hacer y que no ha podido incluir? “Me habría gustado que la prescripción del delito se hubiera eliminado por completo. Pero es una ley sólida, algo de lo que sentirse orgulloso”, subraya.

A pesar de que el Gobierno aprobó la ley y pasó al Congreso de los Diputados el pasado verano, su relación con el Ejecutivo no empezó y terminó ahí. Por si había alguien en España que no le conociera aún, en octubre apareció en la televisión estatal para presentar el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la Economía Española tocando el Himno de la Alegría. Son los 72.000 millones de euros en subvenciones de Europa, lo que él denominó como “una puta tonelada de pasta”, que ahora el Gobierno anda estudiando a ver cómo repartir. Se apuntalaba como cercano al Gobierno.

Ese ya fue el punto álgido para el hartazgo de muchos. ¿Qué hacía un pianista británico -además, dicen algunos que mal pianista- haciéndole lo que se consideraba como propaganda para el Gobierno? ¿Por qué él? ¿No había buenos pianistas patrios, incluso mejores, que podían representar mejor el simbolismo de todo aquello? Eso mismo pasó con la Ley Rhodes. ¿Por qué su nombre? Ese márquetin se volvió en su contra.

Él parece consciente de todo ello. “De alguna forma, porque he estado trabajando con el actual Gobierno sobre la Ley de protección infantil, ahora me perciben como su mascota. Entiendo la percepción”, dice. “Pero me han dicho que he apoyado a pedófilos porque el PSOE y Podemos bloqueaban la investigación del terrible caso de abusos de niñas en Baleares, a pesar de haber estado criticando esto constantemente en la prensa y televisión. Es como si me hicieran responsable, y eso es una locura”, comenta.

“Mi única solución es vivir de acuerdo con mis valores, y sé que algunos querrán darme un puñetazo en la cara y otros querrán darme un abrazo. Pero lo importante es que yo pueda dormir con la conciencia tranquila”, añade.

Contra Vox

Entrevistar a James Rhodes, a menos que esté promocionando algún libro o disco, no es nada fácil. Finalmente, abre a EL ESPAÑOL las puertas de su casa, a la que llegó cuando su vecino Javier Cámara le comentó que el piso de abajo se había quedado libre. Pero este diario se puso en contacto con él hace un mes y dijo que no, que más adelante. Luego, que por correo electrónico y nada de quedar en persona ni hacer fotos. Es como si quisiera dejar las respuestas por escrito, como si no se fiara. Ahora matiza que fue por alejarse de ruido, pregunta que si le echa leche al café y extiende sobre la mesa sus tres cámaras Leica, su nueva pasión.

“Me dijeron que si no hacía esta entrevista, tú harías el reportaje igualmente. Así que la hago con la esperanza de que, al menos, de alguna forma, pueda controlar parte de la narrativa”, dice. Cristalino.

En su confesión, cuenta que parte de ese escepticismo nace de todas las pasiones que levanta a nivel político. Aunque le aburren, aunque está cansado de que le digan “vete a tu país” o “vete a chupársela a tu profesor de gimnasia”, no se esconde y, de alguna forma u otra, siempre acaba de nuevo en el centro del huracán.

La primera y gran vez que se pronunció abiertamente contra Vox fue cuando hizo una donación al barco Open Arms, que rescata a migrantes en el Mediterráneo, en nombre de Santiago Abascal. Y de ahí, ha seguido contra todos. Casi sin distinción. Pero los dirigentes ultra no suelen entrar a las provocaciones.

-¿Ha vuelto a comer KFC?

-Ni de puta coña. Soy un fan acérrimo de Popeye’s desde que vi que la familia de Rocío Monasterio se beneficia por ello [la familia de la política trajo la franquicia a España].

Y, mientras dice esas palabras, cuenta que “la politización de España es terrible, nunca he vivido algo así, he vivido en Reino Unido, Nueva York, Francia… y nada es comparable con el nivel de aquí de izquierda contra derecha, lo que además es una batalla imposible de ganar”.

Uno se imagina que sin contradicciones ya sólo quedaría el dogmatismo. Porque al mismo tiempo que lamenta esa faceta, dice constantemente que España es la leche. De hecho, en poco tiempo le caerá la nacionalidad. Y es un privilegiado, la obtendrá sin exámenes ni nada, por ser un miembro activo de la sociedad y un valor cultural. “Como si fuera un futbolista”, dice.

“Espero que [la nacionalidad llegue] muy pronto. Todo el papeleo está hecho tras años de colas largas y el proceso ya está en marcha. Renunciaré a la británica. Primero, porque quiero. Quiero un borrón y cuenta nueva como ciudadano español. Y, segundo, porque la ley española lo pide. Pero es un precio que pago encantado por vivir en el mejor país del mundo”. Quizás ahí falla como futuro español. Ya se sabe, que no se puede querer tanto al país. No sin que el amor se vuelva peligroso, como aquellos que quieren salvarla.

Cuando llega la hora de despedirse -tras un “sí, que tengo que ensayar”- y empieza la rutina de volver a calzarse, de ponerse la mascarilla y el abrigo, Rhodes hace una última petición. “Si tienes la oportunidad, dile a Almeida que lo siento. Que fue un error. No le escribí personalmente para no darle más bola al asunto y, bueno… chao, gracias por venir”. Y de nuevo el mismo énfasis que al entrar.

Diego Rodríguez Veiga

https://www.elespanol.com/reportajes/20201206/polemicas-james-rhodes-pianista-sanchez-tocado-abascal/541196206_0.html