El Diario de Ana Frank

Capítulo 29

Jueves 18 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Turquía va a entrar en la guerra. Gran emoción. Aguardamos las transmisiones conteniendo el aliento.

Viernes 19 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Apenas una hora después, la alegría fue seguida de una decepción. Turquía aún no está en guerra; el discurso del ministro del exterior no era más que un llamamiento a suspender la neutralidad. Un vendedor del centro de la ciudad había gritado: «¡Turquía al lado de los ingleses!». Sus diarios llegaron hasta nosotros con sus falsas noticias y desengaño.

Los billetes de 500 y de 1000 florines van a ser declarados caducos. Quienes se ocupan del mercado negro, etc., van a verse en apuros, pero es mucho más serio para los propietarios que ocultan su dinero y para quienes están escondidos por la fuerza de las circunstancias. Cuando se quiere cambiar un billete de 1000, se está obligado a declarar y probar su proveniencia. Podrán utilizarse para pagar los impuestos, hasta la semana próxima. Dussel ha conseguido un antiguo torno operado a pedal. Bien pronto voy a ser sometida a un examen minucioso.

El «Führer de los germanos» ha hablado a sus soldados heridos. ¡Triste audición! Preguntas y respuestas poco más o menos de esta clase:

— Mi nombre es Heinrich Scheppel. — ¿Dónde fue usted herido?

— En el frente de Stalingrado.

— ¿Qué heridas tiene?

— Ambos pies helados y fractura del brazo izquierdo, Así transcurría esta tremebunda función de títeres. Los heridos parecían estar muy orgullosos de sus heridas, cuantas más, mejor. Uno de ellos parecía muy turbado, apenas podía hablar, por la simple razón de que le era permitido tender al Führer la mano (si es que le queda alguna).

Jueves 25 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Ayer, cuando estábamos agradablemente reunidos papá, mamá, Margot y yo, Peter entró de pronto y murmuró algo al oído de papá. Yo pude vagamente oír: «Un tonel derribado en el almacén», y «alguien que está llamando a la puerta», tras lo cual salieron enseguida. Margot había comprendido lo mismo, pero trataba de calmarme, porque, naturalmente, yo me había puesto pálida.

Ya solas las tres, no había más que aguardar. Apenas dos minutos más tarde subió la señora Van Daan; había estado escuchando la radio en la oficina privada, Pim le había dicho que desconectara el aparato y subiera silenciosamente, pero cuando menos ruido quiere una hacer, más crujen los peldaños. Después de otros cinco minutos, Peter y Pim reaparecieron, muy pálidos, y nos contaron sus desventuras. Se habían puesto a escuchar al pie de la escalera, al principio sin resultado. De pronto — nada de ilusión— oyeron dos golpes violentos, como si golpeasen dos puertas. De un salto, Pim subió hasta nuestra casa; al pasar, Peter avisó a Dussel, que, como siempre, fue el último en unirse a nosotros. Todos nos pusimos en marcha para subir a casa de los Van Daan, no sin antes quitarnos los zapatos. El señor Van Daan estaba en cama con resfrío; nos agrupamos alrededor de su cabecera para imponerle, en voz baja, de nuestras sospechas. Cada vez que el señor Van Daan tosía, su esposa y yo casi nos desmayábamos de miedo; por fin, uno de nosotros tuvo la luminosa idea de darle codeína: los accesos se calmaron inmediatamente.

Tras una espera interminable, supusimos que, como ya no se percibía ningún ruido, los ladrones habían oído nuestros pasos en aquellas oficinas cerradas y habían emprendido la fuga. Pensamos con aprensión en el receptor de radio, a cuyo alrededor las sillas formaban círculo, y que todavía estaba sintonizado con Inglaterra. Si la puerta hubiera sido forzada y si los encargados del cañón antiaéreo denunciaran tal irregularidad a la policía, las consecuencias no podrían ser más serias. El señor Van Daan se levantó, se puso el abrigo y el sombrero, siguió a papá, y ambos bajaron la escalera: Peter, que para mayor seguridad se había armado de un gran martillo, se unió a ellos. Las señoras, Margot y yo quedamos en una espera angustiosa durante cinco minutos, por fin, los hombres reaparecieron para decirnos que todo estaba tranquilo en la casa.

Quedaba entendido que no utilizaríamos el agua de los grifos ni la descarga del W.C. Pero la emoción causó el mismo efecto en cada uno de nosotros. Puedes imaginarte cuál era la atmósfera después que todos hubimos visitado el retrete. Cuando un incidente de tal clase sucede, siempre hay un montón de cosas que se suman a él; y en este caso: 1o, el carillón de la Westerturn dejó de sonar, y por lo tanto yo me veía privada de ese amigo que infaliblemente me infundía confianza; 2o, nos preguntábamos si la puerta de la casa había sido bien cerrada la víspera, porque el señor Vossen había partido antes de la hora esa tarde, e ignorábamos si Elli pensó en pedirle la llave antes de que se fuera.
Sólo alrededor de las once y media de la noche comenzamos a sentirnos un poco más tranquilos. Los ladrones nos habían alarmado a eso de las ocho. A pesar de su rápida fuga, nos hicieron pasar una velada de execrable incertidumbre. Bien pensado, nos pareció extremadamente improbable que un ladrón se arriesgara a forzar una puerta de entrada a una hora en que la gente circula aún por las calles. Además, alguien sugirió que el capataz de nuestros vecinos podía haber trabajado hasta más tarde, que el ruido podía provenir de allí, puesto que las paredes eran delgadas; en tal caso, la emoción general habría jugado una mala pasada a nuestro oído, y nuestra imaginación habría hecho lo demás durante aquellos instantes críticos.

Nos acostamos, por fin, aunque nadie tenía sueño. Papá, mamá y Dussel

pasaron una noche casi en blanco; en cuanto a mí, puedo decir, sin exageración, que apenas si cerré los ojos. Al alba, los hombres bajaron hasta la puerta de entrada, para observar la cerradura: todo estaba en orden, y, por lo tanto, nos tranquilizamos.

Cuando contamos a nuestros protectores la aventura e inquietud de la noche anterior en todos sus detalles, se burlaron de nosotros; pasado el susto, es bien fácil reírse de estas cosas. Solamente Elli nos ha tomado en serio.

Sábado 27 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Hemos terminado el curso de taquigrafía por correspondencia, y vamos a dedicarnos a la velocidad. ¿No te parece que seremos campeones? Debo contarte otras cosas sobre mis asignaturas de pasatiempo (así las llamo porque no tenemos otra cosa que hacer que dejar transcurrir los días lo más rápidamente posible hasta que podamos salir): me entusiasma la mitología, y, sobre todo, los dioses griegos y romanos. «Es una chifladura pasajera», dicen los que me rodean; nunca han oído hablar de una escolar que aprecie a los dioses, a ese punto. ¡Bah, yo seré la primera!

El señor Van Daan sigue resfriado, o, mejor dicho, tiene la garganta un poco irritada. Sus aspavientos resultan cómicos. Hace gárgaras con una infusión de manzanilla y se pincela el paladar con azul de metileno, se desinfecta los dientes, la lengua, hace inhalaciones, y, además, el caballero está de mal humor. Rauter, uno de los nazis importantes, ha pronunciado un discurso: «Todos los judíos deberán abandonar los países germánicos antes del 1o de julio. La provincia de Utrecht será depurada del 1o de abril al 1o de mayo (como si se tratase de vulgares baratas); Enseguida, las provincias de Holanda del Norte y del Sur, del 1o de mayo al 1o de junio». Llevan a esas pobres gentes al matadero como un tropel de animales enfermos y sucios. Pero prefiero no hablar de eso, porque es una pesadilla. Una buena noticia: la Oficina de Colocación alemana ha sido saboteada, le prendieron fuego. Algunos días más tarde, otro tanto con el Registro Civil, donde hombres disfrazados de polizontes alemanes maniataron a los centinelas y destruyeron documentos importantes.

Jueves 10 de abril de 1943

Querida Kitty:

Las cosas no están para bromas. Hoy puedo decir con fundamento: «Una desgracia nunca viene sola». Ante todo, el señor Koophuis, ese protector que nunca deja de alentarnos, tuvo ayer una fuerte hemorragia del estómago y debe guardar cama al menos tres semanas. Luego, Elli está con gripe. Además, el señor Vossen tiene probablemente también una úlcera en el estómago, y será internado en el hospital, la semana próxima, para que lo operen. Por añadidura, importantes conversaciones de negocios iban a entablarse, y ya habían sido fijados los detalles entre papá y Koophuis. Faltó tiempo para poner suficientemente al tanto a Kraler.

Esa reunión de negocios que debía celebrarse en la oficina privada, tenía a papá terriblemente ansioso en cuanto al resultado.

— ¡Si yo pudiera estar presente! ¡Ah, si yo pudiera estar allí! — exclamaba.

— ¿Por qué no pegas el oído al suelo? — le aconsejaron—. Lo oirías todo.

El rostro de papá se iluminó. Ayer a la mañana, a las once y media, Margot y Pim (dos oídos valen más que uno) se tendieron a todo lo largo para tomar el puesto de escucha. La conversación, inacabada por la mañana, se postergó hasta la tarde. Papá estaba acalambrado por aquella postura poco práctica, e incapaz de proseguir la campaña de espionaje, a las dos y media, cuando las voces se hicieron oír, me rogó que lo reemplazara al lado de Margot. Pero las conversaciones se eternizaban y se hacían tan aburridas, que me dormí sobre el linóleo duro y frío. Margot no se atrevió ni siquiera a tocarme, y mucho menos a llamarme, por miedo al menor ruido que delatara nuestra presencia.

Me desperté después de una buena media hora, y comprobé que no recordaba nada de lo que se había dicho.

Afortunadamente, la atención de Margot no flaqueó en ningún momento.

Viernes 2 de abril de 1943

Querida Kitty:

¡Ay!, otro pecado viene a agregarse a mi larga lista. Anoche, cuando ya estaba acostada, aguardando a papá que debía rezar conmigo, antes de darme las buenas noches, mamá entró, se sentó en mi cama y me preguntó muy discretamente:

— Ana, papá no puede venir todavía, ¿quieres que recemos juntas esta vez?

— No, mamá — contesté.

Mamá se levantó, se detuvo un momento junto a mi cama y luego se dirigió lentamente hacia la puerta, de donde se volvió de pronto, y, el rostro demudado por la aflicción, dijo:

— Prefiero no enojarme. Al cariño no se le ordena.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, cuando cerró la puerta. Yo permanecí inmóvil, juzgándome odiosa por haberla rechazado tan brutalmente, aunque sabiendo que no podía responder de otra manera. Soy incapaz de hipocresías, así como de rezar con ella a disgusto. Lo que ella me había pedido era sencillamente imposible.

Sentí lástima de mamá, la compadecí de todo corazón, pues por primera vez en mi vida me daba cuenta de que mi frialdad no le era indiferente. La pesadumbre se leía en su cara cuando dijo que al cariño no se le ordena. La verdad duele. Sin embargo, mamá me ha rechazado — es también la verdad—, me ha abrumado siempre con sus observaciones intempestivas y sin tacto, y se ha mofado de cosas que yo me resisto a tomar en broma. Se sintió afectada en lo más íntimo al comprobar que todo amor entre nosotros ha desaparecido de veras, exactamente como me ocurría a mí al recibir cada día sus duras palabras.

Mamá lloró largo rato y pasó una noche en blanco. Papá no me mira casi, y, cuando sus ojos se cruzan con los míos, puedo leer en ellos: «¿Cómo has podido ser tan mala, cómo te has atrevido a causar esa pena a tu madre?».

Ellos esperan que yo me disculpe, pero es imposible disculparme en un caso semejante, porque he dicho una verdad que, tarde o temprano, mamá se verá obligada a escuchar de todos modos. Ya no necesito aparentar, pues me he vuelto indiferente a las lágrimas de mamá y a las miradas de papá; por primera vez, ambos se percatan de lo que siento constantemente. No puedo sino apiadarme de mamá, que se ve obligada a guardar su compostura ante mí. Por mi parte, he resuelto callarme y mantenerme fría; no retrocederé ante ninguna verdad, sea la que fuere, pues cuanto más tarde en decirla, más doloroso será oírla.