El Diario de Ana Frank

Capítulo 47

Jueves 6 de abril de 1944

Querida Kitty:

Me has preguntado cuáles son mis intenciones y actividades preferidas, y me apresuro a responderte. No te asustes, porque son bastantes.

En primer lugar: escribir. Pero, en realidad, ésa es para mí una tarea muy seria.

Segundo: los árboles genealógicos. Estoy haciendo indagaciones en todos los documentos, diarios y libros, sobre la genealogía de las dinastías de Francia, Alemania, España, Inglaterra, Austria, Rusia, de los países nórdicos y Holanda. En la mayoría de los casos he obtenido excelentes resultados a fuerza de leer y anotar las biografías y los libros de historia, buena parte de los cuales he copiado.

Desde luego, mi tercera manía es la historia, y por eso papá ya me ha comprado muchos libros. Espero con impaciencia el día en que podré revolver las estanterías de la biblioteca pública. Cuarto: mitología de Grecia y Roma; poseo ya diversos libros sobre el tema.

Otras manías: las fotos de familia y de artistas de cine. Me entusiasman los libros y la lectura. La historia del arte y la de la literatura me interesan, sobre todo cuando se trata de escritores, poetas y pintores. La música también puede interesarme un día. Siento gran antipatía por el álgebra, la geometría y todo cuanto sea matemática.

Me gustan todas las demás asignaturas escolares, pero, sobre todo, la historia.

Martes 11 de abril de 1944

Querida Kitty:

La cabeza me da vueltas. No sé verdaderamente por dónde empezar.

El viernes (Viernes Santo) jugamos un juego de mesa, lo mismo que el sábado en la tarde. Estos días han pasado rápidamente, sin nada que señalar. Invitado por mí, Peter vino a mi cuarto a las cuatro y media; a las cinco y cuarto subimos al desván, donde nos quedamos hasta las seis. De seis a siete y cuarto escuchamos la transmisión de un hermoso concierto de Mozart; me gustó, sobre todo, Una Pequeña Serenata Nocturna. Me es difícil escuchar música en presencia de otros, pues siempre me causa el mismo efecto: me conmueve profundamente. En la noche del domingo, a las ocho, me instalé con Peter en el desván de adelante; para mayor comodidad, llevamos de nuestra casa algunos almohadones del diván para convertir un cajón en asiento. Sobre los almohadones tan estrechos como el cajón, estuvimos ovillados el uno junto al otro, apoyando la cabeza en un montón de otros cajones, y sólo éramos espiados por Mouschi. De pronto, un cuarto para las nueve, el señor Van Daan nos silbó y vino a preguntarnos si no teníamos el almohadón de Dussel. Dimos los dos un salto, y bajamos con el almohadón, el gato y Van Daan.
Este almohadón trajo cola, porque habíamos tomado el que le servía de almohada, y Dussel estaba furioso. Tenía miedo a las pulgas del desván, y por esa causa hizo una escena delante de todo el mundo. Peter y yo, para vengarnos, escondimos dos cepillos duros en su cama, y este pequeño intermedio nos hizo reír bastante.

Pero no reímos mucho tiempo. A las nueve y media, Peter golpeó suavemente a nuestra puerta y preguntó a papá si quería ir a ayudarle; no podía arreglárselas con una frase inglesa difícil. Algo anda mal — le dije a Margot, ¡Este pretexto es demasiado burdo!

Tenía razón: había ladrones en el depósito. En un mínimo de tiempo, papá, Van Daan, Dussel y Peter se encontraron abajo, en tanto que Margot, mamá, la señora y yo nos quedamos aguardando. Cuatro mujeres, unidas por la angustia, hablan sin cesar, y es lo que nosotras hicimos, hasta que oímos un golpe violento. Luego, silencio absoluto. El reloj señalaba un cuarto para las diez. Todas nos habíamos puesto pálidas, aunque guardando la calma a pesar del miedo. ¿Qué había sido de nuestros hombres? ¿Qué significaba aquel golpe? ¿Habían tenido que luchar con los ladrones? A las diez, pasos en la escalera: papá, pálido y nervioso, entró, seguido del señor Van Daan.

— Apaguen todas las luces. Suban sin hacer ruido. Es de temer que venga la policía.

No había tiempo para sentir miedo. Las luces fueron apagadas; yo apenas si alcancé a tomar un batón antes de subir.

— ¿Qué ha ocurrido? ¡Vamos, cuenten!

Ya no había nadie para hacerlo, pues los cuatro habían vuelto a bajar. No reaparecieron hasta diez minutos más tarde, todos a la vez: dos de ellos montaron guardia junto a la ventana abierta en el cuarto de Peter; la puerta del rellano fue cerrada con cerrojo, lo mismo que la del armario giratorio. Se puso un trapo de lana alrededor del pequeño velador, y fuimos un oído solo. Al percibir desde el rellano dos golpes secos, Peter bajó al entresuelo y vio que faltaba una plancha en el panel izquierdo de la puerta del depósito. Giró sobre sus talones para advertir al defensor de la familia, y los hombres bajaron para reconocer el terreno. Llegados al depósito, Van Daan perdió la cabeza, y gritó:

— ¡Policía!

Inmediatamente después, pasos presurosos hacía la salida; los ladrones huían. Con el fin de impedir que la policía viera el agujero hecho en la puerta, nuestros hombres intentaron reponer la tabla en su sitio, pero un puñetazo del otro lado la hizo caer al suelo. Durante algunos segundos los nuestros quedaron perplejos ante tamaño descaro; Van Daan y Peter sintieron nacer en ellos el instinto asesino. El primero dio algunos golpes en el suelo con un hacha.

Silencio de muerte. Nuevos esfuerzos para tapar la tronera. Nueva interrupción: una pareja que paseaba por el muelle se había detenido y enviaba la luz enceguecedora de una linterna de bolsillo al interior del depósito. Una interjección de uno de nuestros hombres, y la pareja huyó entonces como los ladrones. Antes de reunirse con los demás detrás de la puerta disimulada, Peter abrió rápidamente las ventanas de la cocina y del despacho privado y mandó el teléfono al suelo. Enseguida todos desaparecieron tras el estante giratorio.

* FIN DE LA PRIMERA PARTE *

Nosotros suponíamos que la pareja de la linterna iría a advertir a la policía. Era domingo por la noche, primer día de Pascua; al día siguiente, lunes de Pascua. Nadie vendría a la oficina. Por lo tanto, no podríamos movernos antes del martes por la mañana. ¿Te imaginas? ¡Dos noches y un día que teníamos que pasar en semejante angustia! Ninguno de nosotros se hacía ilusiones: la señora Van Daan, la más miedosa, ni siquiera quería que se tuviera encendido el velador, y nos quedamos en la oscuridad cuchicheando y diciendo: «¡chis!, ¡chis!» al menor ruido. Diez y media, once. Ningún ruido. Papá y el señor Van Daan venían a vernos alternativamente. Once y cuarto: oímos movimiento abajo. En casa, sólo nuestra respiración era perceptible, pues todos estábamos como clavados. Se oyeron pasos en los pisos inferiores, en el despacho privado, en la cocina, y luego... en la escalera que lleva a la puerta disimulada.

Nuestra respiración se había cortado. Ocho corazones latían a punto de romperse, al oírse los pasos en la escalera y las sacudidas en la puerta- armario. Este instante es indescriptible.

Ahora estamos perdidos pensé, viéndonos a todos llevados por la Gestapo aquella misma noche.

Tiraron de la puerta- armario dos veces, tres veces. Algo cayó, y los pasos se alejaron. Hasta entonces, estábamos salvados; oí un castañeteo de dientes, no sé dónde; nadie dijo palabra. El silencio reinaba en la casa, pero había luz al otro lado de la puerta disimulada, visible desde nuestro rellano. ¿Les había parecido misterioso aquel armario? ¿Se había olvidado la policía de apagar la luz? Nuestras lenguas se desataron; ya no había nadie en la casa, quizá un guardián ante la puerta...

Recuerdo tres cosas: habíamos agotado todas las suposiciones, habíamos temblado de terror, y todos necesitábamos ir al W.C. Los baldes estaban en el desván, y sólo el cesto de papeles de Peter de latón podía servirnos para ese menester. Van Daan fue el primero en pasar. Le siguió papá. Mamá tenía demasiada vergüenza. Papá llevó el recipiente al dormitorio donde Margot, la señora y yo, bastante contentas, lo utilizamos, y mamá también, al fin de cuentas. Todos pedían papel; afortunadamente, yo tenía algo en el bolsillo. Hedor del recipiente, cuchicheos...

Era medianoche, y estábamos todos fatigados.

— Tiéndanse en el suelo y traten de dormir.

Margot y yo recibimos cada una un almohadón y una manta; ella se puso delante del armario, y yo debajo de la mesa. En el suelo, el hedor era menos terrible; sin embargo, la señora fue discretamente a buscar un poco de cloro y un repasador para tapar el recipiente. Cuchicheos, miedo, hedor, pedos y alguien sobre el recipiente a cada minuto: trata de dormir así. De tan fatigada, caí en una especie de sopor alrededor de las dos y media, y no oí nada hasta una hora después. Me desperté con la cabeza de la señora sobre uno de mis pies.

— Siento frío. ¿No tiene usted, por favor, algo para echarme sobre los hombros? — pregunté.

No preguntes lo que recibí: un pantalón de lana sobre mi pijama, un suéter rojo, una falda negra y calcetines blancos. Enseguida... la señora se instaló en la silla, y el señor se tendió a mis pies. A partir de ese momento, me puse a pensar, temblando incesantemente, de suerte que Van Daan no pudo dormir. La policía iba a volver. Yo estaba preparada para ello. Tendríamos que decir por qué nos ocultábamos. O tropezaríamos con buenos holandeses y estaríamos salvados, o tendríamos que habérnoslas con nazis, cuyo silencio trataríamos de comprar.

— Hay que ocultar la radio — suspiró la señora.

— Tal vez en el horno — repuso el señor.

— ¡Bah! Si nos descubren, encontrarán la radio también.

— En tal caso, encontrarán el diario de Ana — agregó papá.

— Deberías quemarlo — propuso la más miedosa de todos nosotros.

Estas palabras y las sacudidas a la puerta-armario fueron para mí los instantes más terribles de esta velada.

¡Mi diario no! ¡Mi diario no será quemado sino conmigo!

Papá ya no replicó nada... afortunadamente.

Se dieron un montón de cosas. Repetir todo aquello no tendría sentido. Consolé a la señora Van Daan que estaba muerta de miedo. Hablamos de huida, de interrogatorios por la Gestapo, de arriesgarse o no hasta el teléfono, y de valor.

— Ahora debemos portarnos como soldados, señora. Si nos atrapan, sea, nos sacrificaremos por la reina y la patria, por la libertad, la verdad y el derecho, como proclama constantemente la emisión holandesa de ultramar. Pero arrastraremos a otros en nuestra desgracia, eso es lo más atroz.

Después de una hora, el señor Van Daan cedió de nuevo su sitio a la señora, y papá se puso a mi lado. Los hombres fumaban sin cesar, interrumpidos de tiempo en tiempo por un profundo suspiro, luego una pequeña necesidad, y así sucesivamente. Las cuatro, las cinco, las cinco y media... Me levanté para reunirme con Peter en el puesto de vigía, ante su ventana abierta. Así, tan cerca el uno del otro, podíamos notar los temblores que recorrían nuestros cuerpos; de vez en cuando nos decíamos alguna palabra, pero, por sobre todo, escuchábamos. A las siete, ellos quisieron telefonear a Koophuis para que mandase a alguien aquí. Anotaron lo que iban a decirle. El riesgo de hacerse oír por el guardián apostado ante la puerta era grande, pero el peligro de la llegada de la policía era más grande aún.

Se concretaron a esto:

Robo: visita de la policía, que ha penetrado hasta la puerta-armario, pero no más lejos.

Los ladrones, al parecer estorbados, forzaron la puerta del depósito y huyeron por el jardín.

Como la entrada principal estaba con cerrojo, sin duda, Kraler había salido en la víspera por la otra puerta de entrada. Las máquinas de escribir y la de calcular están a salvo en el gran bargueño del despacho privado.

Avisar a Henk que pida la llave a Elli, y se traslade a la oficina, adonde entrará so pretexto de dar de comer al gato.
Todo salió a pedir de boca. Telefonearon a Koophuis y trasladaron las máquinas de escribir desde nuestra casa al bargueño.

Luego se sentaron alrededor de la mesa a esperar a Henk o a la policía.

Peter se había dormido. El señor Van Daan y yo quedamos tendidos en el suelo hasta oír un ruido de pasos firmes.

Me levanté suavemente:

— Es Henk.

— No, no, es la policía — respondieron los demás.

Golpearon a nuestra puerta. Miep silbó. La señora Van Daan ya no podía más, estaba pálida como una muerta, inerte en su silla, y seguramente se habría desmayado si la tensión hubiera durado un minuto más.

Cuando llegaron Miep y Henk, nuestra habitación era una pintura; sólo la mesa merecía una foto. Sobre la revista Cine y Teatro, abierta en una página consagrada a las bailarinas, había mermelada y un medicamento contra la diarrea; además, en revoltijo, dos potes de dulce, un mendrugo grande y otro chico, un espejo, un peine, fósforos, ceniza, cigarrillos, tabaco, un cenicero, libros, un calzón, una linterna de bolsillo, papel higiénico, etcétera.

Naturalmente, Henk y Miep fueron acogidos con lágrimas de alegría. Henk, después de haber arreglado la tronera en la puerta, se puso en camino para avisar a la policía del robo. Después de eso, era su intención hablar con el guardián de noche Slagter, que había dejado cuatro palabras para Miep, diciendo que había visto la puerta estropeada y que había avisado a la policía. Disponíamos, pues, de una media hora para refrescarnos. Jamás he visto producirse un cambio tan grande en tan poco tiempo. Después de haber rehecho las camas, Margot y yo hicimos cada cual una visita al W.C.; luego nos cepillamos los dientes, nos lavamos y nos peinamos. Enseguida puse en orden el dormitorio, y muy pronto subí hasta el alojamiento de los Van Daan. La mesa estaba ya bien limpia; prepararon el té y el café, hicieron hervir la leche — iba a ser enseguida la hora del desayuno— y nos pusimos a la mesa. Papá y Peter estaban ocupados en vaciar el papelero de latón y en limpiarlo con agua y cloro.

A las once, ya de vuelta Henk, estábamos todos sentados alrededor de la mesa, agradablemente, y, poco a poco, empezábamos a volver a la normalidad. Henk contó: Slagter dormía aún, pero su mujer repitió el relato de su marido: al hacer su ronda por los muelles, había descubierto el agujero de la puerta; buscó — por tanto— a un agente, y juntos recorrieron el inmueble; vendría a ver a Kraler el martes para contarle lo demás. En la comisaría aún no estaban al tanto del robo; tomaron nota para venir el martes. Al pasar, Henk, se había detenido en casa de nuestro proveedor de patatas, que vive muy cerca de aquí, y le había hablado del robo.

Ya lo sé — dijo éste lacónicamente—. Al regresar anoche con mi mujer, vi un agujero en la puerta. Mi mujer iba a proseguir sin prestar atención, pero yo saqué mi linterna de bolsillo y miré adentro. Los ladrones iban a escapar en ese momento. Para mayor seguridad, preferí no telefonear a la policía. Pensé que era mejor para ustedes. Yo no sé nada, y no me mezclo en nada, pero sospecho algo.

Henk le agradeció y partió. Este hombre sin duda sospecha de los clientes a quienes son entregadas sus patatas, porque él las trae siempre a la hora del almuerzo. ¡Un tipo decente! Henk se fue alrededor de la una; para entonces ya habíamos terminado de lavar los platos. Todo el mundo se fue a dormir: Me desperté un cuarto para las tres, y noté que Dussel había desaparecido. Aún adormilada, encontré por casualidad a Peter en el baño, y nos citamos en la oficina. Me arreglé un poco antes de ir:

— ¿Quieres arriesgarte hasta el desván de adelante? — me preguntó él.

Accedí, tomé mi almohadón al pasar, y en marcha. El tiempo era espléndido, bien pronto las sirenas comenzaron a rugir; nosotros no nos habíamos movido. Peter puso su brazo alrededor de mis hombros, yo hice otro tanto, y nos quedamos así el uno en los brazos del otro, muy tranquilos, hasta que Margot nos llamó para el café de las cuatro.
Comimos nuestro pan, bebimos la limonada y gastamos bromas, como si nada hubiera ocurrido, y todo volvió a quedar en orden. Por la noche, felicité a Peter por haber sido el más valeroso de todos.

Ninguno de nosotros había visto el peligro tan de cerca como la noche anterior. Dios debe de habernos protegido particularmente. Reflexiona un momento: la policía ante la puerta-armario, bajo la luz eléctrica, y nuestra presencia pasó inadvertida. En caso de invasión y de bombardeo, todos y cada uno hallarán la manera de defenderse, pero nosotros, aquí, estamos paralizados de angustia, no sólo por nosotros mismos, sino también por nuestros inocentes protectores. «Nos hemos salvado. ¡Salvados de nuevo!». Es todo cuanto podemos decir. Esta aventura ha traído bastantes cambios. El señor Dussel, de ahora en adelante, ya no trabajará en la oficina de Kraler, sino en el baño. Peter hará una ronda a las ocho y media, y otra a las nueve y media de la noche. No más ventana abierta en su cuarto durante la noche. Se prohíbe apretar la des— carga del W.C. a partir de las nueve y media. Esta tarde vendrá un carpintero para reforzar las puertas del depósito.

Nunca terminan las discusiones en el anexo. Kraler nos ha reprochado nuestra imprudencia. Asimismo, Henk opinaba que, en casos semejantes, ninguno de nosotros debía aparecer en los pisos inferiores. Nos han refrescado la memoria sobre nuestra condición de «clandestinos», nuestra categoría de judíos, enclaustrados entre cuatro paredes, sin ningún derecho y con mil obligaciones. Nosotros, judíos, no tenemos el derecho de hacer valer nuestro sentimiento; sólo nos resta ser fuertes y valerosos, aceptar todos los inconvenientes sin pestañear, conformarnos con lo que podemos tener, confiando en Dios. Un día terminará esta terrible guerra, un día seremos personas como los demás y no solamente judíos.

¿Quién nos ha marcado así? ¿Quién ha resuelto la exclusión del pueblo judío de todos los otros pueblos? ¿Quién nos ha hecho sufrir tanto hasta aquí? Es Dios quien nos ha hecho así, pero también será Dios quien nos elevará. Sí. A pesar de esta carga que soportamos, muchos de nosotros siguen sobreviviendo; hay que creer que, como proscritos, los judíos se transformarán un día en ejemplo. ¡Quién sabe! Acaso llegue el día en que nuestra religión enseñe el bien al mundo, es decir, a todos los pueblos... y que en eso radique la única razón de nuestro sufrimiento. Jamás llegaremos a ser los representantes de un país, sea el que fuere, nunca seremos holandeses o ingleses, simplemente; siempre seremos judíos, por añadidura. Pero deseamos seguir siéndolo. ¡Valor! tengamos conciencia de nuestra misión sin quejarnos, y estemos seguros de nuestra salvación. Dios no ha dejado nunca caer a nuestro pueblo. En el correr de los siglos, nos vimos obligados a sufrir, y, en el correr de los siglos, también nos hemos fortalecido. Los débiles caen, pero los fuertes sobrevivirán y no caerán jamás.

La otra noche intuía íntimamente que iba a morir. Aguardaba a la policía. Estaba preparada. Presta, como el soldado en el campo de batalla. lba, de buen grado, a sacrificarme por la patria. Ahora que me he salvado, me percato de cuál es mi primer deseo para la posguerra: ser holandesa.

Amo a los holandeses. Amo a nuestro país. Amo su idioma.

Y querría trabajar aquí. Dispuesta a escribir yo misma a la reina, no cejaré antes de haber logrado ese objeto. Me siento de más en más apartada de mis padres, progresivamente independiente. Por joven que sea, enfrento la vida con mayor valor, soy más justa, más íntegra que mamá. Sé lo que quiero, tengo un norte en la vida, una opinión, mi religión y mi amor. Soy consciente de ser mujer, una mujer con una fuerza moral y mucho valor.

Si Dios me deja vivir, iré mucho más lejos que mamá. No me mantendré en la insignificancia, tendré un lugar en el mundo y trabajaré para mis semejantes.

Comprendo en este momento que por sobre todas las cosas necesitaré valor y alegría.