Matar un Ruiseñor

Capítulo 26

Las clases empezaron, y con ellas nuestros viajes diarios por delante de la Mansión Radley. Jem estaba en el séptimo grado y asistía al Instituto, detrás del edificio de primera enseñanza; yo estaba ahora en el tercer grado, y nuestras rutinas eran tan diferentes que sólo veía a Jem al ir a la escuela por las mañanas, y a las horas de comer. Él entró en el equipo de fútbol, pero era demasiado delgado y demasiado joven para hacer otra cosa que llevar cubos de agua para los demás. Una misión que cumplía con entusiasmo: la mayoría de tardes, raras veces llegaba a casa antes de oscurecer.

La Mansión Radley había dejado de aterrorizarme, pero no era menos lúgubre, menos helada debajo de los grandes robles, ni menos repelente. En los días serenos continuábamos viendo a míster Nathan Radley, yendo y viniendo de la ciudad; sabíamos que Boo continuaba en casa, por la misma razón de siempre: nadie había visto todavía que saliera. A veces sentía una punzada de remordimiento, al pasar por delante de la vieja mansión, por haber tomado parte alguna vez en cosas que debieron significar un gran tormento para Arthur Radley... ¿Qué recluso razonable quiere que unos niños le espíen por la ventana, le envían saludos con una caña de pescar y ronden por sus coles de noche?
Y, sin embargo, también recordaba: dos monedas con cabezas de indios, goma de mascar, muñecos de jabón, una medalla oxidada, un reloj estropeado, con su cadena. Jem debía de guardarlo en algún sitio. Una tarde me detuve y miré el árbol: el tronco creía alrededor del remiendo de cemento. El cemento se volvía amarillo.

Un par de veces casi le vimos; promedio más que satisfactorio para cualquiera.

Con todo, cada vez que pasaba seguía mirando por si le veía. Quizá algún día le veríamos. Me imaginaba cómo sería: cuando ocurriese, al pasar yo él estaría en la mecedora. «¿Cómo está, míster Arthur?», diría yo, como si lo hubiese dicho todas las tardes de mi vida. «Buenas noches, Jean Louise —diría él, como si lo hubiese dicho todas las tardes de su vida—; tenemos un tiempo hermoso de veras, ¿no es cierto?» «Sí, en verdad muy hermoso», afirmaría yo, y continuaría andando.

Era sólo una fantasía. Nunca le veríamos. Boo salía, probablemente, cuando la luna se había escondido, e iba a espiar a miss Stephanie Crawford. Yo habría escogido a cualquier otra persona para mirarla; pero allá él con sus gustos. A nosotros nunca nos espiaría.

—No vais a empezar de nuevo con eso, ¿verdad que no? —dijo Atticus una noche, cuando yo expresé un deseo esporádico de poder ver una vez al menos, a mi gusto, a Boo Radley antes del fin de mis días—. Si pensáis volver a lo de antes, os lo digo desde este momento: basta ya. Soy demasiado viejo para ir a sacaros de la finca de los Radley. Por otra parte, es cosa peligrosa. Os expondréis a que os disparen un tiro. Ya sabéis que míster Nathan dispara contra cualquier sombra que vea, hasta contra las sombras que dejan unas huellas de pies desnudos del tamaño de cuatro. En aquella ocasión tuvisteis suerte y no os mató.

En aquel momento y lugar me callé. Al mismo tiempo me admiré de Atticus. Era la primera vez que nos daba a entender que sabía mucho más de lo que nosotros creíamos acerca de un suceso concreto. Y había ocurrido años atrás. No, el verano pasado solamente... No, el verano anterior al pasado, cuando... El tiempo me estaba jugando una treta. Tenía que acordarme de preguntárselo a Jem.

Nos habían ocurrido tantas cosas que Boo Radley era el menor de nuestros pavores. Atticus aseguraba que no veía que pudiese ocurrir nada más, que las cosas tenían la virtud de ponerse en su punto por sí mismas, y que cuando hubiera pasado el tiempo suficiente la gente olvidaría que un día habían dedicado su atención a la existencia de Tom.

Quizá Atticus tuviera razón, pero los acontecimientos del verano continuaban suspendidos sobre nosotros como el humo en un cuarto cerrado. Los adultos de Maycomb nunca hablaban del caso con Jem ni conmigo; parece que lo comentaban con sus hijos, y su actitud debía de ser la de que ni mi hermano ni yo podíamos cambiar el hecho de que Atticus fuese nuestro padre, de modo que sus hijos debían portarse bien con nosotros a pesar de él. Los hijos no habrían llegado jamás por sí mismos a esta conclusión; si a nuestros condiscípulos les hubiesen dejado obrar según sus propias iniciativas, Jem y yo habríamos librado unos cuantos combates rápidos y satisfactorios con los puños cada uno y habríamos terminado el asunto para mucho tiempo. Dadas las circunstancias, ahora nos veíamos obligados a mantener la cabeza alta y ser, respectivamente, un caballero y una dama. En cierto modo, era lo mismo que en la época de mistress Lafayette Dubose, aunque sin sus gritos. No obstante, pasaba una cosa rara, que nunca comprendí: a pesar de las deficiencias de Atticus como padre, aquel año la gente tuvo a bien reelegirle para la legislatura del Estado, como de costumbre sin oposición. Yo llegué a la conclusión de que, simplemente, la gente era muy especial, me aparté de ella, y no pensaba en sus cosas más que cuando era forzoso.

Un día en la escuela, me vi obligada. Una vez por semana teníamos una clase de Noticias de Actualidad. Cada niño tenía que recordar una noticia de un periódico, enterarse bien de su contenido y comunicarla a la clase. Se suponía que esta práctica eliminaba una infinidad de males: el ponerse delante de sus compañeros favorecía la buena postura y daba aplomo al niño; el pronunciar una pequeña charla le obligaba a sopesar el valor de las palabras; el aprenderse la noticia que le correspondía, reforzaba su memoria; el verse separado del Grupo le hacía sentir más que nunca el afán de volver a fundirse en el mismo.

El concepto era profundo, pero, como de costumbre, en Maycomb no salía demasiado bien. En primer lugar, pocos chiquillos del campo tenían acceso a los periódicos, de modo que el peso de las noticias de actualidad lo llevaban los de la población, convenciendo más y más a los que venían de fuera de que, sea como fuere, los niños de la ciudad acaparaban la atención de los maestros. Los chicos campesinos que podían, traían recortes del The Crit Paper, una publicación de contenido poco fiable, al menos a los ojos de miss Gates, nuestra maestra. La causa de que frunciera el ceño cuando un chiquillo recitaba algo del The Crit Paper no la he sabido nunca, pero en cierto modo ello iba asociado con la afición a la juerga, el comer bizcochos de jarabe para desayunar, el ser un poco hereje, el cantar Dulcemente canta el asno, pronunciando mal la palabra asno, para eliminar todo lo cual pagaba el Estado a los maestros.

Aun así, no eran muchos los niños que supieran lo que era una noticia de actualidad. Little Chuck Little, que en lo tocante a saber de las vacas y sus costumbres tenía un siglo de experiencia, estaba a la mitad de una narración de «Tío Natchell» cuando miss Gates le interrumpió:

—Charles, eso no es una noticia de actualidad. Eso es un anuncio.

Sin embargo, Cecil Jacobs sabía distinguir lo que era una noticia. Cuando le tocó el turno, se situó delante de la clase y empezó:

—El viejo Hitler...

—Adolf Hitler, Cecil —dijo miss Gates—. Nunca se empieza diciendo «el viejo Fulano, o Mengano».

—Sí, señora —convino el chico—. El viejo Adolf Hitler ha estado prosiguiendo... —Persiguiendo, Cecil...

—No, miss Gates, aquí dice... Sea como fuere, el viejo Hitler las ha emprendido con los judíos y los encarcela, y les quita los bienes y no permite que ninguno salga del país y limpia a todos los deficientes mentales y...

—¿Limpia a los deficientes mentales?

—Sí, señora, miss Gates, supongo que no tienen criterio suficiente para limpiarse por sí mismos, digo yo que un idiota no sabría conservarse limpio. Sea como fuere, Hitler ha puesto en marcha un programa para reunir también a todos los medios judíos, y quiere hacer una lista de sus nombres para el caso de que ellos quieran crearle algún problema, y yo creo que esto es una cosa mala, y ésta es mi noticia de actualidad.

—Muy bien, Cecil —dijo miss Gates. Resollando, Cecil volvió a su asiento. En el fondo de la sala se levantó una mano.

—¿Cómo puede hacer eso?

—¿Quién y qué? —preguntó miss Gates con paciencia.

—Quiero decir, ¿cómo puede Hitler poner a un montón de gente en un corral, así de este modo? Parece que el Gobierno debería impedirlo —dijo el propietario de la mano.

—Hitler es el Gobierno —explicó miss Gates. Y aprovechando una oportunidad para hacer dinámica la educación, fue a la pizarra y escribió DEMOCRACIA con letras grandes—. Democracia —dijo—. ¿Sabéis alguno una definición?

—Nosotros —dijo alguien.

Yo levanté la mano, recordando un antiguo latiguillo electoral que me había explicado Atticus. —¿Qué crees que significa, Jean Louise?

—Derechos iguales para todos; privilegios especiales para ninguno —cité.

—Muy bien, Jean Louise, muy bien —miss Gates sonrió. Delante de DEMOCRACIA escribió entonces NOSOTROS SOMOS UNA—. Ahora, chicos, decidlo todos a coro: nosotros somos una democracia.

Lo dijimos. Luego miss Gates dijo:

—Esta es la diferencia entre América y Alemania. Nosotros somos una democracia y Alemania es una dictadura. Dicta-dura —repitió—. Aquí, en nuestro país, no creemos que se deba perseguir a nadie. La persecución es propia de personas que tienen Pre-jui-cios —anunció cuidadosamente—. No hay en el mundo personas mejores que los judíos, y el motivo de que Hitler no lo crea así es para mí un misterio.

En el centro de la sala un alma inquisitiva preguntó:

—Según usted, ¿por qué no quieren a los judíos, miss Gates?

—No lo sé, Henry. Los judíos ayudan con su aportación a todas las sociedades en que viven, y, sobre todo, son un pueblo profundamente religioso. Hitler está tratando de eliminar la religión, de manera que quizá sea ésta la causa.

Cecil tomó la palabra:

—No lo sé cierto, claro —dijo—, pero se dice que cambian dinero o algo así, aunque esto no es motivo para perseguirlos. Los judíos son blancos, ¿verdad?

—Cuando estés en la segunda enseñanza, Cecil —dijo miss Gates—, aprenderás que los judíos han sido perseguidos desde el comienzo de la Historia, incluso expulsados de su propio país. Es uno de los episodios más terribles de la Historia. Ha llegado la hora de Aritmética, niños.

Como a mí nunca me había gustado la Aritmética pasé aquella hora mirando por la ventana. La única ocasión en que veía ceñudo a Atticus era cuando Elmer Davis nos comunicaba las últimas hazañas de Hitler. Atticus daba toda la potencia a la radio y decía:

—¡Hummm!

Una vez le pregunté cómo se enfadaba tanto con Hitler y me contestó:

—Porque es un maníaco.

«Esto no sirve», medité mientras la clase se ensimismaba en las sumas. A mí me parece que deberían encerrarle en una cárcel, en vez de permitirle que él les encierre a ellos. Había algo más que no marchaba bien, se lo preguntaría a mi padre.

Se lo pregunté, y él me dijo que no podía responderme porque no sabía la respuesta.

—¿Pero está bien odiar a Hitler?

—No —dijo—. No está bien odiar a nadie.

—Atticus, hay una cosa que no entiendo. Miss Gates decía que lo que Hitler hace es horroroso; hablando de ello se puso como una amapola... —Lo supongo, sin duda alguna.

—Pero...

—¿Qué?

—Nada, señor —y me marché, pues no estaba segura de saberle explicar lo que tenía en la mente, no estaba segura de poder clarificar lo que no era más que una impresión. Quizá Jem pudiera darme la respuesta. Las cosas de la escuela las entendía mejor Jem que Atticus.

Jem estaba agotado después de un día de transportar agua. En el suelo, cerca de la cama, había al menos doce cortezas de bananas, rodeando una botella de leche vacía.

—¿Cómo te das ese atracón? —pregunté.

—El entrenador dice que si para el año que seguirá al que viene he ganado veinticinco libras, podré jugar —respondió—. Y ésta es la manera más rápida.

—Si no lo vomitas todo, Jem —dije enseguida—, quiero preguntarte una cosa. —Dispara —Jem dejó el libro y estiró las piernas.

—Miss Gates es una señora buena, ¿verdad?

—Sin duda —contestó Jem—. Cuando estaba en su clase, la apreciaba mucho. —Ella odia a Hitler con todas sus fuerzas...

—¿Y esto qué tiene de malo?

—Hoy nos ha hecho un discurso sobre lo mal que está que trate a los judíos de ese modo, Jem, no esta bien perseguir a nadie, ¿verdad que no? Quiero decir, ni siquiera tener pensamientos mezquinos respecto a nadie, ¿verdad que no?

—No, Dios santo. ¿Qué te pasa, Scout?

—Pues mira, aquella noche al salir del Juzgado, cuando bajábamos las escaleras, miss Gates iba delante de nosotros; es posible que no la vieses, estaba hablando con miss Stephanie Crawford. Yo oí que decía que es hora de que alguno les dé una lección, que ya se salían de su esfera y que a continuación creerán que pueden casarse con nosotras, Jem, ¿cómo es posible que un odie tan terriblemente a Hitler y luego, al mirar a su alrededor sea tan injusto con personas de nuestra propia Patria?

Jem se puso furioso súbitamente. Saltó de la cama, me cogió por el cuello del vestido y me zarandeó.

—¡No quiero que vuelvas a hablarme del Juzgado ese nunca más, nunca más! ¿Me oyes? ¿Me oyes? No me digas jamás ni una sola palabra de aquello, ¿me oyes? ¡Ahora vete!

Me quedé demasiado sorprendida para llorar. Salí con paso receloso del cuarto de Jem y cerré la puerta suavemente, por miedo a que un ruido indebido le provocase otro arranque. Repentinamente cansada, sentí la necesidad de Atticus. Mi padre estaba en la sala; fui hasta él y traté de sentarme en su regazo. Atticus sonrió:

—Creces tanto ahora que sólo podré sostener una parte de ti —y me estrechó contra su pecho—. Scout —me dijo dulcemente—, no te desilusiones respecto a Jem. Está pasando unos días duros. He oído lo que decíais.

Atticus me explicó que Jem ponía todo su empeño en olvidar algo, pero que lo que hacía en realidad era apartarlo de la memoria por una temporada, hasta que hubiese transcurrido el tiempo suficiente. Entonces estaría en condiciones de meditarlo e interpretar los hechos. Cuando pudiera pensar con serenidad Jem volvería a ser el mismo de siempre.