El Diario de Ana Frank

Capítulo 27

Domingo 13 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

Estoy cómodamente instalada en la oficina del frente, y puedo mirar hacia afuera por la rendija de la espesa cortina. Aunque ya está anocheciendo, tengo todavía bastante luz para escribirte. Resulta extraño ver pasar a la gente. Me parece que todos tienen prisa y que a cada instante van a chocar contra sus propios pies.

En cuanto a los ciclistas, a la velocidad que van ni siquiera puedo distinguir si son hombres o mujeres. La gente de este barrio es típicamente popular y en su mayor parte se ve pobre, en especial los niños, que están muy sucios: no los tocaría ni con pinzas. Verdaderos hijos del arrabal, con la nariz siempre chorreante; hablan una jerga apenas compresible. Ayer en la tarde, cuando Margot y yo tomamos aquí nuestro baño, le dije:

— Si pudiéramos atrapar a esos chicos que pasan por aquí, uno detrás de otro, darles un baño, lavarlos, cepillarlos, zurcirles la ropa y dejarlos enseguida...

Margot me interrumpió:

— Los verías mañana lo mismo de sucios, y con idénticos harapos.

Pero digo tonterías, hay otras cosas que ver: autos, barcos y la lluvia. Me gusta, en particular, escuchar el rechinar del tranvía al pasar frente a la casa.

Nuestros pensamientos varían tan poco como nosotros mismos. Forman un círculo perpetuo, que va de los judíos a los alemanes, y de los alimentos a la política. Entre paréntesis, hablando de judíos, ayer, por entre las cortinas, vi pasar a dos: yo estaba muy triste, tenía la sensación de traicionar a esa gente y de espiar su desgracia. Exactamente delante de nosotros hay una barca habitada por un barquero y su familia, con su perrito: no conocemos del perro más que sus ladridos y su colita enroscada, que divisamos sobresaliendo de la borda, cuando él da vueltas por el desembarcadero.

Ahora que la lluvia persiste, la mayoría de la gente anda oculta bajo su paraguas. No veo más que impermeables, y a veces una nuca debajo de una gorra. Casi no vale la pena mirar a nadie. Ya he visto bastante a esas mujeres abotargadas por las papas, vestidas con un abrigo verde o rojo, los tacones gastados, la bolsa al brazo. Algunas tienen el rostro bondadoso, otras se muestran ceñudas, lo cual depende del humor de sus maridos.

Martes 22 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

Todo el mundo en el anexo se regocija con la novedad: tendremos cada uno 125 gramos de mantequilla para Navidad. El diario anuncia 250 gramos, pero esa ración está reservada a los privilegiados que obtienen sus tarjetas del Estado, y no a los judíos ocultos que sólo pueden pagar cuatro tarjetas ilegales en lugar de ocho.

Todos vamos a amasar con nuestra ración de mantequilla. Esta mañana he preparado bizcochos y dos tortas. Hay mucho que hacer arriba, por eso mamá me ha dicho que no debo ir allí a realizar mis tareas o leer, hasta que se haya terminado el trabajo de casa.

La señora Van Daan guarda cama a causa de su costilla lastimada: se queja todo el día, hace renovar sus compresas y no se contenta con nada. Me gustaría volver a verla de pie y en sus cosas. Hay que hacerle justicia: es muy activa y ordenada; mientras goza de buena salud física y moral, hasta se muestra buena compañera.

Porque se me dice «¡chis, chis!» todo el día cuando hago demasiada bulla, mi compañero de alcoba se permite lanzarme sus «¡chis, chis!» durante la noche. ¿Es que ya no tengo el derecho de darme vuelta en la cama? Me niego a hacerle caso, y tengo la firme intención de devolver un «¡chis, chis!» la próxima vez. Me hace rabiar, sobre todo el domingo, cuando enciende la luz a la mañana temprano para hacer gimnasia. Eso dura — me parece a mí— horas y horas, porque desplaza constantemente las sillas que coloco a la cabecera de mi cama para alargarla, bajo mi cabeza todavía dormida. Después de haber terminado sus ejercicios de ablandamiento, agitando violentamente los brazos, el caballero empieza a arreglarse, yendo ante todo a la percha para buscar sus calzoncillos. Ida y vuelta. Lo mismo para su corbata, olvidada sobre la mesa, chocando, como es natural, cada vez contra mis sillas.

Pero, ¿para qué aburrirte con mis viejos señores insoportables? Mis quejas no harán cambiar las cosas. En cuanto a mis medios de venganza, tales como desenroscar la lámpara, cerrar la puerta con llave, esconder sus ropas, renuncio a ellos para que reine la paz.

¡Oh, me he vuelto muy razonable! Aquí se necesita buen sentido para todo: para aprender a escuchar, para callarse, para ayudar, para ser amable y quién sabe para qué más aún. Temo abusar de mi cerebro, ya de por sí no demasiado lúcido, y que no quede nada de él para después de la guerra.

Miércoles 13 de enero de 1943

Querida Kitty:

Esta mañana me he sentido nuevamente conmovida por todo lo que sucede, de manera que me fue imposible acabar nada en forma conveniente.

El terror reina en la ciudad. Noche y día, transportes incesantes de esas pobres gentes, provistas tan solo de una bolsa que llevan al hombro y un poco de dinero. Estos últimos bienes les son quitados en el trayecto, según dicen. Se separa a las familias, agrupando a hombres, mujeres y niños.

Los niños, al volver de la escuela, ya no encuentran a sus padres. Las mujeres, al regresar del mercado, hallan sus puertas selladas; se encuentran con que sus familias han desaparecido. También les toca a los cristianos holandeses: sus hijos son enviados obligatoriamente a Alemania. Todo el mundo tiene miedo.

Centenares de aviones vuelan sobre Holanda para bombardear y dejar en ruinas las ciudades alemanas; y a toda hora, millares de hombres caen en Rusia y en Afrecha del Norte. Nadie está al abrigo, el globo entero se halla en guerra, y aunque los Aliados lleven ventaja, todavía no se ve el final. Y nosotros, sí, nosotros estamos bien, mucho mejor, huelga decirlo, que millones de otras personas. Nosotros estamos aún a resguardo y gastamos el dinero que pretendemos nuestro. Nosotros somos a tal punto egoístas que nos permitimos hablar de la posguerra, regocijándonos con la perspectiva de adquirir ropas y zapatos nuevos, cuando deberíamos economizar cada centavo para salvar a los afligidos después de la guerra, o, al menos, todo lo que quede por salvar.

Los niños pasean por aquí vestidos con camisa y zuecos, sin abrigo, ni gorra, ni calcetines, y nadie acude en su ayuda. No tienen nada en el vientre, y, royendo una zanahoria, abandonan sus casas frías para salir al frío, y llegar a una clase más fría aún. Muchos niños detienen a los transeúntes para pedirles un trozo de pan. Holanda ha llegado a eso.

Podría seguir durante horas hablando de la miseria acarreada por la guerra, pero eso me desalienta todavía más. No nos queda sino aguantar y esperar el término de estas desgracias. Judíos y cristianos esperan, el mundo entero espera... y muchos esperan la muerte.

Sábado 30 de enero de 1943

Querida Kitty:

Me atormento y rabio interiormente, sin poder demostrarlo. Me gustaría gritar, golpear con los pies, llorar, sacudir a mamá; querría no sé qué...

No puedo soportar de nuevo, cada día, esas palabras hirientes, esas miradas burlonas, esas acusaciones, como flechas lanzadas por un arco demasiado tenso, que me penetran y que son tan difíciles de retirar de mi cuerpo.

A Margot, a Van Daan, a Dussel y también a papá querría gritarles: «Déjenme en paz, déjenme dormir una sola noche sin mojar de lágrimas mi almohada, sin esos latidos en mi cabeza y sin que los ojos me ardan. ¡Déjenme partir, déjenme abandonarlo todo, y en especial este mundo!».

Pero soy incapaz de eso, no puedo dejar traslucirse mi desesperación, no puedo exponer a sus miradas las heridas que me causan, ni soportar su lástima o su burlona bondad, lo que me haría gritar tanto más. Ya no puedo hablar sin que se me juzgue afectada, ni callarme sin ser ridícula, soy tratada de insolente cuando respondo, de astuta cuando tengo una buena idea, de perezosa cuando estoy fatigada, de egoísta cuando como un bocado de más, de estúpida, de apocada, de calculadora, etc. Durante todo el día no oigo más que eso, que soy una chiquilla insoportable; aunque me ría y finja desentenderme, confieso que todo ello me afecta. Tomaría a Dios por testigo y le pediría que me diese otra naturaleza, una naturaleza que no provocara la cólera ajena.

Pero es imposible, no puedo rehacerme, y sé bien que no soy tan mala como pretenden. Hago cuanto puedo por contentar a todo el mundo a mí alrededor: te aseguro que ni sospechan hasta qué punto me esfuerzo; suelo reírme a la menor cosa para no darles a entender que soy desgraciada. Más de una vez, después de reproches interminables y poco razonables, le he lanzado a mamá, en la cara:

— No me importa lo que tú dices. No te ocupes más de mí.

Soy un caso desesperado, ya lo sé. A renglón seguido me ha sido menester oír que era una insolente; durante dos días se hace caso omiso de mi presencia, o poco más o menos, y luego todo es olvidado y vuelve a entrar en su órbita... para los demás.

Me es imposible ser un día la chiquilla bonita, cuando la víspera estuve a punto de lanzarles mi odio a la cara. Prefiero mantenerme en un justo término, que desde luego no tiene nada de justo, y guardarme para mí mis pensamientos. Si vuelven a tratarme con desprecio, adoptaré por una vez la misma actitud hacia ellos, para probar.
¡Ah, si sólo fuese capaz de hacerlo!