Matar un Ruiseñor

Capítulo 15

Después de muchas llamadas telefónicas, de mucho argüir a favor del acusado y de una larga carta de su madre perdonando, se decidió que Dill podía quedarse. Vivimos juntos una semana de paz. Poca más quedaba por lo visto. Sobre nosotros se cernía una pesadilla.

Empezó una noche después de cenar. Dill había terminado; tía Alexandra estaba en su sillón del ángulo, Atticus en el suyo; Jem y yo, sentados en el suelo, leyendo. Había sido una semana plácida: yo había obedecido a tiíta; Jem, a pesar de haber crecido en exceso para la choza del árbol, nos había ayudado a Dill y a mí a construir una nueva escalera de cuerda para subir a ella; Dill había dado con su plan a prueba de fracasos para hacer salir a Boo Radley sin que nosotros arriesgásemos nada (formaríamos una senda de trocitos de limón desde la puerta trasera hasta el porche de la fachada, y él los seguiría, lo mismo que una hormiga). Oímos unos golpecitos a la puerta; Jem abrió y dijo que era míster Heck Tate.

—Bien, pídele que entre —contestó Atticus.

—Se lo he dicho ya. Hay unos hombres fuera, en el patio; quieren que salgas.

En Maycomb, los hombres adultos sólo se quedaban en el patio por dos motivos: defunciones y política. Yo me pregunté quién habría muerto. Jem y yo salimos a la puerta de la fachada, pero Atticus nos gritó que volviésemos a entrar en casa.

Jem apagó las luces de la sala de estar y aplastó la nariz contra la persiana de una ventana. Tía Alexandra protestó.

—Un segundo nada más, tiíta, veamos quiénes son —dijo él.

Dill y yo ocupamos otra ventana. Un tropel de hombres estaba en pie rodeando a Atticus.

Parecía que todos hablaban a la vez.

—...Trasladarle mañana al calabozo del condado —decía míster Tate—. Yo no busco alborotos, pero no puedo garantizar que no los haya...

—No sea tonto, Heck —replicó Atticus—. Estamos en Maycomb.

—...dicho que sólo estaba intranquilo.

—Heck, hemos conseguido un aplazamiento del caso únicamente para asegurarnos de que no haya motivo de inquietud. Hoy es sábado —decía Atticus—. El juicio se celebrará probablemente el lunes. Puede guardarlo todavía una noche, ¿verdad? No creo que ninguna persona de Maycomb quiera indisponerme con un cliente, con lo difíciles que están los tiempos.

Hubo un murmullo de regocijo que murió súbitamente cuando míster Link Deas dijo:

—Nadie de por aquí trama nada, son la manada de Old Sarum los que me preocupan... ¿No podríais conseguir... cómo se llama, Heck?

—Un cambio de sede del jurado —contestó míster Tate—. No serviría de mucho, ¿verdad que no?

Atticus pronunció unas palabras inaudibles. Yo me volví hacia Jem, que me hizo callar con un ademán.

—...Además —estaba diciendo Atticus—, usted no le tiene miedo a la turba aquella, ¿verdad que no?

—...Sé cómo se comportan cuando están saturados de licor.

—Habitualmente, en domingo no beben; pasan la mayor parte del día en la iglesia... —dijo Atticus.

—De todos modos, ésta es una ocasión especial —indicó uno...

El murmullo y el zumbido de la conversación continuó hasta que tiíta dijo que si Jem no encendía las luces de la sala deshonraría a la familia. Jem no la oyó.

—...No comprendo cómo se metió en esto desde un principio —estaba diciendo míster Link

Deas—. Con este caso puede perderlo todo, Atticus. Todo, se lo digo.

—¿Lo cree así, de veras?

Aquélla era la pregunta peligrosa, en boca de Atticus.

«¿Crees de veras que quieres jugar esa pieza ahí, Scout?» Bam, bam, bam, y el tablero quedaba limpio de fichas mías. «¿Lo crees así de veras, hijo? Entonces lee esto». Y Jem luchaba todo el resto de la velada con los discursos de Henry W. Gray.

—Link, es posible que aquel muchacho vaya a la silla eléctrica, pero no irá hasta que se haya dicho toda la verdad. —La voz de Atticus era tranquila—. Y usted sabe cuál es la verdad.

Del grupo de hombres se levantó un murmullo que se hizo más ominoso cuando Atticus retrocedió hacia la escalera de la fachada y los hombres se le acercaron.

De repente Jem gritó:

—¡Atticus, el teléfono está sonando!

Los hombres titubearon, sorprendidos. Eran gente que veíamos todos los días: comerciantes, granjeros que vivían en la población; estaba allí el doctor Reynolds; y también estaba míster Avery. —Bien, contesta tú, hijo —gritó Atticus.

Los hombres se dispersaron riendo. Cuando Atticus encendió la lámpara del techo de la sala encontró a Jem junto a la ventana, muy pálido, excepto por la huella encarnada que la persiana había dejado en su nariz.

—¿Cómo diablos estáis todos sentados a oscuras? —preguntó.

Jem le siguió con la mirada mientras él se iba a su sillón y cogía el periódico de la noche. A veces pienso que Atticus sometía todas las crisis de su vida a una tranquila evaluación detrás de su The Mobile Register, The Birmingham News y The Montgomery Advertiser.

Jem se le acercó.

—Venían a por ti, ¿verdad? Querían hacerte daño, ¿no es cierto?

Atticus bajó el periódico y miró a Jem.

—¿Qué has estado leyendo? —preguntó. Luego dijo dulcemente—: No, hijo, ésos eran amigos nuestros.

—¿No era una... banda? —Jem estaba mirando por el rabillo del ojo.

Atticus trató de sofocar una sonrisa, pero no lo consiguió.

—No, en Maycomb no tenemos bandas ni tonterías de esa clase. Jamás he oído hablar de ninguna banda en Maycomb.

—El Ku Klux Klan persiguió a algunos católicos, tiempo atrás.

—Tampoco había oído hablar de católicos en Maycomb —dijo Atticus—. Te estás confundiendo con alguna otra cosa. Tiempo atrás, hacia 1920, había un Klan, pero más que nada era una organización política. Por lo demás, apenas encontraban a quién asustar. Una noche desfilaron por delante de la casa de míster Sam Levy, pero éste se limitó a plantarse en su porche y decirles que las cosas habían tomado un cariz divertido, pues él mismo les había vendido las sábanas que les cubrían. Sam les llenó de vergüenza hasta tal punto que se marcharon.

La familia Levy llenaba todos los requisitos para ser gente excelente: obraban lo mejor que podían según el criterio que poseían, y habían vivido en el mismo pedazo de terreno durante cinco generaciones.

—El Ku Klux Klan ha desaparecido —añadió Atticus—. No revivirá nunca.

Yo acompañé a Dill a casa y regresé a tiempo para oír que Atticus decía:

—...A favor de las mujeres del Sur como el primero, pero no para sostener una comedia política a costa de vidas humanas —declaración que me hizo sospechar que habían vuelto a pelearse. Busqué a Jem y le encontré en su cuarto, tendido en la cama y sumido en profundas reflexiones. —¿Han vuelto a las andadas? —le pregunté.

—Algo por el estilo. Ella no quiere dejarle en paz respecto a Tom Robinson. Casi le ha dicho que Atticus deshonraba a la familia, Scout..., estoy asustado.

—¿Asustado de qué?

—Asustado por Atticus. Sería posible que alguien le hiciera algo malo. —Jem prefirió encerrarse en el misterio; todo lo que contestó a mis preguntas fue que marchase y le dejara tranquilo.

El día siguiente era domingo. En el intervalo entre la escuela dominical y la función religiosa, durante el cual la congregación estiraba las piernas, vi a Atticus de pie en el patio con otro apiñamiento de hombres. Como míster Tate estaba presente, me pregunté si se habría convertido, pues jamás iba a la iglesia. Hasta míster Underwood estaba allí. A míster Underwood no le interesaba ninguna organización que o fuera The Maycomb Tribune, periódico del cual era el único propietario, director e impresor. Se pasaba los días delante de la linotipia, donde se refrescaba de vez en cuando bebiendo sorbos de una jarra de aguardiente que nunca faltaba. Raras veces se preocupaba de recoger noticias: la gente se las llevaba allí. Se decía que ideaba por sí mismo todas las ediciones de The Maycomb Tribune y las escribía en la linotipia. Y era admisible. Algo importante había de ocurrir para que saliera a la calle míster Underwood.

Alcancé a Atticus en la puerta, al entrar, y me dijo que habían trasladado a Tom Robinson a la cárcel de Maycomb. Dijo también, más para sí mismo que a mí, que si le hubiesen tenido allí desde el principio no se habría producido el menor revuelo. Le vi cómo se sentaba en su asiento de la tercera fila y le oí cantar en voz baja y profunda «Más cerca, mi Dios, de Ti», un poco rezagado del resto de nosotros. Nunca se sentaba con tía Alexandra, Jem y yo. En la iglesia le gustaba estar solo.

La presencia de tía Alexandra hacía más irritante la paz ficticia que imperaba los domingos. Inmediatamente después de comer, Atticus solía escapar a su oficina, donde le encontrábamos, si alguna vez íbamos a verle, arrellanado en su sillón giratorio, leyendo. Tía Alexandra se preparaba para un siesta de un par de horas y nos amenazaba severamente por si osábamos hacer el menor ruido en el patio, pues los vecinos estaban descansando. Llegado ya a la ancianidad, Jem se había habituado a retirarse a su cuarto con un montón de revistas deportivas. Con todo ello, Dill y yo pasábamos los domingos rondando por el prado.

Como en domingo estaba prohibido disparar, Dill y yo dábamos patadas a la pelota de fútbol de Jem, lo cual no era nada divertido. Dill preguntó si me gustaría que tratásemos de echar una ojeada a Boo Radley. Yo contesté que no creía que estuviese bien ir a molestarle, y me pasé el resto de la tarde informándole de los acontecimientos del invierno anterior. Le impresionaron considerablemente.

Nos separamos a la hora de cenar y después de la comida Jem y yo estábamos sentados pasando la velada de la manera habitual, cuando Atticus hizo algo que nos llamó la atención: entró en la sala de estar trayendo un largo cordón eléctrico preparado para empalmarlo. En el extremo del cordón había una lámpara.

—Salgo un rato —dijo—. Cuando regrese, vosotros ya estaréis en la cama, de modo que os doy las buenas noches ahora.

Dicho esto, se puso el sombrero y salió por la puerta trasera.

—Va a coger el coche —dijo Jem.

Nuestro padre tenía algunas peculiaridades: una era que nunca comía postres; otra, que le gustaba andar. Desde que puedo recordar, hubo siempre en la cochera un «Chevrolet» en excelente estado, y Atticus hizo muchas millas en viajes profesionales pero en Maycomb iba y venía a pie de la oficina cuatro veces al día, cubriendo unas dos millas. Decía que el único ejercicio que hacía era andar. En Maycomb, si uno salía a dar un paseo sin un objetivo concreto en la mente, era acertado creer que su mente era incapaz de un objetivo concreto.

Un rato después, di las buenas noches a mi tía y a mi hermano, y estaba ensimismada en la lectura de un libro cuando oí a Jem ajetreado en la habitación. Los ruidos que hacía al acostarse me eran tan familiares que llamé a la puerta.

—¿Por qué no te vas a la cama?

—Me voy un rato al centro de la ciudad. —Se estaba cambiando los pantalones.

—¿Cómo? ¡Si son casi las diez, Jem!

Ya lo sabía, pero a pesar de todo se marchaba.

—Entonces me voy contigo. Si dices que no, que tú no vas, iré igual, ¿me oyes?

Jem vio que tendría que pelearse conmigo para hacerme quedar en casa, de modo que cedió con poca galantería.

Me vestí rápidamente. Esperamos hasta que la luz de nuestra tía se apagó, y bajamos calladamente las escaleras de la parte posterior. Aquella noche no había luna.

—Dill querrá venir con nosotros —susurré.

—Claro que querrá —dijo Jem lúgubremente.

Saltamos la pared del paseo, cruzamos el patio de miss Rachel y fuimos a la ventana de Dill.

Jem imitó el canto del la perdiz. La faz de Dill apareció en la persiana, desapareció, y cinco minutos después su propietario abría y se deslizaba al exterior. Viejo combatiente, no dijo nada hasta que estuvimos en la acera.

—¿Qué pasa?

—A Jem le ha dado la fiebre de ir a echar vistazos por ahí. —Una dolencia que Calpurnia decía que, a su edad, cogían todos los muchachos.

—Simplemente, he sentido el impulso —dijo Jem—. El impulso, simplemente.

Pasamos por delante de la casa de miss Dubose, desierta y destrozada, con las camelias creciendo entre malas hierbas. Hasta la esquina de la oficina de Correos había otras ocho casas.

La cara sur de la plaza estaba desierta. En cada esquina erizaban sus púas arbustos gigantes de «monkey-puzzle», y entre ellos, bajo la luz de las lámparas de la calle, brillaba un larguero de hierro donde atar animales. En el cuarto de aseo del juzgado se veía una luz; por todo lo demás, aquella fachada del edificio estaba oscura. Un gran cuadrado de almacenes rodeaba la plaza del juzgado; muy al interior de ellos ardían unas luces tímidas.

Cuando empezó a ejercer su carrera, Atticus tenía la oficina en el edificio del juzgado, pero después de varios años de actuación se trasladó a un lugar más tranquilo, en el edificio del Banco de Maycomb. Al doblar la esquina de la plaza, vimos el coche aparcado delante del Banco.

—Está allá dentro —dijo Jem.

Pero no estaba. A su oficina se llegaba por un largo pasillo. Mirando hacia el fondo del mismo deberíamos haber visto Atticus Finch, Abogado en letras pequeñas y serias resaltando contra la luz de detrás de la puerta. Estaba oscuro.

Jem examinó con la mirada la puerta del Banco para asegurarse. Hizo rodar la empuñadura. La puerta estaba cerrada.

—Subamos calle arriba. Quizá esté visitando a míster Underwood.

Míster Underwood no sólo dirigía la oficina de The Maycomb Tribune, sino que vivía en ella. Es decir, sobre ella. Las noticias del juzgado y de la cárcel las recogía, simplemente, mirando por la ventana del piso. El edificio de la oficina del periódico se encontraba en el ángulo noroeste de la plaza; para llegar allí teníamos que pasar por delante de la cárcel.

La cárcel de Maycomb era el edificio más venerable y aborrecible del condado. Atticus decía que era tal como el primo Joshua St. Clair habría podido diseñarla. Ciertamente, aquello había salido de la fantasía de alguno. Muy fuera de lugar en una población de tiendas de fachadas cuadradas y de casas de inclinados tejados, la cárcel de Maycomb era una humorada gótica en miniatura, de una celda de ancho y dos de alto, completada por unos diminutos sótanos y unos contrafuertes salientes. Realzaban la fantasía del edificio su fachada de ladrillo rojo y las gruesas barras de hierro de sus ventanas monacales. No se levantaba sobre ningún monte solitario, sino que estaba enclavada entre la ferretería de Tyndal y la oficina de The Maycomb Tribune. La cárcel era el único motivo de conversación de Maycomb: sus detractores decía que tenía el aspecto de un retrete victoriano; sus defensores afirmaban que daba a la ciudad un aspecto sólido, respetable, interesante, y que ningún forastero sospecharía nunca que estaba llena de negros.

Mientras subíamos por la acera, vimos una luz solitaria encendida en la distancia.

—Es chocante —dijo Jem—, la cárcel no tiene ninguna luz exterior.

—Parece como si estuviese encima de la puerta —dijo Dill.

Un largo cordón eléctrico descendía entre las barras de una ventana del segundo piso y por el costado del edificio. A la luz de la lámpara sin pantalla, Atticus estaba sentado, recostado contra la puerta de la fachada. Se sentaba en una silla de su oficina y leía, sin prestar atención a los insectos nocturnos que danzaban sobre su cabeza.

Yo eché a correr, pero Jem me cogió.

—No vayas —me dijo—; es posible que no le gustase. Está bien y no le pasa nada. Volvámonos a casa. Sólo quería saber dónde se encontraba.

Estábamos siguiendo un atajo a través de la plaza cuando entraron en ella cuatro coches polvorientos procedentes de la carretera de Meridian, avanzando lentamente en hilera. Dieron la vuelta a la plaza, dejaron atrás el edificio del Banco y se pararon delante de la cárcel.

No saltó nadie. Nosotros vimos que Atticus miraba por encima del periódico. Lo cerró, lo dobló pausadamente, lo dejó caer en su regazo y se echó el sombrero atrás. Parecía que les estaba esperando.

—Venid —susurró Jem. Volvimos a cruzar rápida y sigilosamente la plaza y la calle hasta encontrarnos en el hueco de la puerta de «Jitney Jungle». Jem miró acera arriba—. Podemos acercarnos más —dijo. Entonces corrimos hasta la puerta de la «Ferretería Tyndal», suficientemente próxima, y al mismo tiempo discreta.

Varios hombres bajaron de los coches en grupos de uno y de dos. Las sombras tomaban cuerpo a medida que la luz ponía de relieve macizas figuras moviéndose en dirección a la puerta de la cárcel. Atticus continuó donde estaba. Los hombres lo escondían de nuestra vista.

—¿Está ahí dentro, Finch? —dijo uno.

—Sí está —oímos que contestaba Atticus—, y duerme. No le despertéis.

En obediencia a mi padre, se produjo entonces lo que más tarde comprendí que era un aspecto tristemente cómico de una situación nada divertida; aquellos hombres hablaron casi en susurros. —Ya sabe lo que queremos —dijo otro—. Apártese de la puerta, míster Finch.

—Puede dar media vuelta y regresar a casa, Walter —dijo Atticus con aire campechano—.

Heck Tate está por estos alrededores.

—¡Como el diablo está! —exclamó otro—. La patrulla de Heck se ha internado tanto en los bosques que no volverá a salir hasta mañana.

—¿De veras? ¿Y por qué?

—Los invitaron a cazar agachadizas —fue la lacónica respuesta—. ¿No se le había ocurrido pensar en eso, míster Finch?

—Sí lo había pensado, pero no lo creía. Bien, pues —la voz de mi padre continuaba inalterada—, esto cambia la situación, ¿verdad?

—Sí, la cambia —dijo otra voz. Su propietario era una mera sombra.

—¿Lo cree así de veras?

Era la segunda vez en dos días que oía la misma pregunta en labios de Atticus, y ello significaba que alguno perdería una pieza del tablero. Aquello era demasiado bueno para no verlo de cerca. Apartándome de Jem corrí tan deprisa como pude hacia Atticus.

Jem soltó un chillido e intentó cogerme, pero yo les llevaba delantera a él y a Dill. Me abrí paso entre oscuros y malolientes cuerpos y salí de repente al círculo de luz.

—¡Hoo...la, Atticus!

Imaginaba que le daría una excelente sorpresa, pero su cara mató mi alegría. Un destello de miedo inconfundible desaparecía en aquel momento de sus ojos, pero volvió de nuevo cuando Jem y Dill penetraron dentro del espacio de luz.

Se notaba en el aire un olor a whisky barato y a pocilga, y cuando eché una mirada a mi alrededor vi que aquellos hombres eran extraños. No eran los que había visto la noche anterior. Una acalorada turbación me invadió instantáneamente: había saltado con aire de triunfo en un corro de personas que no conocía.

Atticus se levantó de la silla, pero se movía despacio, como un anciano. Dejó el periódico con mucho cuidado, arreglando sus pliegues con dedos perezosos. Unos dedos que temblaban un poco.

—Vete a casa, Jem —dijo—. Llévate a Scout y a Dill a casa.

Estábamos acostumbrados a una pronta, si bien no siempre gustosa sumisión a los mandatos de Atticus, pero por la actitud de Jem se veía que no pensaba moverse.

—Vete a casa, digo.

Jem movió la cabeza, negándose. Cuando los puños de Atticus subieron hasta las caderas, los de Jem le imitaron, y mientras padre e hijo se enfrentaban vi que se parecían muy poco: el suave cabello castaño de Jem, y sus ojos, también castaños, su cara ovalada y sus bien proporcionadas orejas eran de nuestra madre, formando contraste raro con el pelo canoso de Atticus y sus rasgos angulosos; aunque en cierto sentido eran iguales. El mutuo desafío los asemejaba.

—Hijo, te he dicho que te vayas a casa.

Jem movió la cabeza en un signo negativo.

—Yo le enviaré allá —dijo un hombre corpulento, cogiendo brutalmente a Jem por el cuello de la camisa y haciéndole perder casi el contacto con el suelo de un tirón.

—¡No le toque! —Y con tremenda presteza di una patada al forastero. Como iba con los pies descalzos, me sorprendió verle retroceder sufriendo un dolor auténtico. Me había propuesto darle en la espinilla, pero apunté demasiado alto.

—Basta ya, Scout. —Atticus me puso la mano en el hombro—. No des patadas a la gente. No... —insistió mientras yo quería justificarme.

—Nadie atropellará a Jem de ese modo —protesté.

—Está bien, míster Finch, sáquelos de aquí —refunfuñó uno—. Tiene quince segundos para echarles de aquí.

De pie en medio de aquella extraña reunión, Atticus intentaba conseguir que Jem le obedeciese. —No me iré —fue la firme respuesta que dio Jem a las amenazas, los requerimientos y, por último al:

—Por favor, Jem, llévalos a casa —de Atticus.

Yo me cansaba ya un poco de todo aquello, pero comprendía que Jem tenía sus motivos particulares para portarse como se portaba, en vista de las perspectivas que le aguardaban en cuanto Atticus le tuviera en casa. Paseé una mirada por la turba. Era una noche de verano, a pesar de lo cual la mayoría de aquellos hombres vestían mono y camisas azules abrochadas hasta el cuello. Pensé que tendrían un temperamento frío, pues no llevaban las mangas subidas sino abrochadas en la muñeca. Algunos llevaban sombrero, firmemente calado hasta las orejas. Eran gente de aire huraño y ojos somnolientos; parecían poco habituados a estar levantados hasta muy tarde. De nuevo busqué una cara familiar, y en el centro del semicírculo encontré una.

—Hola, míster Cunningham.

Por lo visto, el hombre no me oyó.

—Hola, míster Cunningham. ¿Cómo marcha su amortización?

Estaba bien enterada de los asuntos legales de míster Cunningham; una vez, Atticus me los había explicado al detalle. El hombre, de aventajada estatura, pasó los pulgares por debajo de los tirantes de su mono. Parecía incómodo; se aclaró la garganta y apartó la mirada. Mi amistoso saludo había caído en el vacío.

Míster Cunningham no llevaba sombrero; tenía la mitad superior de la frente muy blanca, en contraste con la cara, requemada por el sol, lo cual me hizo pensar que la mayoría de días sí lo llevaba. Entonces movió los pies, protegidos por gruesos zapatos de trabajo.

—¿No me recuerda, míster Cunningham? Soy Jean Louise Finch. Una vez usted nos trajo castañas de Indias, ¿se acuerda? —Yo empezaba a experimentar la sensación de ridículo que le invade a uno cuando un conocido de casualidad se niega a reconocerle—. Walter es hijo de usted, ¿verdad? ¿Verdad que lo es, señor?

—Está en mi grado —dije— y se porta muy bien. Es un buen muchacho —añadí—, un muchacho bueno de verdad. Una vez nos lo llevamos a comer a casa. Quizá le haya hablado de mí; una vez le pegué, pero él no me guardó rencor y se portó muy bien. Dígale hola por mí, ¿querrá hacerlo?

Atticus decía que para ser cortés había que hablar a las personas de lo que les interesaba, no de lo que pudiera interesarnos a nosotros. Míster Cunningham no manifestó el menor interés por su hijo; en consecuencia abordé el tema de su vinculación una vez más, en un desesperado esfuerzo por hacerle sentir como en su casa.

—Las vinculaciones son malas —le estaba aconsejando, cuando empecé a darme cuenta poco a poco de que me dirigía a toda la reunión. Todos aquellos hombres me miraban; algunos con la boca entreabierta. Atticus había dejado de importunar a Jem; ambos estaban de pie al lado de Dill. De tan atentos, parecían fascinados. Hasta el mismo Atticus tenía la boca entreabierta, actitud que en cierta ocasión nos dijo que era grosera. Nuestras miradas se encontraron, y la cerró.

»Mira, Atticus, estaba diciendo a míster Cunningham que las amortizaciones son malas y todo eso, pero que tú dijiste que no se apurase, que a veces se necesita mucho dinero... Que entre los dos recorreríais el camino preciso... —Me estaba quedando sin palabras, preguntándome qué idiotez había cometido. Las vinculaciones parecían un tema bueno únicamente para conversaciones de sala de estar.

Empecé a sentir que el sudor se acumulaba en los bordes de mi cuello; era capaz de resistirlo todo menos un puñado de gente con la mirada fija en mí. Todos estaban perfectamente inmóviles.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Atticus no dijo nada. Miré a mi alrededor y levanté la vista hacia míster Cunningham, cuyo rostro estaba igualmente impasible. Entonces hizo una cosa singular. Se puso en cuclillas y me cogió por ambos hombros.


—Le diré que me has dicho «hola», damita —prometió.

Luego se levantó de nuevo y agitó su enorme zarpa.

—Vámonos —gritó—. En marcha, muchachos.


Lo mismo que habían venido, de uno en uno y de dos en dos, los hombres retrocedieron con paso tardo hacia sus destartalados coches. Las puertas se cerraron, los motores tosieron, y unos segundos después habían desaparecido.

Yo me volví hacia Atticus, pero se había hasta la cárcel y se apoyaba en la pared con la cara pegada a ella. Me acerqué a él y tiré de su manga.


—¿Podemos irnos a casa ahora?

Atticus movió la cabeza asintiendo, se sacó el pañuelo, se lo pasó por la cara y se sonó con estrépito.

—¿Míster Finch? —Una voz baja y ronca sonó en la oscuridad—. ¿Se han marchado?

Atticus retrocedió unos pasos y levantó la vista.

—Se han marchado —contestó—. Duerme un poco, Tom. Ya no te molestarán más.

Desde otra dirección, una voz rasgó vivamente la noche.

—Puedes pregonar muy bien que no. Te he tenido protegido todo el rato, Atticus.

Míster Underwood y una escopeta de dos cañones asomaban por la ventana encima de la oficina de The Maycomb Tribune.

Había pasado hacía mucho la hora de acostarme y me iba sintiendo completamente cansada; parecía que Atticus y míster Underwood seguirían hablando todo el resto de la noche, míster Underwood desde su ventana y Atticus con la cabeza levantada hacia él. Por fin Atticus regresó, desconectó la luz de encima de la puerta de la cárcel, y recogió la silla.

—¿Puedo llevársela, míster Finch? —preguntó Dill. No había pronunciado ni una sola palabra en todo el rato.

—Naturalmente; gracias, hijo.

Andando hacia la oficina, Dill y yo nos encontramos caminando al mismo paso detrás de Atticus y Jem. Con la molestia de la silla, Dill andaba más despacio. Atticus y Jem iban un buen trecho más adelante, y yo presumí que Atticus regañaba airadamente a Jem por no haberse marchado a casa, pero me equivoqué. Cuando pasaban por debajo de un farol de la calle, Atticus levantó la mano y la pasó, como dando un masaje, por la cabeza de Jem; único gesto de afecto que solía permitirse.