El Diario de Ana Frank

Capítulo 55

Sábado 15 de julio de 1944

Querida Kitty:

Hemos leído un libro de la biblioteca con el título provocativo. ¿Qué piensa usted de la muchacha moderna? Me gustaría hablarte del tema.

La autora (porque es una mujer) critica a fondo a la «juventud de hoy», aunque sin desaprobarla por completo, pues no dice, por ejemplo, que no sirve para nada. Al contrario, es más bien de la opinión de que, si la juventud quisiera, podría ayudar a construir un mundo mejor y más bello, puesto que dispone de los medios; sin embargo, prefiere ocuparse de cosas superficiales, sin mirar lo que es esencialmente hermoso.

Ciertos párrafos me dan la fuerte impresión de que soy atacada personalmente por la autora, y por eso quiero defenderme, abriéndome a ti.

El rasgo más acusado de mi carácter — así lo admitirán quienes mejor me conocen— es el conocimiento de mí misma. Puedo mirar todos mis actos como los de una extraña. Me encuentro, delante de esta Ana de todos los días, sin ánimo preconcebido y sin querer disculparla de ninguna manera, con el fin de observar si lo que ella hace está bien o mal. Esta «conciencia de mí misma» no me abandona nunca; no puedo pronunciar nada sin que acuda a mi espíritu: «Hubiera debido decir esto otro» o: «Eso es, está bien». Me acuso de cosas innumerables, y, de más en más, estoy convencida de la verdad de esta frase de papá: «Todo niño debe educarse a sí mismo». Los padres sólo pueden aconsejarnos e indicarnos el camino a seguir, pero la formación esencial de nuestro carácter se halla en nuestras propias manos. Añade a eso que enfrento con extraordinario valor mi vida, me siento siempre muy fuerte, muy dispuesta a enfrentar lo que sea, ¡y me siento muy libre y muy joven! Cuando me percaté de esto por primera vez, me sentí gozosa, porque me parece que no me doblegaré fácilmente bajo los golpes de los que, nadie, desde luego, escapa.

Pero de esas cosas ya te he hablado varias veces. Preferiría detenerme en el capítulo «Papá y mamá no me comprenden». Mis padres me han mimado siempre, me han tratado con mucha amabilidad, siempre han tomado mi defensa y han hecho cuanto estaba en sus manos por ser buenos. Sin embargo, me he sentido terriblemente sola durante mucho tiempo; sola, excluida, abandonada e incomprendida. Papá ha hecho todo lo posible por atemperar mi rebeldía., pero ello no ha servido de nada; me he curado yo misma, reconociendo mis errores y sacando de ellos una enseñanza.

¿Cómo es posible que, en mi lucha, papá nunca haya logrado ser para mí un apoyo y que, aún tendiéndome una mano de auxilio, no haya acertado?

Papá no ha recapacitado bien: siempre me ha tratado como a una niña que pasa por la edad ingrata. Eso parece extraño, porque él es el único que siempre me ha acordado su confianza, y el único también que me ha hecho sentir que soy razonable. Lo que no impide que haya descuidado una cosa: mis luchas por remontar la corriente — eran infinitamente más importantes para mí que todo el resto—, y en eso no pensó. Yo no quería oír hablar de «edad ingrata», de «otras muchachas» y de que «eso pasará»; no quería ser tratada como una- muchacha-igual-que-las-otras, sino única y exclusivamente como Ana-tal- cual- es. Pim no comprende eso. Por otra parte, yo sería incapaz de confiarme a alguien que no me lo dijese todo de sí mismo, y como sé demasiado poco de Pim, me es imposible aventurarme completamente sola en el camino de la intimidad.

Pim se sitúa siempre en el punto de vista del padre, persona de más edad, conocedor de esta clase de inclinaciones porque ya pasó por ellas y juzgándolas, en consecuencia, triviales; de suerte que es incapaz de compartir mi amistad, aun cuando la busque con todas sus fuerzas.

Todo eso me ha llevado a la conclusión de no hacer partícipe a nadie, si no es a mi diario, y rara vez a Margot, de mi concepto de la vida y de mis teorías tan meditadas. Todo cuanto me conmovía, se lo he ocultado a papá; nunca compartí con él mis ideales, y me aparté voluntariamente de él.

No he podido obrar de otro modo; me he dejado guiar enteramente por mis sentimientos, y he obrado de acuerdo con mi conciencia para encontrar el reposo. Porque he construido mi tranquilidad y mi equilibrio sobre una base inestable, y los perdería por completo si tuviese que soportar críticas sobre esta obra aún inacabada. Por duro que eso pueda parecer, ni a Pim le permitiría inmiscuirse, pues no solamente no le he dejado tomar parte alguna en mi vida interior, sino que a menudo lo enfado con mi irritabilidad, alejándolo de mí todavía más.

Eso me hace meditar mucho: ¿cómo es que Pim me fastidia a ese extremo? No aprendo casi nada estudiando con él, y sus caricias me parecen afectadas; querría estar tranquila y querría sobre todo que me dejase un poco en paz..., hasta el día en que vea ante él a una Ana mayor, más segura de sí misma. ¿Es ésa la razón? Porque el recuerdo de su reproche sobre mi terrible carta me sigue doliendo. Es que resulta muy difícil ser verdaderamente fuerte y valeroso desde todos los puntos de vista.

Sin embargo, no es ésa mi mayor decepción. No. Peter me preocupa mucho más que papá. Me hago bien cargo de que soy yo quien le ha conquistado, y no viceversa: lo idealicé, viéndole apartado, sensible y amable, como un muchacho que necesitaba cariño y amistad. Había llegado al punto en que me era necesario alguien a quien confiar mis sentimientos, un amigo que me señalase el camino que debía seguir, y, atrayéndole lenta pero seguramente hacia mí, lo conquisté, aunque con dificultad. Por fin, después de haber obtenido su amistad, hemos llegado a una intimidad que, bien pensada, ahora me parece inadmisible.

Hemos hablado de las cosas más secretas, pero, hasta aquí, hemos callado en cuanto a lo que colmaba y sigue colmando mi corazón. Continúo sin forjarme una idea exacta de Peter. ¿Es superficial? ¿O lo frena su timidez, incluso conmigo? Pero, abstracción hecha de eso, he cometido un grave error: alejé todas las otras posibilidades de asegurar nuestra amistad al aproximarme a él mediante esas relaciones íntimas. El no desea más que amar, y yo le gusto cada día más; de eso me he dado bien cuenta. En cuanto a él, nuestros encuentros le bastan; mientras que a mí me producen el efecto de un nuevo esfuerzo que obliga a volver a empezar cada vez, sin, a pesar de todo, poder decidirme a abordar los temas que tanto me agradaría poner en claro. He atraído a Peter a la fuerza, mucho más de lo que él pueda sospechar. Ahora bien, él se aferra a mí, y yo aún no he hallado la forma de que él pise con sus propios pies. Después de haberme percatado — bastante rápidamente, desde luego— de que no podía ser el amigo copartícipe de mis pensamientos, no he cesado de aspirar a elevarlo por sobre su horizonte limitado y a magnificarlo en su juventud. «Porque, en el fondo, la juventud es más solidaria que la vejez». Esta frase, leída en ya no recuerdo qué libro, se me ha quedado grabada, porque la encuentro justa.

¿Es posible que nuestra permanencia aquí resulte más difícil a los mayores que a los jóvenes? No. Indudablemente, eso no es verdad. Las personas adultas ya se han formado una opinión sobre todo, y no suelen vacilar ante sus actos en la vida. Nosotros los jóvenes tenemos que hacer doble esfuerzo para mantener nuestras opiniones, en esta época en que todo idealismo ha sido aplastado y destruido, en que los hombres revelan su lado peor, en que la verdad, el derecho y Dios son puestos en duda.

Quien pretende que los mayores del anexo afrontan una vida mucho más difícil, no comprende sin duda hasta qué punto nosotros somos asaltados por nuestros problemas... problemas para los cuales acaso somos demasiado jóvenes, pero que no dejan de imponérsenos; hasta que tras largo tiempo, creemos haber hallado la solución, generalmente una solución que no parece resistir a los hechos, pues éstos terminan por destruirla. He ahí la dureza de esta época. Tan pronto como los idealismos, los sueños, las bellas esperanzas han tenido tiempo de germinar en nosotros, son súbitamente atacados y del todo devastados por el espanto de la realidad.

Asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas, puesto que parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, me aferro a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad innata del hombre. Me es absolutamente imposible construirlo todo sobre una base de muerte, miseria y confusión. Veo el mundo progresivamente transformado en desierto; oigo, cada vez más fuerte, el fragor del trueno que se acerca, y que anuncia tal vez nuestra muerte; me compadezco del dolor de millones de personas; y, sin embargo, cuando miro el cielo, pienso que todo eso cambiará y que todo volverá a ser bueno, que hasta estos días despiadados tendrán fin, y que el mundo conocerá de nuevo el orden, el reposo y la paz.

Mientras lo espero, pongo mis pensamientos al abrigo y velo por ellos, para el caso de que, en los tiempos venideros, puedan todavía realizarse.

Viernes 21 de julio de 1944

Querida Kitty:

Hay cada vez más razones para confiar. Esto marcha. ¡Sí, verdaderamente, marcha muy bien! ¡Noticias increíbles! Tentativa de asesinato contra Hitler, no por judíos comunistas o por capitalistas ingleses, sino por un general de la nobleza germánica, un conde, y joven, por añadidura. La «Divina Providencia» ha salvado la vida del Führer, que sólo ha tenido que sufrir, y es una lástima, algunos rasguños y quemaduras. Varios oficiales y generales de su séquito han muerto o quedado heridos. El culpable principal ha sido ejecutado.

Una buena prueba, ¿eh?, de que muchos oficiales y generales están cansados de la guerra y verían con alegría y voluptuosidad a Hitler descender a los abismos más profundos. Tras la muerte de Hitler, los alemanes aspirarían a establecer una dictadura militar, un medio, según ellos, de concluir la paz con los aliados, y que les permitiría rearmarse y recomenzar la guerra veinte años después. Quizá la Providencia haya ex profeso retardado un poco la muerte de Hitler, pues será mucho más fácil para los aliados, y más ventajoso también, si los germanos puros, y sin tacha se encargan ellos mismos de matarse entre sí; menos trabajo para los rusos y los ingleses, que podrán proceder con mayor rapidez a la reconstrucción de sus propias ciudades.

Pero aún no hemos llegado a eso. ¡Cuidado con anticiparse! Sin embargo, lo que arriesgo, ¿no es una realidad tangible? Por excepción, no estoy en vena de divagar a propósito de idealismos imposibles. Hitler tuvo nuevamente la amabilidad de hablar a su pueblo fiel y abnegado, diciéndole que a partir de hoy todos los militares deberán obedecer a la Gestapo; además todo soldado que sepa que uno de sus superiores tuvo algo que ver con este atentado degradante y cobarde, tiene el derecho de meterle una bala en el cuerpo sin otra forma de proceso.

Va a resultar muy lindo. A Hans le duelen los pies tras una marcha demasiado larga, y su oficial lo reprende. Hans agarra su fusil y grita: «¡Eres tú quien ha querido asesinar al Führer! ¡Cochino! ¡Toma tu recompensa!». ¡Pum! Y el orgulloso jefe que tuvo la audacia de reconvenir al pequeño Hans ha desaparecido para siempre en la vida eterna (o en la muerte eterna). ¿De qué manera quieres que esto termine? Los señores oficiales van a cagarse en sus calzoncillos de miedo cada vez que encuentren a un soldado o tomen un comando, y que sus presuntos inferiores tengan la audacia de gritar más fuerte que ellos. ¿Me entiendes, o es que yo he perdido el seso? No puedo remediarlo. Me siento demasiado alegre para ser lógica, demasiado contenta con la expectativa de poder sentarme de nuevo, en octubre, en los bancos de la escuela. ¡Oh, oh! ¿No he dicho hace un instante que no hay que anticiparse nunca? ¡Perdón, perdón! No por nada me llaman «un amasijo de contradicciones».

Martes 10 de agosto de 1944

Querida Kitty:

«Un amasijo de contradicciones» son las últimas palabras de mi carta precedente y las primeras de ésta. «Amasijo de contradicciones». ¿Puedes explicarme lo que es exactamente? ¿Qué significa contradicción? Como tantas otras palabras tiene dos sentidos: contradicción exterior y contradicción interior. El primero es fácil de explicar: no plegarse a las opiniones ajenas, saber, mejor que el otro, decir la última palabra, en fin, todas las características desagradables por las cuales se me conoce muy bien. Pero en lo que concierne al segundo, casi nadie me conoce, y ése es mi secreto.

Ya te he dicho que mi alma está, por así decir, dividida en dos. La primera parte alberga mi hilaridad, mis burlas, con cualquier motivo, mi alegría de vivir y, sobre todo, mi tendencia a tomarlo todo a la ligera. Por eso no me fastidian los flirteos, un beso, un abrazo o un chiste inconveniente. Esta primera parte está siempre en acecho, rechazando a la otra, que es más hermosa, más pura y más profunda. La parte hermosa de la pequeña Ana nadie la conoce, ¿verdad? Por eso son tan pocos los que me quieren de veras.

Desde luego, puedo ser un payaso divertido durante una tarde, tras lo cual todo el mundo me ha visto lo suficiente para un mes por lo menos. Por ejemplo, una película de amor representa exactamente lo mismo para las personas profundas, una simple distracción de una velada, que se olvida bien pronto. No está mal. Cuando se trata de mí, sobre el «no está mal». Es aún algo peor. Me fastidia decírtelo. Pero ¿por qué no he de hacerlo, si sé que es la verdad? Esta parte que toma la vida a la ligera, la parte superficial, sobrepasará siempre a la parte profunda y, por consiguiente, será siempre vencedora. Puedes imaginar cuántas veces he tratado de rechazarla, de asestarle golpes, de ocultarla. Y eso que, en realidad, no es más que la mitad de todo lo que se llama Ana. Pero no ha servido de nada, y yo sé por qué.

Tiemblo de miedo de que todos cuantos me conocen tal como me muestro siempre descubran que tengo otra parte, la más bella y la mejor. Temo que se burlen de mí, que me encuentren ridícula y sentimental, que no me tomen en serio. Estoy habituada a que no me tomen en serio, pero es «Ana la superficial» la que se ha habituado y quien puede soportarlo; la otra, la que es «grave y tierna», no lo resistiría. Cuando, de veras, he llegado a mantener a la fuerza en el proscenio a «Ana la buena» durante un cuarto de hora, ella se achica en cuanto hay que elevar la voz y, dejando la palabra a Ana número uno, desaparece antes de que yo me dé cuenta.

«Ana la tierna» nunca ha aparecido, pues, ante el público, ni una sola vez; pero, en la soledad, su voz domina casi siempre. Sé con exactitud cómo me gustaría ser, puesto que lo soy... interiormente; pero ¡ay!, soy la única que lo sabe. Y ésta es quizá, no, es, seguramente, la razón por la cual yo llamo dichosa a mi naturaleza interior, mientras que los demás juzgan precisamente dichosa mi naturaleza exterior. Dentro de mí, «Ana la pura» me señala el camino; exteriormente, sólo soy una cabrita desprendida de su cuerda, alocada y petulante.

Como ya te he dicho, veo y siento las cosas de manera totalmente distinta a como las expreso ante los demás; por eso me denominan, alternativamente, volandera, coqueta, pedante y romántica. «Ana la alegre» se ríe de eso, responde con insolencia, se encoge indiferente de hombros, pretende que no le importa; ¡pero ay!, «Ana la dulce» reacciona de la manera contraria. Para ser completamente franca, te confesaré que eso no me deja indiferente, que hago infinitos esfuerzos por cambiar, pero que me debato siempre contra fuerzas que me son superiores.

Una voz solloza dentro de mí: «Ya ves, ya ves adonde has llegado: malas opiniones, rostros burlones o consternados, antipatías, y todo eso porque no escuchas los buenos consejos de tu propia parte buena» ¡Ah, cuánto me gustaría escucharla! Pero eso no sirve de nada. Cuando me muestro grave y tranquila, doy la impresión a todo el mundo de que interpreto una comedia, y enseguida recurro a una pequeña broma con el fin de zafarme; para no hablar de mi propia familia, que, persuadida de que estoy enferma, me hace engullir tabletas contra las jaquecas y los nervios, me mira la garganta, me tantea la cabeza para ver si tengo fiebre, me pregunta si estoy constipada y termina por criticar mi mal humor. Ya no puedo soportarlo: cuando se ocupan demasiado de mí, primero me vuelvo áspera, luego triste, revertiendo mi corazón una vez más con el fin de mostrar la parte mala y ocultar la parte buena, y sigo buscando la manera de llegar a ser la que tanto querría ser, lo que yo sería capaz de ser, si... no hubiera otras personas en el mundo.

Tuya, ANA

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