Matar un Ruiseñor

Capítulo 12

Jem tenía doce años. Era inconsciente, tornadizo; se hacía difícil vivir con él. Tenía un apetito espantoso, y me ordenó tantas veces que dejase de fastidiarle que consulté a Atticus.

—¿Calculas que tiene la solitaria?

Atticus dijo que no, que Jem estaba creciendo. Debía tener paciencia con él y molestarle lo menos posible.

Este cambio de Jem se había producido en cuestión de unas semanas. Mistress Dubose todavía no se había enfriado en su sepultura... y, sin embargo, Jem parecía haber agradecido ya lo suficiente mi compañía durante los días en que fue a leerle. De la noche a la mañana, al parecer, Jem había adquirido un extraño juego de valores y trataba de imponérmelos a mí: varias veces llegó al extremo de decirme lo que debía hacer. Después de un altercado rugió:

—¡Ya sería hora que empezases a ser una muchacha y a portarte debidamente! Yo estallé en lágrimas y corrí a buscar consuelo en Calpurnia.

—No te acongojes mucho por míster Jem... —empezó ella.

—¿Mís...ter Jem?

—Sí, ahora ya viene a ser, poco más o menos, míster Jem.

—No es tan mayor —dije yo—. Todo lo que necesita es alguno que le dé una paliza, pero yo no soy lo bastante fuerte.

—Niña —respondió Calpurnia—, si míster Jem está creciendo, yo no puedo remediarlo. Ahora querrá estar muchos ratos solo, haciendo todo lo que hacen los muchachos, de modo que cuando tengas necesidad de compañía puedes entrar en la cocina. Aquí dentro encontraremos infinidad de cosas que hacer.

El principio de aquel verano se presentaba prometedor: Jem podía hacer lo que quisiera; yo me pasaría el día con Calpurnia, hasta que llegase Dill. Ella parecía contenta de verme cuando aparecía por la cocina, y al observarla empecé a pensar que el ser mujer requería de cierta habilidad.

Pero llegó el verano sin que Dill hubiese llegado. Recibí una carta suya y una fotografía. La carta decía que tenía un padre nuevo, cuyo retrato me acompañaba, y que tendría que quedarse en Meridian porque proyectaban construir un bote de pesca. Su nuevo padre era abogado como Atticus, pero mucho más joven. Tenía una cara agradable, por lo cual me alegró que Dill lo hubiese capturado, pero quedé abatida. Dill terminaba diciendo que me amaría eternamente y que no me preocupase; él vendría a buscarme para casarse conmigo tan pronto como tuviese dinero suficiente, y, por tanto, que le escribiera.

El hecho de tener novio permanente me compensaba muy poco de su ausencia. Jamás me había detenido a pensarlo, pero el verano era Dill junto al estanque de peces fumando cordeles, sus ojos animados por complicados planes para hacer salir a Boo Radley; el verano era la prontitud con que Dill levantaba el brazo y me besaba cuando Jem no estaba mirando, las añoranzas que dada uno de nosotros notaba a veces que el otro sentía. Con él la vida era una dulce rutina; sin él, la vida era insoportable. Me sentí desdichada durante dos días.

Como si esto no fuera bastante, convocaron la legislatura del Estado para una sesión de urgencia y Atticus estuvo ausente un par de semanas. El gobernador ansiaba arrancar unos cuantos percebes del barco del Estado; había unas huelgas estacionarias en Birmingham; las colas del pan crecían cada día en las ciudades, y la gente del campo se empobrecía. Pero estos acontecimientos se encontraban a una distancia tremenda del mundo de Jem y mío.

Una mañana nos sorprendió ver en el Mongomery Advertiser una caricatura con el pie: «Finch de Maycomb». Presentaba a Atticus con pantalón corto y los pies descalzos, encadenado a una mesa escritorio: estaba escribiendo diligentemente mientras unas chicas de aspecto frívolo le gritaban: «¡Oye, tú!»

—Esto es un elogio —explicó Jem—. Atticus pasa el tiempo haciendo cosas que si nadie las hiciera quedarían por hacer.

—¿Eh?

Además de otras características recientemente adquiridas, Jem había asumido un aire enloquecedor de hombre enterado.

—Ah, Scout, cosas tales como reorganizar el sistema de impuestos de los condados, y por el estilo. Para la mayoría de hombres son cuestiones extremadamente áridas. —¿Cómo lo sabes?

—Oh, vete y déjame en paz. Estoy leyendo el periódico.

Jem vio cumplido su deseo. Yo me fui a la cocina.

Mientras les quitaba la vaina a los guisantes, Calpurnia dijo de pronto: —¿Qué haré con vosotros este domingo a la hora de ir a la iglesia?

—Nada, me figuro. —Calpurnia entornó los ojos y yo adiviné lo que pasaba por su mente—. Cal —le dije—, ya sabes que nos portaremos bien. Hace años que no hemos hecho nada malo en la iglesia. Evidentemente, Calpurnia se acordaba de un domingo de lluvia en que estábamos a la vez sin padre y sin maestro. Abandonada a sus propias iniciativas, la clase ató a Eunice Ann Simpson a una silla y la puso en el cuarto de la caldera de la calefacción. Luego nos olvidamos de ella y subimos en tropel al templo, y estábamos escuchando muy callados el sermón cuando de los tubos del radiador salió un ruido espantoso de porrazos, persistiendo hasta que alguno fue a investigar y trajo a Eunice Ann diciendo que no quería representar más el papel de Shadrach... Jem Finch dijo que si Eunice tenía bastante fe no se quemaría, pero allí abajo hacía mucho calor.

—Además, Cal, ésta no es la primera vez que Atticus nos deja solos —protesté.

—Sí, pero siempre se asegura de que vuestra maestra estará allí. Esta vez no he oído que lo dijera; supongo que lo habrá olvidado. —Calpurnia se rascó la cabeza. De pronto sonrió—. ¿Os gustaría, a míster Jem y a ti, venir al templo conmigo, mañana?

—¿De veras?

—¿Qué me dices? —inquirió ella con una sonrisa.

Si Calpurnia me había bañado sin miramientos en otras ocasiones, no había sido nada comparado con la inspección de la maniobra habitual de aquel sábado por la noche. Me hizo enjabonar todo el cuerpo dos veces, puso agua nueva en la bañera para cada aclarado; me hundió la cabeza en la pila, y me la lavó con jabón Octagon y jabón de Castilla. A Jem le había concedido su confianza durante años, pero aquella noche invadió sus dominios, provocando un estallido:

—¿Acaso en esta casa nadie puede tomar un baño sin que toda la familia esté mirando?

A la mañana siguiente empezó la tarea más temprano que de costumbre, para «repasar nuestras ropas». Cuando Calpurnia se quedaba a pasar la noche con nosotros dormía en un catre plegable, en la cocina; aquella mañana el catre estaba cubierto con nuestros vestidos domingueros. Había almidonado tanto el mío que, cuando me sentaba, el vestido quedaba en alto, como una tienda. Me hizo poner las enaguas y me rodeó la cintura con una faja color de rosa. Y frotó mis zapatos de charol con un panecillo frío hasta que se vio la cara en ellos.

—Parece como si fuéramos a un Martes de Carnaval —dijo Jem—. ¿A qué viene todo eso, Calpurnia.

—No quiero que nadie diga que no cuido de mis niños —murmuró Calpurnia—. Míster Jem, de ningún modo puedes llevar esa corbata con aquel traje. Es verde. —¿Cuál va mejor?

—La azul. ¿No las distingues?

—¡Eh, eh! —grité yo—. Jem es ciego para los colores.

Jem se puso encarnado de rabia, pero Calpurnia le dijo:

—Vamos, dejadlo los dos. Vais a ir a «Primera Compra» con la sonrisa en la cara.

La «Primera Compra African M. E. Church» estaba en los Quarters, fuera de los límites meridionales de la ciudad, al otro lado de los caminos de las aserradoras. Era un antiguo edificio de madera, cuya pintura se desconchaba, el único templo de Maycomb con campanario y campana, llamado «Primera Compra» porque lo pagaron con sus primeras ganancias los esclavos liberados. Los negros celebraban culto en ella todos los domingos, y los blancos iban a jugar allí los días de trabajo.

El patio era de arcilla dura como ladrillo, lo mismo que el cementerio que había al lado. Si moría alguien durante un período seco, cubrían el cadáver con pedazos de hielo hasta que la lluvia ablandaba la tierra. Unas cuantas sepulturas del cementerio estaban cubiertas con losas sepulcrales que se desmigajaban; las más nuevas presentaban el contorno señalado con cristales de brillantes colores y botellas de «Coca-Cola» rotas. Los pararrayos que guardaban algunas tumbas denotaban muertos que tenían un descanso inquieto; en las cabeceras de las tumbas de los niños se veían cabos de cirios consumidos. Era un cementerio dichoso.

Al entrar en el patio de la iglesia nos dio la bienvenida el olor cálido, agridulce, de negro limpio; loción de Corazones de Amor mezclada con asafética, rapé, Colonia Hoyt, tabaco de mascar, menta y talco lila.

Cuando nos vieron a Jem y a mí en compañía de Calpurnia, los hombres retrocedieron unos pasos y se quitaron los sombreros; las mujeres cruzaron los brazos sobre la cintura, gestos cotidianos de respetuosa atención. Y separándose en dos filas nos dejaron un estrecho sendero hasta la puerta de la iglesia. Calpurnia caminaba entre Jem y yo, respondiendo a los saludos de sus vecinos, vestidos con ropas de colores llamativos.

—¿Qué se propone, miss Cal? —preguntó una voz detrás de nosotros.

Las manos de Calpurnia corrieron a posarse en nuestros hombros y nosotros nos paramos y miramos a nuestro alrededor; detrás, de pie en el sendero, había una mujer negra y alta. Cargaba el peso del cuerpo sobre una pierna y apoyaba el codo izquierdo en la curva de la cadera, señalándonos con la palma de la mano cara arriba. Tenía la cabeza como una bala, unos ojos raros en forma de almendra, la nariz recta y la boca dibujando un arco indio. Parecía medir siete pies de estatura.

Sentí que la mano de Calpurnia se me clavaba en el hombro.

—¿Qué quieres, Lula? —preguntó con unos acentos que no le había oído emplear jamás.

Hablaba con voz calmosa y despectiva.

—Quiero saber por qué traes niños blancos a una iglesia negra —dijo con lenguaje dialectal. —Son mis acompañantes —contestó Calpurnia. Otra vez me pareció extraña su voz: hablaba como los demás negros.

—Sí, y creo que tú eres la compañía que hay en casa de los Finch durante la semana.

Un murmullo se extendió por la multitud.

—No te asustes —me susurró Calpurnia, aunque las rosas de su sombrero temblaban de indignación.

Cuando Lula vino hacia nosotros por el sendero, Calpurnia dijo:

—Párate donde estás, negra.

Lula se detuvo, pero replicó:

—No tienes obligación alguna de traer niños blancos aquí: ellos tienen su iglesia, nosotros tenemos la nuestra. Es nuestra iglesia, ¿verdad que sí, miss Cal? —Es el mismo Dios, ¿verdad que sí? —replicó Calpurnia. Jem intervino.

—Vámonos a casa, Cal; no nos quieren aquí...

Yo estuve de acuerdo: no nos querían allí. Más que verlo, percibí que la masa de gente se nos acercaba. Parecían apiñarse hacia nosotros, pero cuando levanté la mirada hacia Calpurnia vi una expresión divertida en sus ojos. Cuando me fijé de nuevo en el sendero, Lula había desaparecido. En su lugar había un sólido muro de gente de color.

Un negro salió de la muchedumbre. Era Zeebo, el que recogía la basura.

—Míster Jem —dijo—, estamos contentísimos de tenerles a ustedes aquí. No haga ningún caso a Lula, está hoy muy susceptible porque el reverendo Sykes la amenazó con purificarla. Es una camorrista de toda la vida, tiene ideas extravagantes y maneras altaneras...; todos estamos contentísimos de tenerlos a ustedes aquí.

Con esto Calpurnia nos dirigió hacia la puerta del templo, donde el reverendo Sykes nos saludó y nos acompañó hasta el primer banco.

El interior de «Primera Compra» estaba sin techo y sin pintar. A lo largo de sus paredes colgaban, de unos soportes de bronce, unas lámparas de petróleo, apagadas; los bancos eran de pino. Detrás del tosco púlpito de roble una bandera de seda de un rosa descolorido proclamaba: «Dios es Amor», único adorno del templo, si se exceptuaba un huecograbado del cuadro de Hunt La Luz del Mundo. No había signo alguno de piano, órgano, programas de iglesia... La impedimenta eclesiástica familiar que veíamos todos los domingos. Dentro se reflejaba una luz vaga, con un frescor húmedo disipado por la aglomeración de fieles. En cada asiento había un abanico barato de cartón presentando un abigarrado Jardín de Getsemaní, regalo de «Ferretería Tyndal Co.» («Nombre usted lo que quiera, nosotros lo vendemos»)

Calpurnia nos empujó hacia el final de la fila, y se sentó entre Jem y yo. Buscó en el bolso, sacó el pañuelo y desató el duro nudo de moneda fraccionaria que tenía en una punta. Me dio una moneda de diez centavos a mí y otra a Jem.

—Nosotros tenemos dinero nuestro —susurró mi hermano. —Guardadlo —respondió Calpurnia—, sois mis invitados...

La cara de Jem manifestó una breve indecisión acerca del valor ético de retener su moneda propia, pero su cortesía innata venció, y se puso la moneda de diez centavos en el bolsillo. Yo seguí su ejemplo sin ningún escrúpulo de conciencia.

—Cal —murmuré—, ¿dónde están los libros de los himnos? —No tenemos —me contestó.

—¿Pues cómo...?

—Ssssittt —me ordenó.

El reverendo Sykes estaba de pie detrás del púlpito, mirando a la congregación para imponer silencio. Era un hombre bajo, recio, con un traje negro, corbata negra, camisa blanca y una cadena de reloj de oro que brillaba a la luz de las ventanas translúcidas.

—Hermanos y hermanas —dijo—, nos alegra particularmente tener compañía nueva entre nosotros esta mañana: Miss y míster Finch. Todos conocéis a su padre. Pero antes de empezar leeré unas noticias. —El reverendo Sykes revolvió unos papeles, escogió uno y lo sostuvo con el brazo bien estirado—. La Missionary Society se reúne en casa de la hermana Annette Reeves el martes próximo. Traed la labor de costura. —En otro papel leyó—: Todos estáis enterados del problema que afecta al hermano Tom Robinson. Ha sido un miembro fiel de «Primera Compra» desde que era un muchacho. La recaudación que se recoja hoy y los tres domingos venideros la destinamos a Helen, su esposa, para ayudarle en casa.

Yo le di un codazo a Jem.

—Este es el Tom que Atticus...

—¡Ssstt!

Me volvió a Calpurnia, pero me hizo callar antes de que abriese la boca. Mortificada, fijé mi atención en el reverendo Sykes, que parecía esperar a que yo me apaciguase.

—El maestro de música tenga la bondad de dirigirnos en el primer himno —dijo.

Zeebo se levantó de su banco y vino al pasillo central, parándose delante de nosotros, de cara a la congregación. Llevaba un libro de himnos muy destrozado. Lo abrió y dijo: —Cantaremos el número dos sesenta y tres.

Aquello era demasiado para mí.

—¿Cómo vamos a cantar si no hay libros de himnos?

Calpurnia murmuró, sonriendo:

—Cállate, niña; dentro de un minuto lo verás.

Zeebo se aclaró la garganta y leyó con una voz que era como el retumbar de una artillería distante:

—Hay un país al otro lado del río.

Milagrosamente conjuntadas, un centenar de voces cantaron las palabras de Zeebo. La última sílaba, prolongada en un ronco y bajo acorde, fue seguida por la voz de Zeebo:

—Y sólo llegamos a aquella orilla por la ley de la fe.

La congregación titubeó. Zeebo repitió el verso con cuidado, y lo cantaron. En el coro, Zeebo cerró el libro, lo cual era una señal para que la congregación siguiera adelante sin su ayuda.

A continuación de las notas murientes de «Jubileo», Zeebo dijo:

—En aquel lejano país de delicias eternas, al otro lado del río luminoso.

Verso por verso, las voces siguieron con sencilla armonía hasta que el himno terminó en un melancólico murmullo.

Yo miré a Jem que estaba mirando a Zeebo por el rabillo del ojo. Tampoco yo lo consideraba posible; pero ambos lo habíamos oído.

Entonces el reverendo Sykes suplicó al Señor que bendijese a los enfermos y a los que sufrían, acto que no se diferenciaba de los hábitos de nuestra iglesia, excepto en que el reverendo Sykes solicitó la atención de la Divinidad hacia varios casos concretos.

En su sermón, el reverendo denunció sin tapujos el pecado, explicó austeramente el lema de la pared de su espalda; advirtió a su rebaño contra los males de las bebidas fuertes, del juego y de las mujeres ajenas. Los contrabandistas de licores causaban sobrados contratiempos en los Quarters, pero las mujeres eran peores. Como me había pasado con frecuencia en mi propio templo, otra vez me enfrentaba con la doctrina de la Impureza de las Mujeres que parecía preocupar a todos los clérigos.

Jem y yo habíamos oído el mismo sermón un domingo tras otro, con una sola variante. El reverendo Sykes utilizaba su púlpito con más libertad para expresar sus opiniones sobre los alejamientos individuales de la gracia: Jim Hardy había estado ausente de la iglesia durante cinco domingos, sin encontrarse enfermo; Constance Jackson tenía que vigilar su comportamiento: estaba en grave aprieto por pelearse con sus vecinas; había levantado el único muro de odio de la historia de los Quarters.

El reverendo Sykes concluyó su sermón. Puesto de pie al lado de una mesa enfrente del púlpito. Reclamó el tributo de la mañana, un procedimiento que a Jem y a mí nos resultaba extraño. Uno tras otro, los fieles desfilaron dejando caer monedas de cinco y de diez centavos en un cazo esmaltado de café. Jem y yo seguimos el ejemplo, y recibimos un tierno:

—Muchas gracias, muchas gracias —mientras nuestras monedas tintineaban.

Con gran sorpresa nuestra, el reverendo Sykes vació el cazo sobre la mesa y rastrilló las monedas hacia la palma de su mano. Luego se irguió y dijo:

—Esto no es bastante, hemos de reunir diez dólares. —La congregación se agitó—. Todos sabéis para qué: Helen no puede dejar a sus hijos para irse a trabajar mientras Tom está en la cárcel. Si todos dan diez centavos más, los tendremos... —El reverendo Sykes hizo una señal con la mano y ordenó con voz fuerte a algunos del fondo de la iglesia—: Alec, cierra las puertas. De aquí no sale nadie hasta que tengamos diez dólares.

Calpurnia hurgó en su bolso y sacó un monedero de cuero ajado.

—No, Cal —susurró Jem, cuando ella le entregaba un brillante cuarto de dólar—, podemos poner nuestras monedas. Dame la tuya, Scout.

La atmósfera empezaba a cargarse, y pensé que el reverendo Sykes quería arrancar a su rebaño la cantidad requerida bañándolo en sudor. Se oía el chasquear de los abanicos, los pies restregaban el suelo, los mascadores de tabaco sufrían lo indecible.

El reverendo Sykes me dejó pasmada diciendo:

—Carlos Richardson, no te he visto subir por este pasillo todavía.

Un hombre delgado, con pantalones caqui, subió y depositó una moneda. De los fieles se levantó un murmullo de aprobación. Entonces el reverendo Sykes dijo:

—Quiero que todos los que no tenéis hijos hagáis un sacrificio y deis diez centavos por cabeza.

De este modo reuniremos lo preciso.

Lenta, penosamente, se recogieron los diez dólares. La puerta se abrió y un chorro de aire tibio nos reanimó a todos. Zeebo leyó verso por verso, En las tempestuosas orillas del Jordán, y el servicio se dio por concluido.

Quería quedarme a explorar, pero Calpurnia me empujó hacia el pasillo, delante de ella. En la puerta del templo, mientras Cal estaba hablando con Zeebo y su familia, Jem y yo charlamos con el reverendo Sykes. Yo reventaba de deseos de hacer preguntas, pero determiné que esperaría y dejaría que me las contestase Calpurnia.

Hemos tenido una satisfacción especial al verles aquí —dijo el reverendo Sykes—. Esta iglesia no tiene mejor amigo que el padre de ustedes.

Mi curiosidad estalló:

—¿Por qué recaudaban dinero para la esposa de Tom Robinson?

—¿No ha oído el motivo? —preguntó el reverendo—. Helen tiene tres pequeñuelos y no puede ir a trabajar...

—¿Cómo no se los lleva consigo, reverendo? —pregunté.

Era costumbre que los negros que trabajan en el campo y tenían hijos pequeños los dejasen en cualquier sombra mientras ellos trabajaban; generalmente los niños estaban sentados a la sombra entre dos hileras de algodón. A los que por edad no podían estar sentados, las madres los llevaban atados a la espalda al estilo de las mujeres indias, o los tenían en sacos.

El reverendo Sykes vaciló.

—Para decirle la verdad, miss Jean Louise, Helen encuentra dificultad en hallar trabajo estos días... Cuando llegue la temporada de la recolección, creo que míster Link Deas la aceptará.

—¿Por qué no lo encuentra, reverendo?

Antes de que él pudiera contestar, sentí la mano de Calpurnia en mi hombro. Bajo su presión, dije:

—Le damos las gracias por habernos dejado venir.

Jem repitió la frase, y emprendimos el camino a nuestra casa.

—Cal, ya sé que Tom Robinson está en el calabozo y que ha cometido algún terrible delito, pero, ¿por qué no quieren contratar a Helen los blancos? —pregunté.

Calpurnia caminaba entre Jem y yo con su vestido de vela de barco y su sombrero de tubo.

—Es a causa de lo que la gente dice que ha hecho Tom —contestó—. La gente no desea tener nada que ver con ninguno de su familia.

—Pero, ¿qué hizo, Cal? Calpurnia suspiró.

—El viejo míster Bob Ewell le acusó de haber violado a su hija y le hizo detener y encerrar en la cárcel.

—¿Míster Ewell? —Mi memoria se puso en marcha—. ¿Tiene algo que ver con aquellos Ewell que vienen el primer día de clase y luego se marchan a casa? Caramba, Atticus dijo que eran la basura más sucia; jamás había oído hablar a Atticus de nadie como hablaba de los Ewell. Dijo...

—Sí, aquéllos son. —me interrumpió, atajando mi torrente verbal.

—Pues bien, si en Maycomb todo el mundo sabe qué clase de gente son los Ewell deberían contratar a Helen de muy buena gana... ¿Y qué es violar, Cal?

—Es una cosa que le tendrás que preguntar a míster Finch —contestó—. Él sabrá explicártela mejor que yo. ¿Tenéis hambre? El reverendo ha prolongado mucho el servicio esta mañana; por lo general no es tan aburrido.

—Es lo mismo que nuestro predicador —dijo Jem—. Pero, ¿por qué cantáis los himnos de aquella manera?

—¿Verso por verso? —preguntó Calpurnia.

—Sí, lo llaman verso por verso. Se hace así desde que yo recuerdo.

Jem dijo que parecía que podían ahorrar el dinero de las cuestaciones durante un año e invertirlo comprando unos cuantos libros de himnos.

Calpurnia se puso a reír y explicó:

—No serviría de nada. No saben leer.

—¿No saben leer? —pregunté—. ¿Toda aquella gente no sabe leer?

—Esta es la verdad —afirmó Calpurnia, apoyando las palabras con un movimiento de cabeza—.

En «Primera Compra» no habrá más que cuatro personas que sepan leer... Yo soy una de ellas. —¿Dónde fuiste a la escuela, Cal? —inquirió Jem.

—En ninguna parte. Veamos ahora..., ¿quién me enseñó lo que sé? La tía de miss Maudie Atkinson, la anciana miss Buford...

—Tan vieja eres?

—Soy más vieja que míster Finch, incluso. —Calpurnia sonrió—. Sin embargo, no sé con certeza cuán vieja soy. Una vez nos pusimos a rememorar, tratando de adivinar cuántos años tenía... Sólo recuerdo unos años más del pasado que él, de modo que no soy mucho más vieja, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que los hombres no recuerdan tan bien como las mujeres.

—¿Cuándo es tu cumpleaños, Cal?

—Lo celebro por Navidad, de este modo uno se acuerda más fácilmente... No tengo un verdadero cumpleaños.

—Pero, Cal —protestó Jem—, no pareces tan vieja como Atticus, ni mucho menos.

—La gente de color no acusa la edad tan pronto —explicó ella.

—Acaso sea porque no saben leer. Cal, ¿a Zeebo le enseñaste tú?

—Sí, míster Jem. Cuando él era niño, ni siquiera había escuela. De todos modos le hice aprender.

Zeebo era el hijo mayor de Calpurnia. Si alguna vez me hubiese detenido a pensarlo, habría sabido que Calpurnia estaba en plena madurez: Zeebo tenía hijos a la mitad del crecimiento; pero es que nunca lo había pensado.

—¿Le enseñaste con un abecedario, como nosotros? —pregunté.

—No, le hacía aprender una página de la Biblia cada día, y había un libro con el que miss Buford me enseñó a mí... Apuesto a que no sabéis de dónde lo saqué —dijo. No, no lo sabíamos.

—Vuestro abuelo Finch me lo regaló —dijo Calpurnia.

—¿Eras del Desembarcadero? —preguntó Jem—. Nunca nos lo habías contado.

—Lo soy, en efecto, míster Jem. Me crié allá abajo, entre la Mansión Buford y el Desembarcadero. He pasado mis días trabajando para los Finch o para los Buford, y me trasladé a Maycomb cuando se casaron tus padres.

—¿Qué libro era, Cal?

—Los Comentarios, de Blackstone.

Jem se quedó de una pieza.

—¿Quieres decir que enseñaste a Zeebo con aquello?

—Pues sí señor, míster Jem. —Calpurnia se llevó los dedos a la boca con gesto tímido—. Eran los únicos libros que tenía. Tu abuelo decía que míster Blackstone escribía un inglés excelente... —He ahí por qué no hablas como el resto de ellos —dijo Jem.

—¿El resto de cuáles?

—De la gente de color. Pero en la iglesia, Cal, hablabas como los demás...

Jamás se me había ocurrido pensar que Calpurnia llevase una modesta doble vida. La idea de que tuviese una existencia aparte, fuera de nuestra casa, era nueva para mí, por no hablar del hecho de que dominara dos idiomas.

—Cal —le pregunté—, ¿por qué hablas el lenguaje negro con... con tu gente, sabiendo que no está bien?

—Pues, en primer lugar, yo soy negra...

—Eso no te obliga a hablar de aquel modo, sabiéndolo hacer mejor —objetó Jem.

Calpurnia se ladeó el sombrero y se rascó la cabeza; luego se lo caló cuidadosamente sobre las orejas.

—Es muy difícil explicarlo —dijo—. Supón que tú y Scout hablaseis en casa el lenguaje negro; estaría fuera de lugar, ¿no es verdad? Pues, ¿qué ocurriría si yo hablase el lenguaje blanco con mi gente, en la iglesia, y con mis vecinos? Pensarían que me había dado la pretensión de aventajar a Moisés.

—Pero, Cal, tú sabes que no es así —protesté.

—No es necesario que uno explique todo lo que sabe. No es femenino... Y, en segundo lugar, a la gente no le gusta estar en compañía de una persona que les demuestre que sabe más que ellos. Les deprime. No transformaría a ninguno, hablando bien; es preciso que sean ellos mismos los que quieran aprender, y cuando no quieren, uno no puede hacer otra cosa que tener la boca cerrada, o hablar su mismo idioma.

—Cal, ¿puedo ir a verte alguna vez?

Ella me miró.

—¿Ir a verme, cariño? Me ves todos los días.

—Ir a verte a tu casa —dije—. ¿Alguna vez después del trabajo? Atticus podría pasar a buscarme.

—Siempre que quieras —contestó—. Te recibiremos con mucho gusto.

Estábamos en la acera, delante de la Mansión Radley.

—Mira aquel porche de allá —dijo Jem.

Yo miré hacia la Mansión Radley, esperando que vería su ocupante fantasma tomando el sol en la mecedora. Pero estaba vacía.

—Quiero decir nuestro porche —puntualizó Jem.

Miré calle abajo. Enamorada de sí misma, erguida, sin soltar prenda, tía Alexandra estaba sentada en una mecedora, exactamente igual que si se hubiera sentado allí todos los días de su vida.