El Diario de Ana Frank

Capítulo 23

Sábado 3 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Ayer tuvimos otro alboroto. Mamá provocó una escena terrible y le dijo a papá todo lo que pensaba de mí. Luego se echó a llorar, yo también, y eso me dio un dolor de cabeza espantoso. Terminé, por decirle a papá que lo quería a él mucho más que a mamá; él me contestó que eso pasaría, pero no lo creo. Es necesario que me esfuerce por permanecer tranquila con mamá; Papá querría verme solícita cuando mamá tiene dolor de cabeza o no se siente bien. Por ejemplo, debería llevarle algo sin hacerme rogar. Pero yo no lo hago nunca. Dedico bastante tiempo al estudio del francés, y estoy leyendo La Belle Nivernaise.

Viernes 9 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Hoy no tengo que anunciarte más que noticias tristes y deprimentes. Nuestros muchos amigos judíos son poco a poco embarcados por la Gestapo, que no anda con contemplaciones; son transportados en furgones de ganado a Westerbork, un gran campo para judíos, en Drente. Westerbork debe ser una pesadilla: un solo lavabo cada cien personas, y faltan retretes. La promiscuidad es atroz. Hombres, mujeres y niños duermen juntos. Imposible huir.

La mayoría está marcada por el cráneo afeitado, y muchos, además, por su tipo judío. Si eso sucede ya en Holanda, ¿qué será en las regiones lejanas y bárbaras de las que Westerbork no es más que el vestíbulo? Nosotros no ignoramos que esas pobres gentes serán exterminadas. La radio inglesa habla de cámaras de gas. Después de todo, quizá sea la mejor manera de morir rápidamente. Eso me tiene enferma. Miep cuenta todos esos horrores de manera tan impresionante, que ella misma se siente convulsionada. Un ejemplo reciente: Miep encontró ante su puerta a una vieja judía paralítica, aguardando a la Gestapo, que había ido a buscar un auto para transportarla. La pobre vieja se moría de miedo a causa de los bombardeos de los aviones ingleses y temblaba viendo los haces luminosos que se cruzaban en el cielo como flechas. Miep no tuvo el valor de hacerla entrar en su propia casa; nadie se hubiera atrevido a hacerlo. Los alemanes castigan tales acciones sin clemencia. Elli también tiene motivo para estar triste: su novio tiene que partir para Alemania. Ella teme que los aviadores que vuelan sobre nuestras casas dejen caer su cargamento de bombas, a menudo de millares de kilos, sobre la cabeza de Dirk. Bromas tales como que «nunca recibirá mil» y «una sola bomba basta», me parecen fuera de lugar. Cierto que Dirk no es el único obligado a partir; todos los días salen trenes atestados de jóvenes de uno y otro sexo destinados al trabajo obligatorio en Alemania. Cuando se detienen en el trayecto, en tal o cual cruce, algunos tratan de escapar o pasar a la clandestinidad; eso resulta a veces, pero en muy pequeña proporción.

Aún no he terminado con mi oración fúnebre. ¿Has oído hablar alguna vez de rehenes? Es su último invento para castigar a los saboteadores. La cosa más atroz que pueda imaginarse. Ciudadanos inocentes y absolutamente respetables son arrestados, y aguardan en la cárcel su condena. Si el saboteador no aparece la Gestapo fusila a un número de rehenes sin más rodeos. Los diarios publican a menudo las esquelas mortuorias de esos hombres, ¡bajo el título de accidente fatal! ¡Hermoso pueblo, el alemán! ¡Y pensar que yo pertenecía a él! Pero no, hace mucho tiempo que Hitler nos hizo apátridas. Por lo demás, no hay enemigos más grandes que estos alemanes y los judíos.