Matar un Ruiseñor

Capítulo 10

Atticus está débil; se acercaba a los cincuenta. Cuando Jem y yo le preguntábamos por qué era tan viejo, nos respondía que había empezado a vivir tarde, lo cual nosotros lo reflejábamos sobre sus habilidades y su virilidad. Atticus era mucho más viejo que los padres de nuestros condiscípulos, y Jem y yo no podíamos replicar nada cuando los compañeros respectivos de clase comenzaban: «Mi padre...»

Jem estaba loco por el fútbol. Atticus no se cansaba nunca de jugar de guardameta, pero cuando Jem quería disputarle la pelota, Atticus solía decir:

—Soy demasiado viejo para esto, hijo.

Atticus no hacía nada; trabajaba en una oficina, no en una droguería. Atticus no conducía un camión volquete a cuenta del Condado, no era sheriff, no cultivaba tierras, no trabajaba en un garaje, ni hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie.

Aparte de lo dicho, llevaba gafas. Estaba casi ciego del ojo izquierdo, y decía que los ojos izquierdos eran la maldición tribal de los Finch. Cuando quería ver bien alguna cosa, volvía la cabeza y miraba con el ojo derecho.

No hacía las mismas cosas que los padres de nuestros compañeros de clase; jamás iba de caza, no jugaba al póker, ni pescaba, ni bebía, ni fumaba. Se sentaba en la sala y leía.

Con estos atributos, no obstante, no quedaba tan olvidado como nosotros habríamos deseado; aquel año en la escuela zumbaban las conversaciones acerca de que nuestro padre defendía a Tom Robinson, y ninguna de ellas tenía un tono laudatorio. Después de mi altercado con Cecil Jacobs, con motivo del cual me comprometí a una política de cobardía, corrió la voz de que Scout Finch no se pelearía más, ya que su padre no se lo permitía. Esto no era absolutamente exacto: yo no lucharía en público por Atticus, pero la familia era un terreno particular.

Lucharía con cualquiera desde primo de tercer grado para arriba con los dientes y las uñas. Francis Hancock, por ejemplo, estaba enterado de ello.

Cuando nos regaló los rifles de aire comprimido, Atticus no quiso enseñarnos a tirar. Tío Jack nos instruyó en los rudimentos de tal deporte, y no dijo que a Atticus no le interesaban las armas, Atticus le dijo un día a Jem:

—Preferiría que disparaseis a los botes vacíos en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.

Aquella fue la única vez que le oí decir a Atticus que esta o aquella acción fuese pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso.

—Tu padre tiene razón —me respondió—. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor.

—Miss Maudie, éste es un barrio viejo, ¿verdad?

—Existe desde hace más años que la misma ciudad.

—No, quiero decir que la gente de nuestra calle es vieja. Jem y yo somos los únicos niños que hay por aquí. Mistress Dubose se acerca mucho a los cien años, miss Rachel es vieja, y también lo son usted y Atticus.

—Yo no diría que a los cincuenta sea uno muy viejo —replicó miss Maudie con aspereza—. Todavía no me llevan en un sillón de ruedas, ¿verdad que no? Y a tu padre tampoco. Pero debo decir que la Providencia tuvo la bondad de quemar aquel mausoleo antiguo que era mi casa, y soy demasiado vieja para volver a levantarla... Quizá tengas razón, Jean Louise, éste es un barrio de gente sosegada. Tú jamás has tratado mucho con gente joven, ¿verdad que no?

—Sí, en la escuela.

—Quiero decir personas que sean mayores y jóvenes. Eres afortunada, debes saberlo. Tú y Jem habéis disfrutado del beneficio de la edad de tu padre. Si él hubiese tenido treinta años, habrías hallado una vida muy distinta.

—Habría sido distinta, sin duda. Atticus no sabe hacer nada...

—Te sorprendería —dijo miss Maudie—. Aún queda mucha vida en su cuerpo.

—¿Qué sabe hacer?

—Pues sabe redactar el testamento de cualquiera con tal minuciosidad que nadie puede buscarle pelos. —Bah...

—¿Y no sabías que es el mejor jugador de ajedrez de esta población? Mira, abajo en el Desembarcadero, cuando éramos chicos aún, Atticus Finch vencía a todos los contrincantes de ambas orillas del río.

—Buen Dios, miss Maudie, Jem y yo le ganamos todas las partidas.

—Ya es hora, pues, de que sepas que ganáis porque os deja. ¿Y estabas enterada de que sabe tocar el arpa judía?

Esta modesta habilidad hizo que todavía me sintiera más avergonzada de mi padre.

—Pues... —dijo mi interlocutora.

—¿Pues qué, miss Maudie?

—Pues, nada. Nada...; parece que con todo esto deberías estar orgullosa de él. No todo el mundo sabe tocar un arpa judía. Y ahora no estorbes a los carpinteros. Yo estaré con mis azaleas y no podré vigilarte. Podría herirte un madero.

Me fui al patio posterior y encontré a Jem disparando contra un bote de hojalata, cosa que parecía estúpida, con tantos arrendajos azules como había por allí. Volví al patio de la fachada y durante dos horas me atareé levantando, a un costado del porche, un complicado parapeto, consistente en una cubierta de coche, una caja de navajas, el canasto de la ropa, las sillas del porche y una bandera de los EE.UU. que Jem había encontrado en una caja de rosetas de maíz, y que me regaló.

Cuando Atticus llegó a casa para la comida, me encontró acurrucada detrás, apuntando al otro lado de la calle.

—¿Contra qué vas a disparar?

—Contra la parte trasera de miss Maudie.

Atticus se volvió y vio mi abundante blanco doblado sobre los arbustos. Echándose el sombrero hacia atrás, cruzó la calle.

—¡Maudie —gritó—, creo conveniente advertirte! ¡Corres considerable peligro!

Miss Maudie se irguió y volvió la vista hacia mí, exclamando:

—Atticus, eres un demonio del infierno.

Al regresar, Atticus me ordenó que levantase el campamento.

—No permitas que vuelva a sorprenderte nunca apuntando a nadie con esa arma —me dijo.

Yo deseé que mi padre fuese un demonio del infierno. Sondeé a Calpurnia sobre la cuestión que me preocupaba.

—¿Míster Finch? Vaya, sabe hacer infinidad de cosas.

—¿Como por ejemplo? —pregunté.

Calpurnia se rascó la cabeza.

—Pues, no lo sé exactamente —contestó.

Jem subrayó la fase cuando preguntó a Atticus si jugaría por los metodistas, y éste contestó que si jugara se rompería el cuello, que era demasiado viejo para aquellas cosas. Los metodistas trataban de pagar la hipoteca que pesaba sobre su templo, y habían retado a los bautistas a un partido de fútbol. Todos los padres de la ciudad jugaban, excepto, al parecer, Atticus. Jem dijo que no iría siquiera, pero era incapaz de resistirse al fútbol en cualquiera de sus formas, y permaneció malhumorados en las líneas laterales con Atticus y conmigo viendo al padre de Cecil Jacobs marcar tantos para los bautistas.

Un sábado, Jem y yo decidimos salir de exploración con nuestros rifles de aire comprimido para ver si encontrábamos un conejo o una ardilla. Habíamos ido quizá unas quinientas yardas más allá de la Mansión Radley cuando advertí que Jem miraba sesgadamente calle abajo. Había vuelto la cabeza hacia un lado y miraba por el rabillo del ojo.

—¿Qué estás mirando?

—Aquel perro viejo de allá abajo —dijo.

—Es el viejo «Tim Johnson», ¿verdad?

—Sí.

«Tim Johnson» era propiedad de míster Harry Johnson, que guiaba el autobús de Mobile y vivía en el extremo meridional de la ciudad. «Tim» era un perro perdiguero, color de hígado, el mimado de Maycomb.

—¿Qué hace?

—No lo sé, Scout. Será mejor que nos vayamos a casa.

—Bah, Jem, estamos en febrero.

—No me importa, se lo explicaré a Calpurnia.

Nos precipitamos hacia casa y corrimos a la cocina.

—Cal —dijo Jem—, ¿podrías salir a la acera un minuto?

—¿Para qué, Jem? Yo no puedo salir a la acera cada vez que tú me lo pides.

—Hay un perro allá abajo que le pasa algo.

Calpurnia suspiró.

—Ahora no puedo vendar las patas de ningún perro. En el cuarto de baño hay gasa; ve a buscarla y hazlo tú mismo.

Jem meneó la cabeza.

—Está enfermo, Cal. Le pasa algo raro.

—¿Qué hace? ¿Prueba de morderse la cola?

—No, hace así... —Jem hizo unos movimientos de deglución parecidos a los de una carpa, encogió los hombros y dobló el torso—. Anda de este modo, pero como si no lo hiciera adrede. —¿Me estás contando un cuento, Jem? —la voz de Calpurnia se endureció.

—No, Cal, juro que no.

—¿Corría?

—No, sólo aviva el paso, aunque tan poco que apenas se nota. Viene hacia esta parte. Calpurnia se lavó las manos y salió al patio detrás de Jem.

—No veo ningún perro —dijo.

Nos siguió hasta más allá de la Mansión Radley y miró hacia donde señalaba Jem. «Tim Johnson» no era mucho más que una mancha distante, pero estaba más cerca de nosotros. Andaba de un modo raro, como si tuviera las piernas delanteras más cortas que las traseras. Me hacía pensar en un coche encallado en un arenal.

—Se ha vuelto patituerto —dijo Jem.

Calpurnia miró con ojos muy abiertos, luego nos cogió por los hombros y nos hizo regresar corriendo a casa. Cerró la puerta de madera detrás de nosotros, cogió el teléfono y gritó: —¡Póngame con la oficina de míster Finch! —al cabo de un momento gritaba—: ¡Míster Finch! Soy Cal. Juro por Dios que un trecho abajo de la calle hay un perro rabioso... Viene hacia acá, sí,
señor..., es... míster Finch, declaro que es... el viejo «Tim Johnson», sí, señor..., sí, señor..., sí... Colgó, y cuando probamos de preguntarle qué había dicho Atticus, movió la cabeza. Hizo sona el soporte del teléfono y dijo:

—Miss Eula May, he terminado de hablar con míster Finch; le ruego que no me conecte más...

Escuche, miss Eula May, ¿podría llamar a miss Rachel y a miss Stephanie Crawford y a todos los de esta calle que tengan teléfono y decirles que viene hacia acá un perro rabioso? ¡Se lo ruego, señora! —Calpurnia escuchó unos momentos—. Ya sé que estamos en febrero, miss May, pero reconozco un perro rabioso con sólo verlo. ¡Por favor, señora, dese prisa!

Luego preguntó a Jem:

—¿Tienen teléfono los Radley?

Jem consultó el listín y dijo que no.

—De todos modos, no saldrán, Cal.

—No me importa, voy a avisarles.

Y corrió al porche de la fachada, seguida de Jem y de mí, que le pisábamos los talones. —¡Vosotros quedaos en casa! —gritó.

Los vecinos habían recibido el mensaje de Calpurnia; todas las puertas que quedaban dentro del límite de nuestra visión estaban cerradas herméticamente. No vimos ni rastro de «Tim Johnson». Con la mirada seguimos a Calpurnia, que corrió hacia la Mansión Radley levantándose la falda y el delantal por encima de las rodillas. Después de subir las escaleras de la fachada, golpeó con furia la puerta. No obtuvo respuesta, y entonces gritó:

—¡Míster Nathan, míster Arthur, viene un perro rabioso! ¡Viene un perro rabioso! —Tendría que dar la vuelta y entrar por detrás —dije yo.

Jem movió la cabeza negativamente.

—Ahora ya es lo mismo.

Calpurnia golpeó la puerta en vano. Nadie agradeció su mensaje, y pareció que nadie lo había oído.

Mientras Calpurnia venía como una flecha hacia el portal trasero, por el paseo de entrada asomó un «Ford» negro. Atticus y míster Heck Tate saltaron del coche.

Míster Heck Tate era el sheriff del Condado de Maycomb. Era tan alto como Atticus, pero más delgado. Tenía la nariz larga, llevaba botas con ojalitos brillantes de metal, pantalones de montar y chaqueta de leñador. De su cinturón asomaba una hilera de balas. Empuñaba un pesado rifle. Cuando él y Atticus llegaron al porche, Jem abrió la puerta.

—Quédate dentro, hijo —dijo Atticus—. ¿Dónde está, Cal?

—Ya debería estar ahora allí —contestó Calpurnia, señalando calle abajo.

—No corre, ¿verdad que no? —preguntó míster Tate.

—No, señor, está en la fase de los estremecimientos, míster Heck.

—¿Salimos a su encuentro, Heck? —preguntó Atticus.

—Será mejor que aguardemos, míster Finch. Generalmente siempre avanzan en línea recta, pero no es posible asegurarlo. Acaso siga la curva..., confío en que no lo haga, pues en ese caso se metería directamente dentro del patio trasero de los Radley. Esperemos un minuto.

—No creo que se meta en el patio trasero de los Radley —replicó Atticus—. La valla le detendría. Probablemente seguirá la calle...

Yo creía que los perros rabiosos sacaban espuma por la boca, galopaban, daban saltos y se arrojaban sobre la garganta de la gente, y que todo esto lo hacían en agosto. Si «Tim Johnson» hubiese actuado según este modelo, habría estado menos asustada.

No hay otra cosa más muerta que una calle desierta, aguardando. Los árboles estaban inmóviles, los ruiseñores callados, los carpinteros de la casa de miss Maudie habían desaparecido. Oí que míster Tate estornudaba y luego se sonaba la nariz. Le vi levantar el arma hasta el ángulo del codo. Vi la cara de miss Stephanie Crawford enmarcada en el cristal de la ventana de su puerta de la fachada. Miss Maudie apareció y se quedó a su lado. Atticus apoyó un pie en un travesaño de una silla y se frotó lentamente un lado del muslo con la mano.

—Allí está —con voz pausada.

«Tim Johnson» apareció a la vista, andando a ciegas por el borde interior de la curva paralela a la casa de los Radley.

—Míralo —susurró Jem—. Míster Heck decía que caminaban en línea recta. Ese ni siquiera sabe seguir la de la calle.

—Parece más enfermo que otra cosa —dije yo.

—Deja que se le ponga algo delante y se lanzará hacia ello derechamente.

Míster Tate se llevó la mano a la frente y se inclinó hacia adelante.

—La ha cogido, no cabe duda, míster Finch.

«Tim Johnson» avanzaba a paso de caracol, pero no jugaba ni olfateaba el follaje; parecía haberse señalado una trayectoria determinada, impulsado por una fuerza invisible que le hacía avanzar lentamente hacia nosotros. Le vimos estremecerse como el caballo que expulsa las moscas; su quijada se abría y se cerraba; parecía sin conciencia, como si algo le empujase poco a poco hacia nosotros.

—Está buscando un lugar donde morir —dijo Jem.

Míster Tate se volvió.

—Está muy lejos todavía de la muerte, Jem; todavía no ha entrado en la fase aguda.

«Tim Johnson» llegó a la calle lateral que corría por delante de la Mansión Radley.

Lo que quedaba de su pobre entendimiento le hizo pararse y considerar, al parecer, qué camino tomaría. Dio unos pasos indecisos y se detuvo delante de la puerta del patio de los Radley; luego trató de volverse, pero le resultaba difícil.

Atticus dijo:

—Está a tiro, Heck. Es mejor que le dé ahora, antes que baje por la calle lateral; Dios sabe quién puede haber al otro lado de la esquina. Vete dentro, Cal.

Calpurnia abrió la puerta vidriera, pasó el cerrojo tras sí y se quedó con el mango en la mano.

Trataba de taparnos la vista con su cuerpo, pero Jem y yo mirábamos por debajo de sus brazos. —Cójalo, míster Finch —míster Tate ofrecía el rifle a Atticus; Jem y yo estuvimos a punto de desmayarnos.

—No pierda tiempo, Heck —replicó Atticus—. Adelante.

—Míster Finch, hay que resolver la tarea de un solo tiro.

Atticus movió la cabeza con vehemencia.

—¡No se quede ahí parado, Heck! El perro no le esperará todo el día...

—¡Por amor de Dios, míster Finch, vea dónde está! ¡Si yerro el tiro meto la bala dentro de la casa de los Radley! ¡Yo no soy tan buen tirador! ¡A usted le consta! —Y yo no he disparado un arma desde hace treinta años... Míster Tate casi arrojó el rifle a Atticus.

—Me sentiría muy satisfecho si la disparase ahora —dijo.

Como en una bruma, Jem y yo observamos a nuestro padre cogiendo el rifle y saliendo hasta el centro de la calle. Andaba deprisa, pero a mí se me antojó que se movía como un nadador debajo del agua: el tiempo parecía arrastrarse con una lentitud desesperante.

Cuando Atticus se levantó las gafas, Calpurnia murmuró:

—Dulce Jesús, ayúdale —y se llevó las manos a las mejillas.

Atticus se subió las gafas a la frente, pero se le deslizaron abajo. Entonces las dejó caer al suelo.

En el silencio, oí el ruido del golpe. Atticus se restregó los ojos y la barbilla; le vimos parpadear vivamente.

Delante de la puerta de los Radley, el perro había puesto en juego el poco entendimiento que le quedaba. Había dado media vuelta por fin, para seguir la trayectoria primera, subiendo por nuestra calle. Dio un par de pasos adelante, luego se paró y levantó la cabeza. Vimos que su cuerpo se ponía rígido.

Con movimientos tan rápidos que parecían simultáneos, la mano de Atticus dio un tirón a la bola del extremo de la palanca al mismo tiempo que se apoyaba el arma en el hombro.

El rifle rugió. «Tim Johnson» dio un salto, se desplomó y cayó en la acera formando un montón pardo y blanco. No supo lo que le había herido.

Míster Tate saltó del porche y corrió hacia la Mansión Radley. Se paró delante del perro, se agachó, volvióse y se dio unos golpecitos y se dio unos golpecitos con el índice en la frente, encima del ojo izquierdo.

—¡Ha desviado un poco hacia la derecha, míster Finch! —gritó.

—Siempre me ocurría —respondió Atticus—. Si hubiese podido elegir a mi gusto habría cogido una escopeta.

Se inclinó, recogió las gafas, trituró las lentes rotas con el tacón hasta convertirlas en polvo, fue hasta donde estaba míster Tate y se quedó mirando a «Tim Johnson».

Las puertas se abrieron una tras otra, y los vecinos fueron dando, poco a poco, señales de vida. Miss Maudie bajó las escaleras en compañía de miss Stephanie Crawford.

Jem estaba paralizado. Yo le pellizqué para ponerle en marcha, pero cuando Atticus vio que nos acercábamos, nos gritó:

—¡Quedaos donde estáis!

Cuando míster Tate y Atticus regresaron al patio, el primero sonreía.

—Mandaré a Zeebo que lo recoja —dijo—. No lo ha olvidado mucho, míster Finch. Dicen que uno no pierde nunca la habilidad. Atticus guardaba silencio. —¡Atticus! —dijo Jem. —¿Qué?

—Nada.

—¡Lo he visto, Finch «Un Tiro»!

Atticus giró sobre sus talones y se encontró cara a cara con miss Maudie. Se miraron sin decir nada, y Atticus subió al coche del sheriff.

—Ven acá —le dijo a Jem—. No os acerquéis al perro, ¿comprendes? No os acerquéis a él; es tan peligroso muerto como vivo.

—Sí, señor —respondió Atticus—. Atticus...

—¿Qué, hijo?

—Nada.

—¿Qué te pasa, muchacho, no sabes hablar? —dijo míster Tate sonriendo a Jem—. ¿No sabías que tu padre...?

—Cállese Heck —ordenó Atticus—. Volvamos a la ciudad.

Cuando se hubieron marchado, Jem y yo nos fuimos a las escaleras de la fachada de miss Stephanie y nos sentamos aguardando a que llegase Zeebo con el camión de la basura.

Jem continuaba mudo y confuso. Miss Stephanie Crawford dijo:

—¿Eh?, ¿eh?, ¿eh? ¿Quién habría pensado en que podía rabiar un perro en febrero? Quizá no estaba rabioso, quizá sólo estaba loco y nada más. No me gustaría ver la cara de Harry Johnson cuando regrese del viaje a Mobile y se encuentre con que Atticus Finch ha matado a su perro. Lo que pasa es que en alguna parte hubo algo que le puso de mal humor...

Miss Maudie dijo que miss Stephanie cantaría otra canción distinta si «Tim Johnson» todavía estuviera subiendo calle arriba, y que pronto sabrían si rabiaba o no, porque enviarían la cabeza a Montgomery.

Jem recobró, aunque confusamente, el uso de la palabra.

—... ¿Le has visto, Scout?, ¿le has visto plantado allá?... Y de repente se ha quedado tan tranquilo, y parecía que el arma formaba parte de su persona... y con aquella rapidez, como si... Yo tengo que apuntar diez minutos para hacer blanco en algo...

Miss Maudie sonrió con malicia.

—Veamos, señorita Jean Louise —dijo—, ¿todavía piensas que tu padre no sabe hacer nada?

¿Todavía te avergüenzas de él?

—No —dije tímidamente.

—El otro día olvidé que además de tocar el arpa judía, Atticus Finch era en sus tiempos el tirador más certero del Condado de Maycomb.

—Tirador certero... —repitió Jem.

—Así lo he dicho, Jem Finch. Supongo que ahora cambiaréis de tonada. La mismísima idea..., ¿no sabíais que cuando era muchacho le apodaban «Finch Un Tiro»? Caramba, allá abajo en el Desembarcadero, cuando se hacía mayor, si tiraba quince tiros y mataba catorce tórtolas se quejaba de malgastar municiones.

—Nunca nos había contado nada de esto —murmuró Jem. —No os había contado nada, ¿verdad que no?

—No, señora.

—Me sorprende que ahora nunca salga de caza.

—Quizá yo pueda explicároslo —contestó miss Maudie—. Por encima de todo, vuestro padre es, en el fondo del corazón, un hombre educado.

Una habilidad sobresaliente es un don de Dios...; ah, claro, uno ha de ejercitarla para hacerla perfecta, pero el tirar no es como tocar el piano, u otra cosa por el estilo. Yo creo que quizá dejó el arma cuando comprendió que Dios le había concedido una ventaja poco equitativa sobre la mayoría de los seres vivientes. Me figuro que decidió no disparar hasta que se viera en la obligación de hacerlo, y hoy se ha visto.

—Parece que debería estar orgulloso de ello —dije.

—Las personas que están en sus cabales no se enorgullecen de sus talentos —respondió miss Maudie.

Entonces vimos llegar el camión de Zeebo. De la parte trasera del vehículo, Zeebo sacó una horca, recogió el perro con gesto vivo, lo arrojó sobre la caja del camión y luego derramó un líquido de un bidón sobre el punto en que había caído «Tim», así como por los alrededores.

—Durante un rato no os acerquéis por aquí —nos gritó.

Cuando nos fuimos a casa le dije a Jem que el lunes tendríamos de verdad algo de que hablar en la escuela.

—No digas una palabra de ello, Scout —me pidió.

—¿Qué? Ya lo creo que la diré. No todos tienen un padre que sea el mejor tirador del Condado de Maycomb.

—Me figuro que si quisiera que lo supiéramos nos lo habría dicho —replicó Jem—. Si estuviera orgulloso de ello, nos lo habría explicado.

—Quizá se le fue de la memoria —objeté.

—No, Scout, es una cosa que tú no comprenderías. Atticus es viejo de veras, pero a mí no me importaría que no supiera hacer nada..., no me importaría que no supiera hacer maldita cosa. —Jem cogió una piedra y la arrojó contra la cochera. Echando a correr tras ella, me gritó—: ¡Atticus es un caballero, lo mismo que yo!