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Tres muchachas se quedan de piedra en el Camino de Santiago

La ruta jacobea hilvana multitud de leyendas a su paso por Navarra
Hace casi nueve siglos que las personas caminan hacia Santiago de Compostela. Los primeros peregrinos emprendieron la marcha impulsados por la fe. El tiempo ha diversificado las motivaciones, pero no ha reducido el número de romeros, todo lo contrario: solo durante el año 2018, la Oficina del Peregrino constató la llegada de 347.578 personas a Compostela a pie, en bicicleta o a caballo. Ya supondrán que la ruta acumula un raudal de historias, tradiciones y mitos. Algunos son píos y tienen el Camino como protagonista. Otros, simplemente, discurren en los lugares que atraviesa.

Bastantes peregrinos empiezan el viaje en Roncesvalles (Orreaga en vasco), donde los vascones zurraron de lo lindo a la retaguardia del ejército de Carlomagno y mataron a su lugarteniente Roldán. Este puerto separa las dos vertientes del Pirineo, por lo que permite empezar la caminata de la manera más plácida: cuesta abajo.

El vecindario es minúsculo, apenas tiene una veintena de habitantes, entretenidos por el continuo trasiego de senderistas. Hay algunos edificios muy monumentales, sobre todo la Real Colegiata de Santa María, un conjunto del siglo XIII, levantado sobre un templo anterior. La iglesia conserva una talla gótica de la Virgen con una historia propia. Observarán que incluye algunos anacronismos, no sean demasiado tiquismiquis con las leyendas.

Roncesvalles cuenta con dos albergues para peregrinos, el de siempre y otro muy moderno, de reciente construcción. Junto al antiguo albergue de Itzandegia mana una surgencia de agua: la fuente de la Virgen. Cuando los musulmanes invadieron la Península, el pánico se adueñó de estas montañas. Un canónigo de la colegiata estaba muy preocupado por la seguridad de la talla, temía los saqueos y las profanaciones. Para su protección, la enterró y no le dijo a nadie dónde. La imagen cayó en el olvido.

Mucho tiempo después, unos pastores advirtieron que un ciervo acudía al bebedero todas las noches, y que sus astas se iluminaban. Los asombrados pastores informaron al obispo de Pamplona sobre el hecho, pero este no los creyó; tal vez achacara la visión a ciertas setas locales.

La historia pudo quedar ahí, pero un ángel se entrometió en los sueños del buen obispo, apremiándolo para que verificase el relato de los pastores. El prelado y su séquito emprendieron la ascensión a Roncesvalles, adonde llegaron en plena noche. Guiada por los pastores e iluminada con antorchas, la comitiva acudió a la fuente, donde excavaron. Así encontraron una urna de mármol con la talla de la Virgen de Roncesvalles en el interior. Las crónicas eclesiásticas aseguran que "su vestido de plata refulgía maravillosamente".

La ruta jacobea está hoy perfectamente señalizada y cuenta con todas las comodidades. Antiguamente no fue así. A veces los peregrinos topaban con obstáculos naturales que dificultaban mucho su marcha. Uno de esos escollos era la travesía del río Arga en el pueblo de Zubiri, final de jornada para muchos caminantes.

Animados por las mejores intenciones, los vecinos se propusieron levantar un puente de piedra que facilitara el paso. No crean que fue sencillo: el pilar central se derrumbaba una vez tras otra. Hartos del problema, los constructores decidieron agujerear la roca que debía sostenerlo. ¡Acabáramos!: incrustados en la piedra, encontraron los restos de santa Quiteria, la protectora de la rabia.

Inmediatamente se organizó una procesión para el traslado de los despojos a la catedral de Pamplona. Nunca llegaron. A las puertas de la capital del reino de Navarra, en el pueblo de Burlada, las mulas se negaron a dar un paso más. Con sensatez, los portadores interpretaron que era voluntad de la santa instalarse allí, donde aún permanece.

A partir de entonces, las obras del puente de Zubiri avanzaron con velocidad vertiginosa. Los peregrinos aún lo cruzan para entrar en el núcleo, siendo muchos los que se dan un refrescante chapuzón estival en la poza que hay bajo los dos arcos. Los más advertidos aprovechan para rodear el pilar central, del que aseguran que aún previene y cura la rabia. El topónimo Zubiri, por cierto, significa "Pueblo del Puente" en vasco.

Durante la alta edad media, la mayor parte de la población era iletrada, no sabía leer. Esa limitación dificultaba la transmisión de historias y valores, que a menudo quedaba en manos de juglares y canteros. Estos últimos llenaron las iglesias de escenas bíblicas y relatos moralizantes.

El refectorio de la catedral de Pamplona (Iruña) alberga un capitel en el que aparece un hombre que sujeta un toro enfurecido. Es Ataúlfo, supuesto arzobispo de Compostela durante el siglo IX. Este prelado pretendió meter en cintura al clero de la época, parte del cual llevaba una vida más bien libertina y disipada.

Ya supondrán que su iniciativa no fue muy popular entre algunos subordinados. Como represalia, estos lo denunciaron ante el rey de Asturias, Alfonso III el Magno. Lo acusaron de todo: sodomía, zoofilia, coprofilia y, lo que era aún peor, de connivencia con los musulmanes.

El monarca convocó a Ataulfo a la Corte, donde le impuso un Juicio de Dios: se las vería con un toro bravo en un lugar público, y Dios dictaminaría si era inocente o culpable. La plebe ya se relamía previendo una escabechina de lo más entretenida. El morlaco arrancó a todo trapo, pero se detuvo justo antes de embestir a Ataúlfo, permitiendo que este sujetara sus cuernos y le acariciara la cabeza. Así se probó la inocencia del arzobispo y también la perfidia de sus detractores, como ilustra el capitel de la catedral pamplonica.

Algunas tradiciones han llegado hasta nosotros transformadas en teatro popular. Sucede en el pueblo de Obanos, donde el Misterio de Guillén y Felicia se representa cada dos años. No crean que es una funcioncilla de estar por casa, una cosita de aficionados para vecinos ociosos: intervienen más de 400 actores y figurantes, se utilizan más de mil trajes de época y está declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Es un proyecto con una complejidad grandiosa.

La protagonista femenina de la historia es una princesa gala, Felicia de Aquitania, quien peregrina a Compostela. La experiencia la transforma, pierde el interés por la vida palaciega y adopta una decisión chocante: decide establecerse en el valle de Arce (Artzibar), donde hará labores domésticas para una familia local a la que oculta su identidad. Ni se le pasa por la cabeza comunicar la decisión a su familia, ya saben cómo son los jóvenes.

Los padres, alarmados por la desaparición, envían a su hermano Guillén en su búsqueda. Imaginen la cara del joven aristócrata al encontrarla haciendo de chacha para unos campesinos. Lo encajó mal, la verdad. Tan mal que la mató con una daga.

Guillén pudo ser una asesino, pero tenía conciencia. Atormentado por los remordimientos, confesó su crimen a un monje, quien le aconsejó que él también peregrinase a Compostela y, a su vuelta, se instalase en la ermita de Arnotegui, cercana a Obanos, como anacoreta, y que allí se consagrara a la oración y la asistencia a los peregrinos. Así lo hizo hasta su muerte. El cuerpo de Felicia, por su parte, descansa en una ermita del cercano pueblo de Labiano (Labio). Dicen que sana los dolores de cabeza a quienes rezan por ella.

Los caminos Francés y Aragonés se unen en Puente la Reina. A un tiro de piedra de esa confluencia se alza una de las iglesias más llamativas de la ruta: Santa María de Eunate, un precioso templo octogonal en medio de trigales. Se ha especulado sobre su posible uso como camposanto para peregrinos, debido al hallazgo de tumbas con conchas de vieira en el entorno. También se apunta que la torre pudo admitir una linterna, cuyo fuego orientaría a los caminantes en la noche.

Una singularidad de Santa María de Eunate es que su portada tiene una hermana gemela —aunque invertida— en la iglesia parroquial del pueblo de Olcoz (Olkotz): lo que en una aparece a la izquierda, en la otra está a la derecha, y viceversa. Esta simetría imperfecta tiene un porqué. El maestro cantero de Eunate fue uno de esos artistas que necesitan inspiración.

Cuando recibió el encargo de la portada, se retiró al bosque, donde permaneció una temporadita tonteando con las musas. Tanto tiempo permaneció allí que, cuando regresó, la portada ya estaba acabada, un gigante mañoso había hecho su trabajo. El cantero se enfadó mucho, expresó su indignación y enojo, pero solo le valieron un castigo: tendría que esculpir otra portada idéntica en solo tres días, el mismo tiempo empleado por el gigante. Era imposible.

Menos mal que lo socorrió una aliada imprevista: apiadada por su angustia, cierta bruja que vivía en la comarca le enseñó un sortilegio ad hoc. Cuando lo invocó, salió casi perfecto, si no fuera porque su portada estaba girada respecto a la original, como si la reflejara en un espejo. Todo el mundo quedó maravillado por la rapidez y perfección de la obra, menos el gigante. Este, molesto, le dio un puntapié a la segunda portada, que salió volando hasta el pueblo de Olcoz, donde todavía se encuentra.

Puente la Reina (Gares) debe su nombre al maravilloso puente románico del siglo XI que salva el cauce del río Arga, y que aún cruzan los peregrinos. A principios del siglo XIX, dicho puente tenía una pequeña capilla que albergaba la imagen de la virgen del Puy. Numerosas crónicas de la época testimoniaron la existencia de un pajarillo (txori en vasco) que, todas las mañanas, aseaba la talla con agua que llevaba en el pico, y que limpiaba cualquier telaraña o piedrecilla que pudiera importunarla.

El hecho está documentado con frecuencia diaria durante casi veinte años, entre 1824 y 1843, cuando la capilla se derribó, y trasladaron la imagen a la iglesia de San Pedro, donde está aún. Ese hecho curioso se conoce localmente como la leyenda del txori.

Estella (Lizarra) es un hito importante en la ruta jacobea. También es una ciudad muy unida a san Andrés apóstol. El origen de ese nexo se remonta a 1270, cuando un peregrino griego murió allí agotado y enfermo. Nadie lo conocía. Lo enterraron en el claustro de la iglesia de San Pedro de la Rúa, que era un camposanto para romeros entonces.

Esa noche y las siguientes, unas lucecillas sobrevolaron la tumba, impeliendo a las autoridades a exhumar el cadáver. Cuando escrutaron las pertenencias, descubrieron que el fallecido no era un peregrino cualquiera: resultó ser el obispo de la ciudad helénica de Patrás, incluso llevaba el báculo episcopal a cuestas.

También encontraron el omóplato de san Andrés en un relicario, junto a documentación que acreditaba su autenticidad —recordemos que el primer apóstol fue crucificado en aquella ciudad griega—. La intención del obispo era entregar el hueso como ofrenda en Compostela, pero la reliquia ya no se movió de Estella, aún se conserva en San Pedro de la Rúa. San Andrés es, desde entonces, el patrón de la ciudad navarra.

La ermita de San Vicente está en las afueras de Los Arcos. Muy cerca del templo hay tres losas. La arqueología las identifica como estelas mortuorias romanas, pero es una equivocación: en realidad son tres jovenzuelas desvergonzadas, a quienes su exasperada madre maldijo en un momento de ofuscación. Popularmente se conocen como Las Tres Piedras Mormas.

Tiempo atrás hubo un suntuoso palacio en ese mismo paraje. Lo habitaron una dama llamada Elena y sus tres hijas, Julia, Juliana y Julieta. Aunque la madre era bonachona y muy religiosa, las muchachas eran egoístas, mordaces y descerebradas, unos malos bichos. Tal vez les suene la copla: "Tres, eran tres, las hijas de Elena / Tres, eran tres, y ninguna fue buena".

Cuando llegó el carnaval, las jóvenes lo pasaron de fiesta en fiesta como todos hemos hecho a su edad. Por desgracia, la experiencia les pareció tan amena que no quisieron saber nada de la cuaresma. Al contrario, organizaron otra juerga e invitaron a todos sus amigotes.

Cuando llegó la hora de ir a misa, la pobre Elena se quedó afónica convocándolas, pero solo recibió burlas e insultos como respuesta. Harta de tanta insolencia, la madre las amenazó: "Como a misa a San Vicente no vengáis, piedras mormas os volváis". El pueblo encontró las tres losas hincadas en el suelo cuando terminó el oficio, todavía continúan ahí.

El pueblo de Bargota está a solo 3 km de Torres del Río, y llama la atención porque cada tercera semana de julio dedica una semana a la brujería. Los festejos honran la memoria de un vecino llamado Johanes, quien vivió en el núcleo durante el siglo XVI. El pueblo le ha dedicado, además, una plaza y una estatua, y conserva su casa natal.

Este Johanes fue un hombre instruido —estudió Teología en Salamanca—, y también un gamberrete de tomo y lomo. Al parecer, entretenía a los vecinos con trucos de ilusionismo y prestidigitación, todo inofensivo. Por desgracia, esas habilidades llegaron a oídos de la Inquisición, que lo sometió a un auto de fe.

La sentencia fue benévola, no se alarmen, Johanes solo tuvo que cargar un sambenito durante un año, vistió un traje de penitente que advertía sobre sus deslices. Eso sí, las veladas de magia acabaron para siempre. A partir de entonces sentó la cabeza y no dio más que hablar, para aburrimiento de los pobres bargotanos.

Pepe Verdú

https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20210327/6604608/leyendas-camino-santiago-navarra.amp.html