Matar un Ruiseñor

Capítulo 28

Para el último día de octubre, el tiempo estaba inusitadamente caluroso. Ni siquiera necesitábamos chaquetas. El viento arreciaba cada vez más, y Jem dijo que era posible que lloviese antes de que llegáramos a casa. No había luna.

La lámpara pública de la esquina proyectaba unas sombras bien definidas sobre la casa de los Radley. Oí que Jem reía por lo bajo.

—Apuesto a que esta noche no nos molesta nadie —dijo.

Jem llevaba mi traje de jamón, con cierta torpeza, pues resultaba difícil cogerlo bien. Yo le consideré muy galante por ello.

—De todos modos, es una casa que da miedo, ¿verdad que sí? —dije—. Boo no quiere hacer ningún daño a nadie, pero yo estoy muy contenta de que me acompañes.

—Ya sabes que Atticus no te habría dejado ir sola al edificio de la escuela —dijo Jem.

—No sé por qué; está al doblar la esquina, y entonces sólo hay que cruzar el patio.

—Aquel patio es terriblemente largo para que las niñas pequeñas lo crucen solas de noche —me zahirió Jem—. No temes a los fantasmas?

Nos pusimos a reír. Fantasmas, juegos fatuos, encantamientos, signos secretos, todos se habían desvanecido con el paso de los años lo mismo que la bruma al remontarse el sol.

—¿Como era aquello que decíamos? —preguntó Jem—. Angel del destino, vida para el muerto, sal de mi camino, no me sorbas el aliento.

—Deja eso ahora —le pedí. Estábamos enfrente de la Mansión Radley.

—Boo no debe estar en casa. Escucha.

Encima de nosotros, muy arriba en la oscuridad, un ruiseñor desgranaba su repertorio. Doblamos la esquina y yo tropecé con una raíz que salía del suelo, en el camino. Jem trató de ayudarme, pero todo lo que hizo fue dejar caer mi traje en el polvo. Sin embargo, no me caí, y pronto volvimos a emprender la marcha.

Salimos del camino y penetramos en el patio de la escuela. La noche era negra como boca de lobo.

—¿Cómo sabes dónde estamos, Jem? —pregunté cuando habíamos caminado unos cuantos pasos.

—Adivino que estamos debajo del roble grande porque pasamos por un sitio fresco. Ten cuidado, y no vuelvas a caerte.

Habíamos acortado el paso, avanzando con cautela, y tentábamos el vacío con la mano con el fin de no chocar con el tronco del árbol. Era éste un roble viejo y solitario; dos muchachos no habrían podido abrazarlo tocándose las manos. Estaba muy lejos de los maestros, de sus espías y de vecinos curiosos; estaba cerca de la finca de los Radley, pero los Radley no eran curiosos. Debajo de sus ramas había, por tanto, un pequeño pedazo de suelo apisonado por una infinidad de peleas y de juegos de azar jugados a escondidas.

Las luces de la sala de actos del colegio llameaban en la distancia, pero si para algo servían era para cegarnos.

—No mires al frente, Scout —dijo Jem—. Mira al suelo y no te caerás.

—Tenías que haber traído la pila eléctrica, Jem.

—No sabía que estuviese tan oscuro. A primeras horas de la noche no parecía que hubiera de haber estas tinieblas. Se ha nublado, he ahí la causa. De todos modos, tarde o temprano despejará. Alguien saltó hacia nosotros.

—¡Dios Todopoderoso! —gritó Jem.

Un círculo de luz había estallado sobre nuestros rostros; detrás del mismo saltaba regocijado Cecil Jacobs.

—¡Aaah, os he cogido! —chilló—. ¡He intuido que vendríais por esta parte!

Cecil había ido cómodamente en coche con sus padres a la sala de actos, y como no nos había visto se había aventurado a tanta distancia porque sabía con toda seguridad que llegaríamos por aquella ruta. De todos modos, creía que míster Finch iría con nosotros.

—¡Qué caramba, si esto está casi al doblar la esquina! —dijo Jem—. ¿Quién tiene miedo de ir hasta el otro lado de la esquina?

No obstante, tuvimos que admitir que Cecil era un chico listo. Nos había dado un susto, y podía contarlo por toda la escuela; nadie le arrebataría ese privilegio.

—Oye —dije yo—, ¿no eres una vaca esta noche? ¿Dónde tienes el traje?

—Arriba, detrás del escenario —contestó—. Mistress Merriweather dice que la función no empezará hasta dentro de un rato. Puedes dejar el traje junto al mío, detrás del escenario, Scout, y nos reuniremos con los demás.

Jem consideró que la idea era excelente. Consideró también muy satisfactorio que Cecil y yo fuéramos juntos. De este modo él quedaba en libertad de acompañarse con chicos de sus misma edad.

Cuando llegamos a la sala de actos, la ciudad en peso estaba allí, excepto Atticus y las damas agotadas de decorar el escenario, además de los desterrados y los misántropos de costumbre. Al parecer había acudido la mayor parte del condado; la sala hormigueaba de campesinos endomingados. En la planta baja, el edificio del colegio tenía un amplio vestíbulo; la gente se arremolinaba alrededor de unos puestos que habían instalado a lo largo de sus paredes.

—Oh, Jem, he olvidado mi dinero —suspiré al verlos.

—Atticus no —respondió Jem—. Aquí tienes treinta centavos; puedes elegir seis cosas. Os veré más tarde.

—De acuerdo —dije yo, contenta con mis treinta centavos y con Cecil.

En compañía de Cecil bajé hasta la parte delantera de la sala de actos, cruzamos una puerta lateral y nos fuimos detrás del escenario. Me libré de mi traje de jamón y marché a toda prisa, porque mistress Merriweather estaba de pie ante el atril, delante de la primera fila de asientos, procediendo a unos retoques frenéticos, de última hora, del escrito.

—¿Cuánto dinero tienes tú —pregunté a Cecil.

También tenía treinta centavos, con lo cual estábamos a la par. Derrochamos las primeras monedas en la Casa de los Horrores, que no nos amedrentó nada en absoluto; entramos en el cuarto oscuro del séptimo grado por el que nos acompañó el vampiro de turno y nos hizo tocar varios objetos que se pretendía eran las partes componentes de un ser humano.

—Aquí están sus ojos —nos dijeron cuando tocamos dos granos de uva puestos en un platillo— . Eso es el corazón. —Y aquello tenía el tacto del hígado crudo—. Esto son los intestinos —Y nos metían las manos en una fuente de espagueti fríos.

Cecil y yo visitamos varios puestos. Ambos compramos un cucurucho de golosinas hechas en casa por la señora del juez Taylor. Yo quería pescar manzanas, pero Cecil dijo que no era higiénico. Su madre decía que podía contagiarse cualquier cosa, puesto que todo el mundo había puesto la cabeza en la misma jofaina.

—Ahora no hay en toda la ciudad nada que contagiarse —protesté.

Pero Cecil alegó que era antihigiénico hacer como los demás. Más tarde se lo consulté a tía Alexandra, y me dijo que, por lo común, las personas que sustentaban tales teorías eran arribistas que querían situarse en sociedad.

Estábamos a punto de comprar una bolsa de bombones cuando los ordenanzas de mistress Merriweather aparecieron y nos dijeron que nos fuéramos entre bastidores, pues era hora de prepararse. La sala de espectáculos se llenaba de gente; la Banda del Colegio Superior de Maycomb se había congregado ante el escenario; las candilejas estaban encendidas, y las cortinas de terciopelo encarnado se mecían y ondulaban con el aire del ir y venir a toda prisa de los que estaban detrás.

En el escenario, Cecil y yo entramos en el estrecho pasillo agrupándonos con la gente; adultos con sombreros de tres picos confeccionados en casa, gorros de confederados, sombreros de la Guerra Hispano-americana y cascos de la Guerra Mundial. Junto a la única y pequeña ventana se amontonaban unos niños vestidos de diversos productos agrícolas.

—Me han aplastado el traje —gemí descorazonada.

Mistress Merriweather vino al galope, volvió a dar una forma convincente al alambre y me embutió dentro.

—¿Estás bien ahí dentro, Scout? —preguntó Cecil—. Tienes una voz distante, lo mismo que si te encontraras al otro lado de la montaña.

—Tampoco a ti se te oye cerca —dije yo.

La banda interpretó el Himno Nacional, y oímos que el público se ponía en pie. Entonces se oyó el redoble de tambor grande. Mistress Merriweather, estacionada detrás de su atril, al lado de la banda, dijo:

—¡Condado de Maycomb: Ad Astra per aspera! —El bombo volvió a redoblar—. Esto significa —explicó mistress Merriweather, traduciendo en beneficio del elemento rústico—: Desde el barro hacia las estrellas. —Y añadió, muy innecesariamente, a mi criterio—: Función teatral.

—Imagino que si no lo hubiera dicho, la gente no habría sabido lo que era —murmuró Cecil, a quien impusieron silencio inmediatamente con un siseo.

—La ciudad entera lo sabe —suspiré.

—Pero han venido también los campesinos —contestó Cecil.

—Silencio ahí detrás —ordenó una voz de hombre, y nos callamos.

El bombo subrayaba con fuerte trepidación cada una de las frases que mistress Merriweather iba pronunciando. La locutora salmodiaba con voz triste que el Condado de Maycomb era más antiguo que el propio Estado, que formaba parte de los territorios del Mississipi y de Alabama, que el primer hombre blanco que puso el pie en las selvas vírgenes fue el bisabuelo del juez comarcal cinco veces trasladado, de quien no se tenían noticias posteriores. Luego vino el temerario coronel Maycomb, del cual había recibido el nombre el condado...

Andrew Jackson le dio un cargo de autoridad, pero la injustificada confianza en sí mismo y el deficiente sentido de orientación del coronel Maycomb llevó al desastre a todos los que tomaron parte con él en las guerras contra los creeks. Las órdenes que recibió, y que había llevado un corredor indio adicto, eran de que marchase hacia el sur. Después de consultar un árbol para deducir de su líquenes cuál era la dirección sur, y negándose a prestar oídos a los subordinados que trataron de corregirle, el coronel Maycomb emprendió una obstinada travesía para arrollar al enemigo e internó a sus tropas por la selva primitiva, tan lejos en dirección noroeste, que con el tiempo hubieron de ser rescatados por los colonos que avanzaban tierra adentro.

Mistress Merriweather invirtió treinta minutos describiendo las hazañas del coronel Maycomb. Yo descubrí que si doblaba las rodillas podía meterlas dentro del traje y sentarme más o menos cómodamente. Me senté, escuchando, el monótono recitado de mistress Merriweather y los zambombazos del tambor, y pronto quedé profundamente dormida.

Más tarde me contaron que mistress Merriweather, que ponía el alma entera en el imponente final, había canturreado «Ce...erdo» con una confianza nacida de que los pinos y las habichuelas hubieran entrado apenas mentarlos. Esperó unos minutos y luego llamó «¿Ce...erdo?» Y al ver que nada aparecía gritó con todas sus fuerzas: «¡Cerdo!»

Debí de oírla estando dormida, o fue quizá la banda que estaba tocando Dixie, lo que me despertó, el caso es que en el momento en que mistress Merriweather subía triunfante al escenario con la bandera del Estado fue el que elegí yo para salir a escena. Decir que lo elegí es incorrecto: se me ocurrió que sería mejor que me reuniese con los demás.

Más tarde me explicaron que el juez Taylor tuvo que salir de la sala y allá se quedó dándose palmadas a las rodillas con tanto entusiasmo que su señora le trajo un vaso de agua y le hizo tomar una píldora.

Parecía que mistress Merriweather conseguía un triunfo resonante, pues todo el mundo se deshacía en «bravos» y aplausos, pero a pesar de ello, me cogió detrás del escenario y me dijo que había arruinado su función. Me avergoncé de mí misma, pero cuando Jem vino a buscarme se mostró comprensivo. Dijo que desde donde estaba sentado no podía ver muy bien mi traje. No sé cómo podía adivinar por encima de mi traje que yo tenía el ánimo deprimido, pero me dijo que lo hice muy bien, que sólo entré un poquitín tarde y nada más. Jem estaba adquiriendo casi tanta habilidad como Atticus en hacer que uno se sintiera sosegado y bien cuando las cosas iban mal. Casi; no del todo... Ni siquiera Jem pudo convencerme de que cruzase por en medio de la multitud, y consintió en aguardar detrás del escenario hasta que el público se hubo marchado.

—¿Quieres que te lo quite, Scout? —me preguntó.

—No, lo llevaré puesto —respondí. Debajo del traje podía esconder mejor mi mortificación. —¿Queréis que os lleve a casa? —preguntó uno.

—No, señor, gracias —oí que contestaba Jem—. Es un corto paseo nada más.

—Cuidado con los aparecidos —dijo la voz—. O mejor quizá, di a los aparecidos que tengan cuidado con Scout.

—Ahora ya no quedan muchas personas —me dijo Jem—. Vámonos.

Cruzamos el teatro hasta llegar al pasillo y luego bajamos las escaleras. La oscuridad seguía siendo absoluta. Los coches que quedaban estaban aparcados al otro lado del edificio; sus faros no nos servían de mucho.

—Si marcharan algunos en nuestra misma dirección veríamos mejor —dijo Jem—. Ven, Scout, deja que te coja por el... corvejón. Podrías perder el equilibrio.

—Veo perfectamente.

—Sí, pero podrías perder el equilibrio.

Sentí un ligero peso en la cabeza y supuse que Jem había cogido aquel extremo del jamón. —¿Me has cogido?

—¿Eh? Sí, sí.

Empezamos a cruzar el negro patio, esforzando los ojos por vernos los pies.

—Jem —dije—, he olvidado los zapatos; están detrás del escenario.

—Bien, vayamos a buscarlos. —Pero cuando dábamos media vuelta, las luces de la sala se apagaron—. Puedes recogerlos mañana —dijo él.

—Mañana es domingo —protesté yo, mientras Jem me hacía virar de nuevo en dirección a casa. —Pedirás al conserje que te deje entrar...
¡Scout!

—¿Eh?

—Nada.

Hacía mucho tiempo que Jem no salía con esas cosas. Me pregunté qué estaría pensando.

Cuando él quisiera me lo diría; probablemente cuando llegásemos a casa. Sentí que sus dedos oprimían la cima de mi traje con demasiada fuerza. Yo movía la cabeza.

—Jem, no has de...

—Cállate un minuto, Scout —dijo él, dándome un golpecito.

Anduvimos en silencio.

—Ha pasado el minuto —dije—. ¿Qué estabas pensando?

Me volví para mirarle, pero su silueta apenas era visible.

—Pensaba haber oído algo —respondió—. Párate un momento.

Nos paramos.

—¿Oyes algo? —preguntó Jem.

—No.

No habíamos dado cinco pasos cuando me hizo parar de nuevo.

—Jem, ¿tratas de asustarme? Ya sabes que soy demasiado mayor...

—Cállate —me dijo. Y yo comprendí que no era broma.

Hacía una noche quieta. Oía a mi lado la sosegada respiración de Jem. De vez en cuando se levantaba de súbito la brisa, azotando mis piernas desnudas; aquello era todo lo que quedaba de una noche que se prometía de mucho viento. Peinaba la calma que precede a la tormenta. Nos pusimos a escuchar.

—Lo que has oído antes sería un perro —dije.

—No era eso —respondió Jem—. Lo oigo cuando caminamos, pero cuando nos paramos no. —Oyes el crujido de mi traje. Bah, lo único que hay es que se te ha metido en el cuerpo la Noche de las Brujas...

Lo dije más para convencerme a mí misma que a Jem, porque, sin duda alguna, en cuanto empezamos a andar de nuevo, oí lo que él me decía. No era mi traje.

—Será el bueno de Cecil —afirmó Jem al poco rato—. Ahora no nos sorprenderá. No le demos motivos para creer que apresuramos el paso.

Acortamos la marcha hasta el límite. Yo pregunté cómo era posible que Cecil pudiera seguirnos estando tan oscuro; se me antojaba que toparía con nosotros.

—Yo te veo, Scout —afirmó Jem.

—¿Cómo? Yo no te veo a ti.

—Tus rayas de tocino destacan más —Mistress Crenshaw había usado una pintura brillante, con el fin de que reflejaran la luz de las candilejas—. Te veo muy bien, y confío en que Cecil puede verte lo suficiente para conservar la distancia.

Yo le demostraría a Cecil que sabíamos que nos seguía y estábamos preparados para recibirle. —¡Cecil Jacobs es una gallina gorda y moja...a...da! —grité de súbito, volviéndome cara atrás. Nos paramos. Nadie nos contestó, excepto el «a...da» rebotando en la pared distante de la escuela.

—Yo le haré responder —dijo Jem—. ¡¡Hee...y!!

«He-y, ee-y, ee-y», contestó la pared.

No era creíble que Cecil resistiera tanto rato; cuando se le había ocurrido una broma la repetía una y otra vez. Ya debería habernos asaltado. Jem me indicó que me parase de nuevo y me dijo en voz baja:

—Scout, ¿puedes quitarte eso?

—Creo que sí, pero no llevo mucha ropa debajo.

—Aquí traigo tu vestido.

—A oscuras no sé ponérmelo.

—Está bien —dijo él—, no importa.

—Jem, ¿tienes miedo?

—No. Calculo que ahora hemos llegado casi hasta el árbol. Desde allí, unos cuantos pasos más y estamos en el camino. Entonces ya veremos la luz de la calle.

Jem hablaba con una voz apresurada, llana, sin entonación. Yo me preguntaba cuánto rato trataría de mantener el mito de Cecil.

—¿Crees que deberíamos cantar, Jem?

—No. Párate otra vez, Scout.

No habíamos acelerado el paso. Jem sabía tan bien como yo que era difícil andar deprisa sin darse un golpe en un dedo del pie, tropezar con piedras y otros inconvenientes, y, además, yo iba descalza. Quizá fuese el viento susurrando en los árboles. Pero no soplaba nada de viento, ni había árboles, exceptuando el enorme roble.

Nuestro seguidor deslizaba y arrastraba los pies, como si llevara unos zapatos muy pesado. Fuese quien fuere, llevaba pantalones de recia tela de algodón; lo que yo había tomado por murmullo de árboles era el roce suave, sibilante, de la tela de algodón sobre otra tela de algodón; un suiss, suisss a cada paso.

Sentía que la arena se volvía más fresca debajo de mis pies, y por ello conocía que estábamos cerca del roble. Jem apretó la mano sobre mi cabeza. Nos paramos y escuchamos.

Esta vez el arrastra-pies no se había detenido al pararnos nosotros. Sus pantalones producían un suiss, suiss suave pero seguido. Luego cesaron. Ahora corría, corría hacia nosotros, y no con pasos de niño.

—¡Corre, Scout! ¡Corre! —gritó Jem.

Di un paso gigante y noté que me tambaleaba; no pudiendo mover los brazos, en la oscuridad no sabía mantener el equilibrio. —¡Jem, Jem, ayúdame, Jem!

Algo aplastó el alambre de gallinero que me rodeaba. El metal desgarraba la tela, y yo caí al suelo y rodé tan lejos como pude, revolviéndome de mi prisión de alambre. De un punto de las cercanías llegaban hasta mí ruidos de pies danzando sobre el suelo, ruidos de patadas, de zapatos y de cosas arrastradas sobre el polvo y las raíces. Una persona chocó contra mí y noté que era Jem. Mi hermano se levantó con la rapidez del rayo y me arrastró consigo, pero aunque tenía la cabeza y los hombros libres, continuaba tan enredada en mi traje que no fuimos muy lejos.

Estábamos cerca del camino cuando sentí que la mano de Jem me abandonaba y noté que sufría una sacudida y se caía de espaldas. Más ruido de pisadas precipitadas; luego el sonido apagado de algo que se rompía, y Jem lanzó un alarido.

Corrí hacia el lugar de donde vino el grito de Jem y me hundí en un fláccido estómago de varón. Su propietario exclamó:

—¡Uff! —y quiso cogerme los brazos, pero yo los tenía estrechamente aprisionados. El estómago de aquel hombre era blando, pero los brazos los tenía de acero. Poco a poco me dejaba sin respiración. Yo no podía moverme. De súbito le echaron atrás de un tirón y le arrojaron al suelo, casi arrastrándome con él. «Jem se ha levantado», pensé.

En ocasiones, la mente de uno trabaja muy despacio. Me quedé allí, sorprendida y atontada. El roce de los pies sobre el suelo se apagaba; alguien jadeó un momento, y la noche quedó silenciosa otra vez.

Silencio, excepto por la respiración fatigada, entrecortada, de un hombre. Me pareció que se acercaba al árbol y se apoyaba en el tronco.
Tosió violentamente, con una tos de sollozo, que estremecía los huesos.

—¡Jem!

No hubo otra respuesta que la respiración fatigada del hombre.

—¡Jem!

Jem no contestaba.

El hombre empezó a moverse por allí, como si buscara algo. Le oí gemir y arrastrar un objeto pesado. Yo iba percibiendo lentamente que ahora había cuatro personas debajo del árbol. —¡Atticus...!

El hombre andaba con paso pesado e inseguro en dirección al camino. Fui adonde me imaginé que había estado y tenté frenéticamente el suelo valiéndome de los dedos de los pies. Un momento después toqué a una persona.

—¡Jem!

Mis dedos de los pies tocaron unos pantalones, una hebilla de cinturón, una cosa que no supe identificar, un cuello de camisa, y un rostro. El áspero rastrojo de una barba me indicó que no era la cara de Jem. Percibí el olor del whisky barato.

Me puse a andar en la dirección que creí me llevaría al camino, aunque no estaba segura, porque había dado demasiadas vueltas contra mi voluntad. Pero lo encontré y miré abajo, hacia la luz de la calle. Un hombre pasaba debajo del farol. Andaba con el paso cortado de la persona que transporta un peso demasiado grande para ella. Estaba doblando la esquina. Transportaba a Jem, cuyo brazo colgaba oscilando de un modo absurdo delante de él.

En el momento en que llegué a la esquina, el hombre cruzaba el patio de la fachada de nuestra casa. La lámpara de la puerta recortó por un momento la silueta de Atticus. Atticus subió las escaleras corriendo juntos, él y el hombre, entraron a Jem en la casa.

Yo estaba en la puerta de la fachada cuando ellos cruzaban el vestíbulo. Tía Alexandra corría a mi encuentro.

—¡Llama al doctor Reynolds! —ordenaba imperativamente la voz de Atticus, saliendo del cuarto de Jem—. ¿Dónde está Scout?

—Está aquí —contestó tía Alexandra, llevándome consigo hacia el teléfono. Tía Alexandra me palpaba con ansiedad.

—Estoy bien, tiíta —le dije—. Será mejor que telefonee.

Tía Alexandra levantó el auricular del soporte y dijo:

—¡Eula May, haga el favor de llamar al doctor Reynolds, enseguida! —Y a continuación—: Agnes, ¿está tu padre en casa? ¡Oh, Dios mío!
¿Dónde se encuentra? Dile, por favor, que venga acá en cuanto llegue. ¡Por favor, es urgente!

No había necesidad de que tía Alexandra dijese quién era; la gente de Maycomb se conocían unos a otros por la voz.

Atticus salió de la habitación de Jem. Apenas tía Alexandra hubo cortado la comunicación, Atticus le quitó el aparato de la mano. Dio unos golpecitos al soporte, y luego dijo:

—Eula May, póngame con el sheriff, se lo ruego... ¿Heck? Soy Atticus Finch. Alguien ha atacado a mis hijos. Jem está herido. Entre mi casa y la escuela. No puedo dejar a mi hijo. Corra allá por mí, se lo ruego, y vea si el agresor ronda todavía por los alrededores. Dudo que lo encuentre, ahora, pero si le encuentra, me gustaría verle. Debo dejarle ya. Gracias, Heck.

—Atticus, ¿ha muerto Jem?

—No, Scout. Cuida de ella, hermana —dijo mi padre, mientras cruzaba el vestíbulo. Desenredando la tela y el alambre aplastados a mi alrededor, los dedos de tía Alexandra temblaban.

—¿Te encuentras bien, cariño? —no se cansaba de preguntarme mientras me libraba de mi prisión.

Fue un alivio quedar libre. Los brazos empezaban a cosquillearme; los tenía encarnados y con unas pequeñas huellas hexagonales. Me los froté, y los sentí mejor.

—Tiíta, ¿está muerto Jem?

—No... no, cariño, está inconsciente. No sabemos el daño que ha recibido hasta que llegue el doctor Reynolds. ¿Qué ha ocurrido, Jean Louise? —No lo sé.

Tía Alexandra no insistió. Me trajo ropa que ponerme, y si yo hubiese prestado entonces atención a ello, no le habría permitido que luego lo olvidase jamás: en su distracción, tiíta me trajo el mono.

—Póntelo, cariño —me dijo, entregándome la prenda que tanto desprecio le inspiraba. Enseguida se precipitó hacia el cuarto de Jem; volvió a reunirse conmigo en el vestíbulo, y otra vez se fue al cuarto de Jem.

Un coche paró delante de la casa. Yo conocía el andar del doctor Reynolds casi tan bien como el de mi padre. El doctor Reynolds nos había traído al mundo a Jem y a mí, nos había asistido en todas las enfermedades de la infancia que el hombre conoce, incluyendo la ocasión en que Jem se cayó de la choza del árbol, y jamás había perdido nuestra amistad.

Al aparecer en la puerta exclamó:

—Dios misericordioso. —Vino hacia mí. Dijo—: Tú todavía estás en pie —y cambió de rumbo.

Conocía todas las habitaciones de la casa. Sabía también que si yo me encontraba en mal estado, a Jem le pasaría lo mismo.

Después de diez eternidades, el doctor Reynolds apareció de nuevo.

—¿Ha muerto Jem? —le pregunté.

—Ni mucho menos —respondió poniéndose en cuclillas delante de mí—. Tiene un chichón igual que el tuyo, y un brazo roto. Mira hacia allá, Scout... No, no vuelvas la cabeza, vuelve solamente los ojos. Ahora mira hacia el otro lado. Tiene una fractura difícil; por todo lo que puedo colegir en estos momentos, la tiene en el codo. Como si alguno hubiera querido arrancarle el brazo retorciéndoselo... Ahora mírame a mí.

—Entonces, ¿no está muerto?

—¡Nooo! —El doctor Reynolds se puso en pie—. Esta noche no podemos hacer mucho, como no sea ayudarle a pasarla lo mejor posible. Tendremos que obtener una radiografía del brazo; parece que tendrá que llevarlo una temporada levantado hacia el costado. Pero no te acongojes, saldrá como nuevo. Los muchachos de su edad rebotan.

Mientras hablaba, el doctor Reynolds me había estado mirando atentamente, tentando con dedos suaves el chichón que me salía en la frente.

—No te sientes destrozada por ninguna parte, ¿verdad que no? La broma del doctor Reynolds me hizo sonreír.

—¿De modo que usted no cree que esté muerto?

El médico se puso el sombrero.

—Claro que podría equivocarme, naturalmente, pero yo creo que está completamente vivo. Manifiesta todos los síntomas de estarlo. Ve a echarle un vistazo, y cuando yo regrese nos reuniremos los dos y decidiremos.

El doctor Reynolds tenía el caminar joven y resuelto. El de míster Tate no era así. Sus pesadas botas castigaron el porche y abrió la puerta con gesto torpe, pero soltó la misma exclamación que había proferido el doctor Reynolds cuando llegó.

—¿Estás bien, Scout? —añadió además.

—Sí, señor. Voy a ver a Jem. Atticus y los otros están allí dentro.

—Iré contigo —dijo míster Tate.

Tía Alexandra había velado la lámpara de lectura de Jem con una toalla, y el cuarto estaba sumido en una claridad apagada, confusa. Jem yacía de espaldas. A lo largo de todo un costado de la cara tenía una señal fea. Tenía el brazo izquierdo apartado del cuerpo y con el codo ligeramente doblado, pero hacia la parte que no debía estarlo. Jem arrugaba el ceño.

—¡Jem...!

—No puede oírte, Scout, está apagado como una lámpara —me dijo Atticus—. Vuelve ya en sí, pero el doctor Reynolds ha querido que continuase sin conocimiento.

—Sí, señor.

Retrocedí. El cuarto de Jem era grande y cuadrado. Tía Alexandra estaba sentada en una mecedora, junto a la chimenea. El hombre que había traído a Jem estaba de pie en un rincón, recostado contra la pared. Era algún campesino al cual yo no conocía. Asistió probablemente a la función y se encontraba en las cercanías cuando ocurrió aquello. Oyó sin duda nuestros gritos y acudió corriendo.

Atticus estaba junto a la cama de Jem.

Míster Heck Tate se había quedado en el umbral. Tenía el sombrero en la mano, y en el bolsillo de los pantalones se le notaba el bulto de una pila eléctrica. Llevaba el traje de trabajo.

—Entre, Heck —dijo Atticus—. ¿Ha encontrado algo? No puedo concebir que exista un ser lo bastante degenerado como para cometer una acción semejante, pero confío en que le habrá descubierto.

Míster Tate se puso tieso. Miró vivamente al hombre que había en el rincón, le saludó inclinando la cabeza y luego paseó la mirada por la habitación, fijándola en Jem, en tía Alexandra y, finalmente, en Atticus.

—Siéntese, míster Finch —dijo en tono agradable.

—Sentémonos todos —propuso Atticus—. Coja esa silla, Heck. Yo traeré una de la sala.

Míster Tate se sentó en la silla de la mesa de Jem y esperó a que Atticus regresara y estuviese sentado a su vez. Yo me pregunté por qué no habría traído Atticus una silla para el hombre del rincón, pero mi padre conocía las costumbres de la gente del campo mejor que yo. Algunos de sus clientes labradores solían atar sus caballos de largas orejas debajo de los cinamomos del patio trasero, y Atticus despachaba a menudo sus consultas en las escaleras del porche posterior. Era probable que aquel hombre se sintiera más a gusto tal como estaba.

—Míster Finch —empezó míster Tate—, le diré lo que he hallado. He hallado el vestido de una niña; lo tengo ahí fuera en el coche. ¿Es el tuyo, Scout?

—Sí, señor, si es uno de color de rosa —contesté.

Míster Tate actuaba como si se encontrara en el estrado de los testigos. Le gustaba decir las cosas a su modo, sin ser importunado ni por el fiscal ni por la defensa, y a veces le costaba un buen rato explicar algo.

—He encontrado unos trozos curiosos de una tela de color barro...

—Son de mi disfraz, míster Tate.

El sheriff hizo deslizar las manos por sus muslos, se frotó el brazo izquierdo e inspeccionó la campana de la chimenea de Jem. Luego pareció interesado en el hogar de la lumbre. Sus dedos subieron en busca de su larga nariz.

—¿Qué es ello, Heck? —preguntó Atticus.

Míster Tate se llevó una mano al pescuezo y se lo restregó.

—Bob Ewell yace en el suelo, debajo de aquel árbol, con un cuchillo de cocina hundido en las costillas. Está muerto, míster Finch.