El Diario de Ana Frank

Capítulo 35

Lunes a la noche, 8 de noviembre de 1943

Querida Kitty:

Si tú leyeras mis cartas una detrás de otra, te sentirías sin duda impresionada por la gran variedad de estados de ánimo con que ellas fueron escritas. No me agrada depender de la atmósfera del anexo, más bien me fastidia; pero no soy la única aquí, pues todo el mundo está malhumorado. Cuando leo un libro que me impresiona, necesito hacer un gran esfuerzo de readaptación antes de reunirme nuevamente con los habitantes de nuestra casa. De ser así, ellos me juzgarían una especie de alienada. Notarás que paso en este momento por un período de depresión. No sabría decirte por qué he caído en tal pesimismo, pero creo que es mi cobardía, con la cual ando siempre forcejeando.

Este anochecer, cuando Elli estaba todavía en el anexo, llamaron a la puerta, largo rato y con insistencia. Inmediatamente me puse pálida, tuve cólicos y palpitaciones, todo eso por la angustia únicamente.

De noche, una vez acostada, me veo en una prisión, sin mis padres. Ora voy a la ventura por una carretera, ora me imagino al anexo pasto de las llamas, o ¡que vienen a buscarnos a todos durante la noche!

Miep nos dice a menudo que nos envidia, porque todo es tan tranquilo aquí. Hay quizás en ello algo de verdad, pero Miep olvida nuestras angustias diarias. Ya no concibo siquiera que el mundo pueda volver a ser normal para nosotros. Cuando se me ocurre hablar de la «posguerra» es para mí algo así como un castillo en el aire, una cosa que nunca se realizará. Nuestra casa de antes, las amigas, las bromas en la escuela... pienso en todo eso como si hubiera sido vivido por otra persona que no fuera yo misma. Nos veo, a los ocho del anexo, como si fuéramos un trozo de cielo azul rodeado poco a poco por nubes sombrías, pesadas y amenazantes. El claro, este islote que nos mantiene aún a salvo, se achica constantemente por la presión de las nubes que nos separan todavía del peligro, cada vez más cercano. Las tinieblas y el peligro se estrechan a nuestro alrededor; buscamos un escape y, por la desesperación, chocamos los unos contra los otros. Todos miramos hacia abajo, allá donde los hombres luchan entre sí; o miramos a lo alto, allí donde solo estamos separados por la masa de tinieblas que nos cierra el paso como un muro impenetrable que está a punto de aplastarnos, pero que aún no es bastante poderoso.

Con todas mis fuerzas, suplico e imploro: ¡»Círculo, círculo, ensánchate y ábrete ante nosotros!».

Tuya, ANA

Jueves 11 de noviembre de 1943

Querida Kitty:

He pensado en un buen título para este capítulo: ODA A MI PLUMA FUENTE IN MEMORIAM

Mi pluma fuente ha sido siempre para mí sumamente valiosa; la aprecié mucho, sobre todo por su gruesa pluma, porque yo no puedo escribir bien sino con una pluma gruesa. La vida de mi lapicera ha sido larga y muy interesante; así que te la contaré brevemente.

Cuando tenía nueve años llegó, envuelta en algodón, en un paquetito postal con la mención: «Muestra sin valor». Había recorrido un largo camino: venía de Aquisgrán, donde solía vivir mi abuelita, la amable donante. En tanto que el viento de febrero hacía estragos, yo estaba en cama con gripe. La gloriosa lapicera, en su estuche de cuero rojo, era la admiración de todas mis amigas. ¡Yo, Ana Frank, podía estar orgullosa, porque al fin poseía una pluma fuente!

A la edad de diez años me permitieron llevarla a la escuela, y la maestra estuvo de acuerdo en que la utilizara.

A los once años, mi tesoro se quedó en casa, porque la maestra de sexto era partidaria de las plumas y tinteros.

A los doce años, en el liceo judío, mi pluma fuente volvía a entrar en funciones con tanto más honor y autenticidad cuanto que estaba encerrada en un nuevo estuche con cierre relámpago, que contenía, igualmente, un lápiz de mina.

A los trece años, la lapicera me siguió al anexo, donde desde entonces ha galopado como un pur sang sobre mi Diario y mis cuadernos.
Y acaba su existencia en mi año decimocuarto...

En la tarde del viernes, después de las cinco, salí de mi cuartito para seguir trabajando en la habitación de mis padres. Instalada enseguida a la mesa, fui empujada sin demasiada suavidad por Margot y papá, que iban a dedicarse a su latín. Abandonando mi lapicera sobre la mesa, utilicé el rinconcito que se dignaron dejarme para seleccionar y limpiar porotos, es decir, para eliminar los enmohecidos y limpiar los buenos.
A las seis menos cuarto recogí todas las descartadas en un papel de diario y las eché al fuego. La estufa, que en los últimos días casi no tiraba, escupió una llama enorme: ahora, funcionaba bien, y eso me alegraba. Cuando los «latinistas» terminaron, me dispuse a proseguir mi tarea epistolar, pero mi pluma fuente no aparecía por ningún lado. Busqué yo. Buscó Margot. Mamá,npapá y Dussel buscaron también. Esfuerzo inútil: mi tesoro había desaparecido sin dejar rastros.

— Quizás ha caído en la estufa, con los porotos — sugirió Margot.

—¡Vamos! ¡No puede ser! — repuse yo.

Por la noche, como seguíamos sin dar con mi lapicera, empecé a creer como todo el mundo, que había ardido. La prueba: aquella llama enorme que sólo podía ser provocada por la baquelita. En efecto, la triste suposición se troncó en verdad a la mañana siguiente, cuando papá retiró de las cenizas el sujetador de la lapicera. La punta de oro se había derretido misteriosamente.

— Debe de haberse fundido en una de las piedras refractarias — observó papá.

Me queda un consuelo, por mínimo que sea: mi pluma fuente ha sido incinerada y no enterrada. Confío en que otro tanto me suceda a mí, más tarde.

Miércoles 17 de noviembre de 1943

Querida Kitty:

Hemos tenido varios trastornos. Hay difteria en la casa de Elli, quien por eso no podrá venir a nuestra casa durante seis semanas. Resulta fastidioso, pues solía encargarse de nuestro reaprovisionamiento y, además, ella nos levanta la moral, y extrañamos su ausencia terriblemente. Koophuis sigue en cama, y desde hace tres semanas soporta un régimen severo: leche y avena. Kraler se siente exhausto.

Las lecciones de latín por correspondencia de Margot son corregidas por un profesor que parece muy amable y, por añadidura, ingenioso. Sin duda se siente encantado de tener una alumna tan capaz. Margot le manda sus lecciones firmadas con el nombre de Elli.

Dussel está muy alterado, y no comprendemos el motivo. Cada vez que nos reunimos en casa de los Van Daan, no despega los labios. Todos lo hemos notado y, al cabo de varios días de esta comedia, a mamá le ha parecido oportuno ponerlo en guardia contra el carácter de la señora Van Daan, que podría hacerle la vida imposible, si él persistiera en su silencio. Dussel contestó que el señor Van Daan había sido el primero en no dirigirle más la palabra; y que no le correspondería a él, Dussel, dar el primer paso.

Quizá no lo recuerdes, pero ayer, 16 de noviembre, se cumplió exactamente un año de la entrada de Dussel en el anexo. Con tal motivo, obsequió a mamá con un pequeño tiesto de flores, sin regalar absolutamente nada a la señora Van Daan. Ahora bien, ésta, mucho antes de la fecha memorable, había hecho diversas alusiones directas, dando claramente a entender a Dussel, que esperaba de él un pequeño recuerdo.

En lugar de expresar su gratitud por la acogida desinteresada que le hemos hecho, guardó un silencio absoluto. En la mañana del 16 preguntó si debía felicitarle o presentarle mis condolencias; él me contestó que aceptaba lo uno o lo otro. Mamá quiso actuar como pacificadora, pero sin resultado; y todo sigue igual. ¡El espíritu del hombre es grande pero pequeños sus actos!

Sábado 27 de noviembre de 1943

Querida Kitty:

Anoche, antes de dormirme, tuve de repente una visión: Lies. La vi ante mí, cubierta de harapos, el rostro enflaquecido y hundido. Sus ojos me miraban fijamente, inmensos, muy tristes y llenos de reproche. Podía leer en ellos: «¡Oh, Ana! ¿Por qué me has, abandonado? ¡Ayúdame, ven a auxiliarme, hazme salir de este infierno, sálvame!».

Me es imposible ayudarla. Sólo puedo ser espectadora del sufrimiento y de la muerte de los otros, y rogar a Dios que algún día pueda volver a verla. Vi solamente a Lies, a nadie más, y ahora comprendo. La juzgué mal, yo era demasiado joven. Ella se había encariñado con su nueva amiga, y yo procedí como si quisiera quitársela. ¡Por lo que ha debido pasar! Sé lo que es eso, porque también yo lo he experimentado.
Antes, me sucedía, como un relámpago, que lograba comprender algo de su vida, pero enseguida volvía a caer mezquinamente en mis propios placeres y resabios. Fui mala. Ella acaba de mirarme con ojos suplicantes y rostro pálido. ¡Ah, que desamparada está! ¡Si tan solo pudiera ayudarla! ¡Dios mío! Cuando pienso que yo aquí tengo todo cuanto puedo desear, y que ella es víctima de una suerte terrible. Ella era por lo menos tan piadosa como yo. También quería siempre el bien. ¿Por qué la vida me ha elegido a mí y por qué la muerte la aguarda quizás a ella? ¿Qué diferencia había entre ella y yo? ¿Por qué estamos tan alejadas la una de la otra?

A decir verdad, la había olvidado desde hacía meses. Sí, desde hacía casi un año. Acaso no completamente, pero nunca se me había aparecido así, en toda su miseria. Lies, si vives hasta el final de la guerra y vuelves a nosotros, espero poder reunirme contigo y compensarte un poco por mi omisión.

Pero es ahora cuando ella necesita de mi socorro y no más tarde. ¿Piensa todavía en mí? En caso afirmativo, ¿de qué manera? ¡Dios mío, protégela, para que al menos no esté sola! ¡Oh!, si Tú pudieras decirle que la compadezco y la quiero, tal vez encontraría la fuerza para soportar sus males.

Que así sea. Porque no veo solución. Sus grandes ojos me persiguen aún, no me abandonan. ¿Habrá encontrado Lies la fe en sí misma, o le habrán enseñado a creer en Dios? Ni siquiera lo sé. Nunca me tomé el trabajo de preguntárselo. Lies, Lies, si pudiera sacarte de allí, si al menos pudiese compartir contigo todo lo que yo disfruto. Es demasiado tarde, ya no puedo ayudarla, reparar mis errores. Pero nunca más la olvidaré, y rezaré siempre por su suerte,

Lunes 6 de diciembre de 1943

Querida Kitty:

Al aproximarse la fiesta de San Nicolás, todos pensábamos inconscientemente en la bonita cesta del año pasado; por eso me parecía tanto más penoso dejar pasar la fiesta este año. Por largo tiempo me devané los sesos para dar con algo entretenido que pudiera divertirnos.
Después de haber consultado a Pim, nos dedicamos inmediatamente a componer un pequeño poema para cada miembro del anexo.

El domingo en la noche, a las ocho y cuarto, subimos a casa de los Van Daan, cargados con la cesta de la ropa, decorada por nosotros con siluetas y lazos azules y rosas recortados en papel de seda. La parte superior estaba cubierta con gran papel de envolver, al cual se hallaba pegada una carta. Una sorpresa de tal envergadura causó visiblemente gran impresión. Yo desprendí la cartita y leí en alta voz:

Santa Clara está aquí otra vez, aunque no exactamente como el año pasado; ya no es posible celebrar ese día con aquella fe y profunda alegría. Entonces, sí, éramos optimistas y creíamos firmemente en la victoria. Pensábamos celebrar este año una alegre fiesta en libertad. Pero puesto que de aquel día guardamos recuerdo, y aunque los regalos brillen por su ausencia, cada uno puede mirar y en su zapato encontrar...

Cuando papá hubo levantado el papel que tapaba la cesta, su contenido provocó estallidos de risa interminables. Cada habitante del anexo pudo recobrar allí dentro el zapato que le pertenecía, en cuyo interior habíamos escrito cuidadosamente el nombre y la dirección del propietario.