El Diario de Ana Frank

Capítulo 18

Viernes 25 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Ayer estuve «de visita» en casa de los Van Daan para charlar un poco; es algo que hago de vez en cuando. A veces se pasa allí un momento agradable. Entonces, se comen bizcochos antipolillas (la caja de lata la guardan en el armario que está lleno de bolas de naftalina), y bebemos limonada.

Hablamos de Peter. Les dije que Peter me acariciaba a menudo y que a mí me gustaría que dejara de hacerlo pues me desagradaban tales demostraciones de parte de los muchachos.

Con entonación paterna, ellos me preguntaron si en realidad yo no podía encariñarme con Peter; porque, según dijeron, él me quería mucho. « ¿Ah, sí?» pensé, y dije:

— ¡Oh, no!

Dije también que por momentos Peter me parecía un poco torpe, pero que probablemente era tímido, como todos los muchachos que no estaban acostumbrados a alternar con chicas. Debo decir que el comité de refugiados (sección masculina), se muestra bastante ingenioso. Te relataré lo que han inventado para dar noticias nuestras al apoderado de la Travies, el señor Van Dijk, que ha guardado secretamente algunos de nuestros objetos personales y es amigo nuestro. Enviaron una carta mecanografiada a un farmacéutico, cliente de la casa, que vive en la Zelandia Meridional, adjuntando a la carta un sobre escrito por papá con la dirección de la oficina; el farmacéutico se sirve entonces de ese sobre para enviar una respuesta. Tan pronto como ella llega, sustituyen la carta del farmacéutico por un mensaje manuscrito de papá dando señales de vida; la carta de papá, que ellos enseñan entonces al señor Van Dijk, parece haber pasado de contrabando por Bélgica y mandada vía Zelandia; éste puede leerla sin sospechar de la treta. Se ha elegido Zelandia porque es limítrofe de Bélgica, y, además, porque no se puede ir allí sin permiso especial, de manera que Van Dijk no podría comprobar si realmente estamos allí.