Matar un Ruiseñor

Capítulo 23

—Desearía que Bob Ewell no mascara tabaco —fue todo el comentario de Atticus sobre el incidente.

Según miss Stephanie Crawford, sin embargo, Atticus salía de la oficina de Correos cuando míster Ewell se le acercó, le maldijo, le escupió y le amenazó con matarle. Miss Stephanie (que, después de haberlo contado dos veces resultó que estaba allí y lo vio todo, pues venía del Jitney Jungle), dijo que Atticus ni siquiera había movido un párpado: se limitó a sacar el pañuelo y limpiarse la cara, y se quedó plantado permitiendo que míster Ewell le dirigiera insultos que ni los caballos salvajes soportarían que ella repitiese. Míster Ewell era veterano de una guerra indeterminada, lo cual, sumado a la pacífica reacción de Atticus, le impulsó a inquirir:

—¿Demasiado orgulloso para luchar, bastardo ama-negros?

Miss Stephanie explicaba que Atticus respondió:

—No, demasiado viejo —y se puso las manos en los bolsillos y siguió andando. Miss Stephanie decía que había que reconocerle una cosa a Atticus Finch: a veces sabía ser perfectamente seco y lacónico.
A Jem y a mí aquello no nos pareció divertido.

—Después de todo, no obstante —dije yo—, en otro tiempo fue el tirador más certero del condado. Podría...

—Ya sabes que ni siquiera llevaría un arma, Scout. No tiene ninguna... —objetó Jem—. Ya sabes que ni aquella noche, delante de la cárcel, tenía ninguna. A mí me dijo que el tener un arma equivale a invitar al otro a que dispare contra ti.

—Esto es diferente —dije—. Podemos suplicarle que pida prestada una.

Se lo dijimos, y él contestó:

—Tonterías.

Dill fue del parecer que quizá diera resultado apelar a los buenos sentimientos de Atticus: al fin y al cabo, si míster Ewell le matase nosotros moriríamos de hambre, aparte de que nos educaría tía Alexandra, exclusivamente, y de que todos sabíamos que lo primero que haría antes de que Atticus hubiera recibido sepultura sería despedir a Calpurnia. Jem dijo que lo que acaso diera fruto sería si yo llorase y simulase un ataque, puesto que era una niña de pocos años. Pero tampoco esto salió bien.

Sin embargo, cuando advirtió que andábamos sin rumbo por la vecindad, no comíamos y poníamos poco interés en nuestras tareas habituales, Atticus descubrió cuán profundamente amedrentados estábamos. Quiso tentar a Jem una noche con una revista deportiva nueva; y al ver que Jem la hojeaba rápidamente y la arrojaba a un lado, preguntó:

—¿Qué te preocupa, hijo? Jem fue muy concreto. —Míster Ewell.

—¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada. Tenemos miedo por ti, y creemos que deberías tomar alguna medida en relación a ese hombre.

Atticus sonrió torcidamente.

—¿Qué medida? ¿Hacerle encerrar por amenazas?

—Cuando un hombre asegura que matará a otro, parece que ha de decirlo en serio.

—Cuando lo dijo lo decía en serio —adujo Atticus—. Jem, a ver si sabes ponerte en el lugar de Bob Ewell durante un minuto. En el juicio yo destruí el último vestigio de crédito que mereciese su palabra, si es que merecía alguno al empezar. El hombre tenía que tomarse algún desquite; los de su especie siempre se lo toman. De modo que si lo hizo escupiéndome en la cara, acepto gustoso estas afrentas. Con alguien tenía que desahogarse, y prefiero que se haya desfogado conmigo antes que con la nidada de chiquillos que tiene en casa. ¿Lo comprendes?
Jem movió la cabeza afirmativamente.

Tía Alexandra entró en la salita mientras Atticus estaba diciendo:

—No tenemos nada que temer de Bob Ewell; esta mañana ha sacado toda la rabia fuera de su organismo.

—No estaría tan segura, Atticus —dijo ella—. Los de su especie son capaces de todo para devolver un agravio. Ya sabes cómo son esa gente.

—¿Qué demonios puede hacerme Ewell, hermana?

—Te atacará a traición —respondió tía Alexandra—. Puedes darlo por descontado.

—En Maycomb nadie tiene muchas posibilidades de hacer algo y pasar inadvertido.

Después de aquello, ya no tuvimos miedo. El verano se disipaba poco a poco, y nosotros lo aprovechábamos al máximo. Atticus nos aseguraba que a Tom Robinson no le pasaría nada hasta que el tribunal superior revisara su caso, y que tenía muchas posibilidades de salir absuelto, o al menos de que se le juzgase de nuevo. Estaba en la Granja-Prisión de Enfield, a setenta millas de distancia, en el Condado de Chester. Yo le pregunté si a su esposa e hijos les permitían ir a visitarle, pero me contestó que no.

—Si pierde la apelación, ¿qué le sucederá? —pregunté una tarde.

—Irá a la silla eléctrica —respondió Atticus—, a menos que el gobernador le conmute la sentencia. No hay que preocuparse todavía, Scout. Tenemos buenas probabilidades.

Jem se había tendido en el sofá leyendo la Popular Mechanics.

—Esto no es justo —dijo levantando los ojos—. Aun suponiendo que fuese culpable, no mató a nadie. No quitó la vida a nadie.

—Ya sabes que en Alabama la violación es un delito capital —explicó Atticus.

—Sí, señor, pero el jurado no estaba obligado a condenarlo a muerte; si hubiesen querido
habrían podido ponerle veinte años.

—Imponerle —corrigió Atticus—. Tom Robinson es negro, Jem. En esta parte del mundo ningún Jurado diría: «Nosotros creemos que usted es culpable, pero no mucho», tratándose de una acusación como ésta. O se obtenía la absolución total, o nada.

Jem meneaba la cabeza.

—Sé que no es justo, pero no logro imaginarme qué es lo que no marcha bien; quizá la violación no debería ser un delito capital...

Atticus dejó caer el periódico al lado de su silla, y dijo que no se quejaba en modo alguno de las disposiciones acerca de la violación, pero que le asaltaban dudas tremendas cuando el fiscal solicitaba, y el Jurado concedía, la pena de muerte basándose en pruebas puramente circunstanciales. Echó una mirada hacia mí, vio que estaba escuchando y lo expresó de un modo más claro:

—Quiero decir que antes de condenar a un hombre por asesinato, digamos, debería haber uno o dos testigos presenciales. Debería haber una persona en condiciones de decir: «Sí, yo estaba allí, y le vi apretar el gatillo».

—Sin embargo, infinidad de personas han sido colgadas..., ahorcadas... basándose en pruebas circunstanciales —dijo Jem.

—Lo sé, y es probable que muchos lo mereciesen; pero en ausencia de testigos oculares siempre queda una duda, a veces sólo la sombra de una duda. Siempre existe la posibilidad, por muy improbable que se considere, de que el acusado sea inocente.

—Entonces todo el conflicto carga sobre el Jurado. Deberíamos suprimir los Jurados —Jem se mostraba inflexible.
Atticus se esforzó con empeño en no sonreír, pero no pudo evitarlo.

—Eres muy severo con nosotros, hijo. Yo creo que podría haber un recurso mejor: cambiar la ley. Cambiarla de modo que los jueces tuvieran potestad para fijar el castigo en los delitos capitales.

—Entonces, vete a Montgomery y cambia la ley.

—Te sorprendería ver lo difícil que sería. Yo no viviré lo suficiente para verla cambiada, y si tú llegas a verlo, serás ya un anciano.

A Jem esto no le satisfizo bastante.

—No, señor, deberían suprimir los Jurados. En primer lugar, Tom no era culpable, y ellos dijeron que lo era.

—Si tú hubieses formado parte de aquel Jurado, hijo, y contigo otros once muchacho como tú, Tom sería un hombre libre —dijo Atticus—. Hasta el momento, no ha habido nada en tu vida que interfiriese el proceso del razonamiento. Aquellos hombres, los del Jurado de Tom, eran doce personas razonables en su vida cotidiana, pero ya viste que algo se interponía entre ellos y la razón. Viste lo mismo aquella noche delante de la cárcel. Cuando el grupo se marchó, no se fueron como hombres razonables, se fueron porque nosotros estábamos allí. Hay algo en nuestro mundo que hace que los hombres pierdan la cabeza; no sabrían ser razonables ni que lo intentaran. En nuestros Tribunales, cuando la palabra de un negro se enfrenta con la de un blanco, siempre gana el blanco. Son feas, pero las realidades de la vida son así.

—Lo cual no las hace justas —dijo Jem con terquedad, mientras se daba puñetazos en la rodilla—. No se puede condenar a un hombre con unas pruebas como aquéllas; no se puede.

—No se puede; pero ellos podían, y le condenaron. Cuanto mayor te hagas, más a menudo lo verás. El sitio donde un hombre debería ser tratado con equidad es una sala de Tribunal, fuese el hombre de cualquiera de los colores del arco iris; pero la gente tiene la debilidad de llevar sus resentimientos hasta dentro del departamento del Jurado. A medida que crezcas, verás a los blancos estafando a los negros, todos los días de tu vida, pero permite que te diga una cosa, y no la olvides: siempre que un hombre blanco abusa de un negro, no importa quién sea, ni lo rica que sea, ni cuán distinguida haya sido la familia de que procede, ese hombre blanco es basura. —Atticus estaba hablando tan sosegadamente que la última palabra fue como un estallido en nuestros oídos. Levanté la vista y su cara tenía una expresión vehemente—. A mí nada me da más asco que un blanco de baja estofa que se aproveche de la ignorancia de un negro. No os engañéis, todo se suma a la cuenta, y el día menos pensado la pagaremos. Espero que no sea durante vuestras vidas.

Jem se rascaba la cabeza. De súbito se ensancharon sus ojos.

—Atticus —dijo—, ¿por qué no formamos los Jurados personas como nosotros y miss Maudie?

Nunca se ve a nadie de Maycomb en un Jurado; todos vienen de los campos.

Atticus se inclinó en su mecedora. Por no sé qué motivo parecía contento de Jem.

—Me estaba preguntando cuándo se te ocurriría —dijo—. Hay un sinfín de razones. En primer lugar, miss Maudie no puede formar parte porque es mujer...

—¿Quieres decir que en Alabama las mujeres no pueden...? —yo estaba indignada.

—En efecto. Supongo que es para proteger a nuestras delicadas damas de casos sórdidos como el de Tom. Además —añadió sonriendo—, dudo que se llegara a juzgar por completo un caso; las señoras interrumpirían continuamente con interminables preguntas.

Jem y yo soltamos la carcajada. Miss Maudie en un Jurado causaría una impresión tremenda. Pensé en la anciana mistress Dubose sentada en un sillón de ruedas: «Basta de golpear, John Taylor, quiero preguntar una cosa a ese hombre». Quizá nuestros antepasados fueron sensatos en este aspecto.

Atticus iba diciendo:

—Con gente como nosotros... ésta es la parte de la cuenta que nos corresponde. Generalmente, tenemos los Jurados que nos merecemos. A nuestros respetables ciudadanos de Maycomb no les interesa, en primer lugar. En segundo lugar, tienen miedo. Luego, son...

—¿Miedo de qué? —preguntó Jem.

—Mira, ¿qué pasaría si, digamos, míster Link Deas tuviera que decidir el importe de los daños que satisfacer a miss Maudie cuando miss Rachel la atropellase con un coche? A Link no le gustaría la idea de perder a ninguna de ambas damas como cliente, ¿verdad que no? Así pues, le dice al juez Taylor que no puede formar parte del Jurado porque no tiene quien se encargue de su tienda mientras él está fuera. Por tanto, el juez Taylor le dispensa. A veces le dispensa con ira.

—¿Qué es lo que le hace pensar que alguna de las dos dejaría de comprar sus géneros? — pregunté.

Jem dijo:

—Miss Rachel sí dejaría; miss Maudie no. Pero el voto de un Jurado es secreto, Atticus.

Nuestro padre se rió.

—Tienes que andar muchas millas todavía, hijo. Se da por supuesto que el voto de un Jurado ha de ser secreto. Pero el formar parte de un Jurado obliga a un hombre a tomar una decisión y pronunciarse sobre algo. A los hombres esto no les gusta. A veces es desagradable.

—El Jurado de Tom habría tomado una decisión a toda prisa —musitó Jem.

Los dedos de Atticus fueron a introducirse en el bolsillo del reloj.

—No, no sucedió así —dijo, más para sí mismo que para nosotros—. Esto fue lo que me hizo pensar que aquello podía ser un comienzo. El Jurado tardó unas horas. El veredicto era inevitable, quizá, pero generalmente sólo les cuesta unos minutos. Esta vez... —aquí se interrumpió y nos miró—. Acaso os guste saber que hubo un individuo al cual hubieron de trabajar mucho rato; al principio se pronunciaba por una absolución pura y simple.

—¿Quién? —Jem estaba atónito.

Atticus guiñó los ojos.

—Yo no puedo decirlo, pero os diré una cosa nada más. Era uno de vuestros amigos de Old Sarum...

—¿Uno de los Cunningham? —gritó Jem—. Uno de..., yo no reconocí a ninguno..., estás de broma —y miró a Atticus por el rabillo del ojo.

—Uno de sus parientes. Por una corazonada, no le taché. Por una corazonada únicamente. Podía recusarle, pero no lo hice.

—¡Cielo santo! —exclamó Jem reverentemente—. Este minuto tratan de matarle y al minuto siguiente tratan de dejarle en libertad... No entenderé a esa gente en toda mi vida.

Atticus dijo que lo único que se precisa es conocerlos. Dijo que los Cunningham no habían quitado nada a nadie ni aceptado nada de nadie desde que inmigraron al Nuevo Mundo. Añadió que otra característica suya era la de que una vez uno había conquistado su respeto, estaban por uno con uñas y dientes. Atticus dijo que tenía la impresión, nada más que la simple sospecha, de que aquella noche se alejaron de la cárcel con un considerable respeto hacia los Finch. Por otra parte, prosiguió, se precisaba un rato, sumado a otro Cunningham, pera lograr que uno de ellos cambiase de idea.

—Si hubiésemos tenido a dos de aquel clan habríamos conseguido un Jurado en desacuerdo. Jem dijo muy despacio:

—¿Quieres decir que pusiste de verdad en el Jurado a un hombre que la noche anterior quería matarte? ¿Cómo te atreviste a correr ese riesgo, Atticus, cómo te atreviste?

—Si lo analizas, el riesgo era poco. No hay diferencia entre un hombre dispuesto a condenar, y otro dispuesto a lo mismo, ¿verdad que no? En cambio, hay una ligera diferencia entre un hombre dispuesto a condenar y otro en cuya mente ha penetrado la duda, ¿verdad que sí? Era la única incógnita de toda la lista.

—¿Qué parentesco tenía aquel hombre con Walter Cunnigham? —pregunté yo.

Atticus se levantó, se desperezó y bostezó. Aún no era la hora de acostarnos, pero nosotros conocíamos cuándo quería tener un rato para leer el periódico. Lo cogió, lo dobló y me dio un golpecito en la cabeza.

—Veamos —dijo con voz profunda, para sí mismo—. Ya lo tengo. Primo hermano doble. —¿Cómo puede ser eso?

—Dos hermanas se casaron con dos hermanos. Esto es todo lo que os diré; ahora adivinadlo.

Yo me estrujé el cerebro y concluí que si me casara con Jem, y Dill tuviera una hermana y se casase con ella, nuestros hijos serían primos hermanos dobles.

—Recontra, Jem —dije cuando Atticus hubo salido—, son una gente muy curiosa. ¿Lo ha oído, tiíta?

Tía Alexandra estaba remendando una alfombra y no nos miraba, pero nos escuchaba. Estaba sentada en su silla con la canastilla de labor al lado y la alfombra extendida sobre el regazo. El hecho de que en las noches agitadas las damas remendasen alfombras de lana no lo entendí bien jamás.

—Lo he oído —contestó.

Entonces recordé la lejana y calamitosa ocasión en que me levanté en defensa de Walter Cunningham. Ahora me alegraba de haberlo hecho.

—Tan pronto como empiece la escuela invitaré a Walter a comer en casa —me propuse, habiendo olvidado la resolución particular de darle una paliza la primera vez que lo viese—. Además, de cuando en cuando puede quedarse también después de las clases. Atticus podría llevarle con el coche a Old Sarum. Quizá algún día pueda pasar la noche con nosotros. ¿De acuerdo, Jem?

—Veremos cómo lo resolvemos —dijo tía Alexandra. Una declaración que en sus labios era una amenaza, nunca una promesa. Sorprendida, me volví hacia ella.

—¿Por qué no, tiíta? Son buena gente.

Ella me miró por encima de las gafas de costura.

—Jean Louise, mi mente no abriga la menor duda de que sean buena gente. Pero no son gente de nuestra clase.

—Quiere decir que son palurdos —explicó Jem.

—¿Qué es un palurdo?

—Bah, un desastrado. Les gusta la juerga, y cosas así.

—Pues a mí también...

—No seas necia, Jean Louise —dijo tía Alexandra—. El caso es que puedes restregar con jabón a Walter Cunningham hasta que brille, puedes ponerle zapatos y un traje nuevo, pero nunca será como Jem. Por otra parte, en aquella familia existe una tendencia a la bebida que se ve desde cien leguas de distancia. Las mujeres de los Finch no se interesan por aquella clase de gente.

—Ti-í-ta —dijo Jem, con marcada afectación—, Scout no ha cumplido los nueve años todavía. —Tanto da que se entere desde ahora.

Tía Alexandra había pronunciado su sentencia. Me acordé clarísimamente de la última vez que plantó su «de ahí no paso». Nunca supe por qué. Fue cuando me absorbía el proyecto de visitar la casa de Calpurnia; yo sentía curiosidad, me interesaba; quería ser su «invitada», ver cómo vivía, qué amigos tenía. Lo mismo habría dado que hubiese querido ver la otra cara de la luna. Esta vez la táctica era distinta; pero los objetivos de tía Alexandra los mismos. Quizá fuese éste el motivo de que hubiera venido a vivir con nosotros: para ayudarnos a escoger los amigos. Yo la mantendría en jaque todo el tiempo que pudiese.

—Si son buena gente, ¿por qué no podemos mostrarnos agradables con Walter?

—Yo no he dicho que no os mostréis agradables con él. Habéis de tratarle amistosamente y con cortesía, habéis de ser magnánimos con todo el mundo, querida. Pero no debéis invitarle a vuestra casa.

—¿Y si fuese pariente nuestro, tiíta?

—Lo cierto es que no lo es, pero si lo fuese, mi respuesta sería la misma.

—Tiíta —dijo Jem—, Atticus dice que uno puede escoger sus amigos, pero no puede escoger su familia, y que tus parientes siguen siendo parientes tuyos tanto si tú quieres reconocerlos por tales como si no, y que el no querer reconocerlos te hace parecer completamente necio.

—Ésta es otra de las teorías que retratan a tu padre de pies a cabeza —dijo tía Alexandra—, pero yo continúo asegurando que Jean Louise no invitará a Walter Cunnigham a esta casa. Si fuese primo hermano suyo por partida doble, una vez fuera de aquí no sería recibido en esta casa a menos que viniera a ver a Atticus por asuntos profesionales. Y no hay más que hablar.

Tía Alexandra había pronunciado su «Ciertamente No», pero esta vez diría los motivos.

—Pero yo quiero jugar con Walter; tiíta, ¿por qué no he de poder?

Ella se quitó las gafas y me miró fijamente.

—Te diré por qué. Porque Walter es basura; he ahí el motivo de que no puedas jugar con él. No quiero verle rondando cerca de ti para que tú adquieras sus hábitos y aprendas Dios sabe qué. ya eres sobrado problema para tu padre tal como estás.

No sé lo que habría hecho, pero Jem me detuvo. Me cogió por los hombros, me rodeó con su brazo y me acompañó, mientras yo sollozaba con furia, hacia su dormitorio. Atticus nos oyó y asomó la cabeza por la puerta.

—No hay novedad, señor —dijo Jem, malhumorado—. No es nada. —Atticus se fue—. Masca un rato, Scout —Jem rebuscó por el bolsillo y sacó un «Tootsie Roll». Me costó unos minutos convertir la golosina en una confortable almohadilla pegada al paladar.

Jem reordenó los objetos de su cómoda. El cabello le crecía hirsuto por atrás y caído hacia delante cerca de la frente; yo me preguntaba si llegaría a tenerlo algún día como el de un hombre; quizá si se lo afeitase y le creciera de nuevo se criaría como era debido. Sus cejas se habían hecho más gruesas, y advertí en su cuerpo una esbeltez nueva. Ganaba estatura.

Cuando miró a su alrededor, pensó sin duda que me pondría a llorar otra vez, porque me dijo: —Te enseñaré una cosa si no has de decírselo a nadie.

Yo pregunté qué era. Él se desabrochó la camisa, sonriendo tímidamente.

—¿Qué?

—¿No lo ves?

—No.

—Es pelo.

—¿Dónde?

—Aquí. Aquí mismo.

Jem me había consolado y, correspondiendo, yo dije que hacía muy bonito, pero no vi nada. —Está bonito de veras, Jem.

—Debajo de los brazos también tengo —dijo él—. El año que viene empezaré a formar parte del equipo de fútbol. Scout, no permitas que tía Alexandra te ponga de mal humor.

Parecía ayer nada más que me decía que no pusiera yo de mal humor a tía Alexandra.

Ya sabes que no está acostumbrada a tratar con muchachas —añadió Jem—, por lo menos con muchachas como tú. Está probando de convertirte en una dama. ¿No podrías aficionarte a la costura, o a otra cosa por el estilo?

—No, diablos. No me quiere, he aquí todo lo que hay, pero a mí no me importa. Lo que me ha sacado de quicio ha sido que dijese que Walter Cunningham es basura, y no lo que ha dicho de que yo sea un problema para Atticus. Esto lo puse en claro con él una vez; le pregunté si era un problema, y él me dijo que no muy grande; como mucho, era un problema que siempre sabía calcular, y que no me preocupara ni un segundo la idea de si le molestaba. No, ha sido por Walter...; aquel muchacho no es basura, Jem. No es como los Ewell.

Jem se libró de los zapatos con un par de sacudidas y subió los pies a la cama. Se recostó en un almohadón y encendió la lámpara para leer.

—¿Sabes una cosa, Scout? Ahora ya lo tengo resuelto. Últimamente he pensado mucho en ello y lo tengo resuelto. Hay cuatro clases de personas en el mundo. Existen las personas corrientes como nosotros y nuestros vecinos, las personas de la especie de los Cunningham, que viven allá, en el campo; la especie parecida a los Ewell, del vaciadero; y los negros.

—¿Qué me dices de los chinos y de los cajuns del Condado de Baldwin?

—Me refiero al Condado de Maycomb. Y lo que ocurre en este problema es que nosotros no apreciamos a los Cunningham, los Cunningham no aprecian a los Ewell, y los Ewell desprecian a la gente de color.

Le contesté que si era así, ¿cómo se explicaba que el Jurado de Tom, compuesto de gente como los Cunningham, no le hubiese absuelto a fin de fastidiar a los Ewell?

Jem rechazó la pregunta con un manotazo, considerándola infantil.

—Ya sabes —dijo—, he visto a Atticus golpeando el suelo con los pies cuando en la radio dan una fiesta alegre, y le gusta la juerga más que a ningún hombre que haya conocido...

—Entonces esto nos hace parecidos a los Cunningham —dije yo—. No comprendo cómo tiíta... —No, déjame terminar; nos hace parecidos, en efecto, pero en cierto modo somos diferentes. En una ocasión Atticus dijo que la causa de que tía Alexandra haga tanto hincapié en la familia nace de que todo lo que nosotros tenemos es abolengo, pero sin un cuarto a nuestro nombre.

—Ea, Jem, no sé... Atticus me dijo una vez que en buena parte ese cuento de la «familia antigua» es una tontería, porque la familia de uno cualquiera es tan antigua como la de cualquier otro. Yo le pregunté si en esto entraban la gente de color y los ingleses, y él me dijo que sí.

—Abolengo no significa «familia antigua» —puntualizó Jem—. Imagino que se trata del tiempo que hace que la familia de uno sabe leer y escribir. Scout, he estudiado este asunto con empeño, y es la única explicación que se me ocurre. En algún lugar, cuando los Finch estaban en Egipto, uno de ellos debió de aprender un jeroglífico o dos, y luego enseñó a su hijo —Jem se puso a reír—. Imagínate a tiíta enorgulleciéndose de que su bisabuelo supiera leer y escribir... Las señoras eligen detalles chocantes para sentirse orgullosas.

—Bien, yo me alegro de que supiera; de lo contrario, ¿quién habría enseñado a Atticus y a los demás? Y si Atticus no supiera leer, tú y yo nos encontraríamos en una mala situación. No creo que esto sea abolengo, Jem.

—Entonces, ¿cómo explicas que los Cunningham sean diferentes? Míster Walter apenas sabe firmar; yo le he visto. Simplemente, nosotros leemos y escribimos desde más antiguo que ellos.

—No, todo el mundo tiene que aprender, nadie nace sabiendo. Walter es tan listo como le permiten las circunstancias; a veces se retrasa porque tiene que quedarse en casa a ayudar a su papá. No tiene ningún defecto. No, Jem, yo creo que sólo hay una clase de personas. Personas.

Jem se volvió y dio un puñetazo a la almohada. Cuando se sosegó tenía el semblante nublado. Se estaba hundiendo en una de sus depresiones, y yo me puse recelosa. Sus cejas se juntaron; su boca se convirtió en una línea estrecha. Durante un rato estuvo callado.

—Esto pensaba yo también —dijo por fin— cuando tenía tu edad. Si sólo hay una clase de personas, ¿por qué no pueden tolerarse unas a otras? Si todos son semejantes, ¿cómo salen de su camino para despreciarse unos a otros? Scout, creo que empiezo a comprender una cosa. Creo que empiezo a comprender por qué Boo Radley ha estado encerrado en su casa todo este tiempo... Ha sido porque quiere estar dentro.