Matar un Ruiseñor

Capítulo 7

Jem estuvo huraño y silencioso toda una semana. Como Atticus me había aconsejado en cierta ocasión, probé a meterme en su pellejo y hacer como si fuera él; si hubiese ido sola a la Mansión Radley a las dos de la madrugada, la tarde siguiente se habría efectuado mi entierro. En consecuencia, dejé en paz a Jem y procuré no fastidiarle.

Empezaron las clases. El segundo grado fue tan malo como el primero, y aún peor; seguían pasándole cartulinas por delante de las narices a una y no la dejaban ni leer ni escribir. Los progresos de miss Caroline, en la puerta de al lado, podían calcularse por la frecuencia de las carcajadas; no obstante, la pandilla de costumbre había fallado las pruebas otra vez, repetía el grado y le servía para mantener el orden. Lo único que tenía de bueno el segundo grado era que yo salía tan tarde como Jem, y habitualmente, a las tres, nos íbamos a casa juntos.

Una tarde, mientras cruzábamos el patio de la escuela en dirección a nuestra casa, Jem dijo de pronto:

—Hay una cosa que no te había explicado.

Como esta era la primera frase que pronunciaba en varios días, le alenté:

—¿Sobre qué?

—Sobre aquella noche.

—Nunca me has contada nada de aquella noche —dije.

Jem despreció mis palabras con un ademán, como si espantara mosquitos. Guardó silencio un rato, y luego, dijo:

—Cuando volví a buscar los pantalones... Bueno, al quitármelos quedaron hechos un lío, de tal modo que no podían desenredarse... Cuando volví allá... —Jem inspiró profundamente—. Cuando volví allá estaban doblados sobre la valla..., como si me esperasen.

—¿Sobre la valla...?

—Y otra cosa... —Jem había bajado la voz—. Te lo enseñaré cuando lleguemos a casa. Los habían cosido. No como si lo hubiera hecho una mujer, sino como si hubiera probado de coserlos yo. Todo en serpentina. Es casi como si...

—... alguien supiera que tú volverías a por ellos —acabé yo.

Jem se estremeció.

—Como si alguien hubiese leído mi pensamiento..., como si alguien hubiese podido adivinar lo que haría. Nadie puede intuir lo que voy a hacer, a menos que me conozcan, ¿verdad que no, Scout?
La pregunta de Jem era una súplica. Yo le tranquilicé.

—Nadie puede adivinar lo que vas a hacer a menos que viva en la casa contigo, y aún así, a veces yo no soy capaz de adivinarlo.

Estábamos pasando por la vera de nuestro árbol. En su cavidad había un ovillo de bramante gris. —No lo cojas, Jem —pedí—. Esto sirve de escondrijo a alguna persona.

—No lo creo, Scout.

—¡Sí! Alguno por el estilo de Walter Cunningham baja aquí todos los recreos y esconde cosas, y llegamos nosotros y se las quitamos. Oye, dejemos eso ahí y esperemos un par de días. Si entonces todavía está, nos lo llevaremos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo; quizá tengas razón —dijo Jem—. Puede ser el escondrijo de algún chiquillo... Esconde las cosas de los que son mayores que él. Ya sabes, sólo encontramos cosas cuando funciona la escuela.

—Sí —respondí—, pero es que en verano nunca pasamos por aquí.

Nos fuimos a casa. La mañana siguiente el bramante continuaba donde yo lo había dejado. El tercer día, como todavía seguía allí, Jem se lo metió en el bolsillo. En adelante consideramos que todo lo que encontrábamos en el agujero nos pertenecía.

El segundo grado era fatídico pero Jem me aseguró que cuanto mayor me hiciese mejor sería la escuela, que él había empezado del mismo modo, y que hasta que uno no llegaba al sexto grado no aprendía nada de valor. El sexto grado pareció gustarle desde el principio; pasó por un breve Período Egipcio que me desconcertó: continuamente trataba de andar a paso lento, levantando un brazo adelante y otro atrás, y asentando un pie detrás del otro. Declaraba que los egipcios andaban de este modo; yo le dije que si era así no veía cómo podían hacer nada, pero Jem replicó que habían hecho más que los americanos en toda su historia, que inventaron el papel higiénico y el embalsamamiento perpetuo, y me preguntó dónde estaríamos hoy en día si no los hubiesen inventado. Atticus me dijo que borrase los adjetivos y me atuviese a los hechos.

En Alabama del Sur no hay estaciones bien definidas; el verano flota a la deriva dentro del otoño, y al otoño a veces no le sigue el invierno, sino que se convierte en una vaga primavera que se funde otra vez en verano. Aquel otoño fue largo, a penas bastante fresco para ponerse una chaqueta ligera. Jem y yo recorríamos nuestra órbita una templada tarde de octubre cuando nuestro agujero nos detuvo de nuevo. Esta vez había dentro una cosa blanca.

Jem permitió que yo hiciera los honores: saqué dos pequeñas imágenes esculpidas en jabón. Una era la figura de un muchacho, la otra llevaba un vestido tosco.

Sin tiempo para acordarme de que no existe el mal de ojo, solté un chillido y las arrojé al suelo. Jem las recogió rápidamente.

—¿Qué te pasa? —gritó. Y limpió las figuras, librándolas del rojo polvo—. Son buenas —dijo. Y bajó la mano para que yo no las viese. Eran unas miniaturas casi perfectas de dos chiquillo. El muchacho llevaba pantalón corto; unos mechones de cabello le llegaban hasta las cejas. Yo miré a Jem. Una punta de pelo castaño y estirado le caía hacia adelante. Hasta entonces no me había fijado nunca.

Jem miró la figurita de niña, luego a mí. La muñequita llevaba cerquillos. Yo también. —Estos somos nosotros —dijo.

—¿Quién los hizo? ¿Te lo figuras?

—¿A quién conocemos por aquí que talle? —preguntó él.

—A míster Avery.

—A míster Avery le gustan y nada más. Quiero decir las tallas. Míster Avery salía a un promedio de un palo de leña de estufa por semana; lo adelgazaba hasta convertirlo en un palillo y luego lo mascaba.

—Está el viejo enamorado de miss Stephanie Crawford —indiqué.

—Esculpe, es cierto, pero vive en el campo. ¿Cuándo se habría fijado para nada en nosotros? —Quizá se sienta en el porche y nos mira a nosotros en vez de fijarse en miss Stephanie. Si yo estuviera en su lugar, lo haría.

Jem me miró tan largo rato que yo le pregunté qué le pasaba, pero no conseguí otra cosa que un «Nada, Scout», como respuesta. Cuando nos fuimos a casa, Jem puso los muñecos en su baúl. Menos de dos semanas después encontramos un paquete entero de goma de mascar, que saboreamos a placer, pues el hecho de que todo lo de la Mansión Radley era veneno se había deslizado fuera de la memoria de Jem.

La semana siguiente el agujero contenía una medalla deslucida. Jem se la enseño a Atticus, quien dijo que era una «medalla de deletreo». Antes de que nosotros naciésemos, el condado de Maycomb celebraba competiciones de ortografía y concedía medallas a los vencedores. Atticus afirmó que la habría perdido alguno y que si habíamos preguntado por ahí. Jem me dio una coz de camello cuando quise decir dónde la encontramos. Jem preguntó entonces si Atticus recordaba a alguno que hubiese ganado una, pero éste dijo que no.

Nuestro premio mayor apareció cuatro días más tarde. Era un reloj de bolsillo, que no funcionaba, sujeto a una cadena con un cuchillo de aluminio.

—¿Te parece que es oro blanco, Jem?

—No lo sé. Lo enseñaré a Atticus.

Atticus dijo que si hubieran sido nuevos, reloj, cuchillo y cadena, habrían valido probablemente unos diez dólares.

—¿Has hecho un trueque con alguno de la escuela? —preguntó.

—¡Oh, no, señor! —Jem sacó el reloj de su abuelo, que Atticus le dejaba llevar una vez por semana a condición de que tuviera cuidado. Los días que llevaba el reloj, Jem andaba como pisando huevos—. Atticus, si no tienes inconveniente, prefiero llevar éste. Quizá pueda repararlo.

Cuando el reloj nuevo desplazó al del abuelo, y el llevarlo se convirtió en una penosa tarea cotidiana, Jem ya no sintió más la necesidad de consultar la hora cada cinco minutos.

Hizo con la reparación un buen trabajo: sólo le sobraron un muelle y un par de piezas pequeñas, pero el reloj no quiso marchar.

—Aaah —suspiró—, no funcionará nunca. ¡Scout!

—¿Qué?

—¿Te parece que deberíamos escribir una carta a quien sea que nos deja estas cosas? —Eso estaría muy bien, Jem; podemos darles las gracias... ¿Qué mal hay en ello? Jem se cogía las orejas meneando la cabeza de un lado a otro.

—No lo entiendo, de veras que no lo entiendo; no sé por qué, Scout...

—Y mirando en dirección a la sala, añadió—: Se me ocurre la idea de explicárselo a Atticus..., pero no, creo que no.

—Yo se lo diré por ti.

—No, Scout, no lo hagas. ¡Scout!

—¿Quéee?

Toda la tarde había estado a punto de decirme una cosa; su cara se animaba y se volvía hacia mí, luego cambiaba de idea. Y cambió de nuevo. —Oh, nada.

—Vamos, escribamos la carta. —Y le puse un papel y un lápiz debajo de la nariz.

—De acuerdo. Querido señor...

—¿Cómo sabes que es un hombre? Apuesto a que es miss Maudie; hace mucho tiempo que lo pienso.

—Bah, miss Maudie no sabe mascar goma... —Jem sonrió inesperadamente—. Ya sabes, a veces habla con mucha finura. Un día le ofrecí un pedazo y dijo que no, gracias, que... la goma de mascar se le pegaba al paladar y la dejaba sin palabras —dijo Jem midiendo las suyas—. ¿No es decir una cosa fina?

—Sí, a veces sabe decir cosas agradables. De todos modos, tampoco querría un reloj y una cadena.

—Querido señor —dijo Jem—. Agradecemos el... no, agradecemos todo lo que ha puesto en el árbol para nosotros. Sinceramente suyos, Jeremy Atticus Finch.

—Si firmas de este modo no sabrá quién eres.

Jem borró el nombre y escribió: «Jem Finch». Yo firmé debajo: «Jean Louise Finch (Scout)».

Jem puso el billete dentro de un sobre.

A la mañana siguiente, cuando íbamos a la escuela, Jem echó a correr delante de mí y se paró junto al árbol. Cuando levantó la vista la dirigió hacia mí, y vi que se volvía intensamente pálido. —¡Scout!

Yo corrí hasta él.

Alguien había llenado el agujero con cemento.

—No llores ahora, Scout... no llores ahora, no te apures... —iba murmurando Jem, camino de la escuela.

Cuando volvimos a casa para la comida, Jem engulló su ración, corrió al porche y se quedó plantado en las escaleras. Yo le seguí.

—No ha pasado —me dijo.

Al día siguiente, Jem se puso otra vez de vigilancia y fue recompensado.

—¿Qué tal, míster Nathan? —saludó.

—Buenos días, Jem y Scout —respondió míster Radley sin pararse.

—Míster Radley —dijo Jem. Míster Radley giró sobre sus talones—. Míster Radley, ¿puso usted cemento en el agujero de aquel árbol de allá abajo?

—Sí —respondió—. Lo tapé.

—¿Por qué lo hizo, señor?

—El árbol se está muriendo. Cuando los árboles están enfermos se los llena de cemento.

Deberías saberlo, Jem.

Jem no dijo nada más sobre el asunto hasta muy avanzada la tarde. Cuando pasamos junto al árbol dio una palmada meditabunda en el cemento, y se quedó sumido en profundas meditaciones. Parecía ponerse de mal humor por momentos, y en consecuencia yo guardé las distancias.

Como de costumbre, aquella tarde encontramos a Atticus que regresaba del trabajo. Cuando estuvimos en nuestras escaleras, Jem dijo:

—Atticus, mira el árbol aquél, por favor.

—¿Qué árbol, hijo?

—El que está en la esquina de la finca de los Radley, viniendo de la escuela.

—Sí.

—¿Se está muriendo?

—No, caramba, hijo, no lo creo. Fíjate en las hojas, están verdes y lozanas, no hay manchas pardas por ninguna parte...

—¿Ni siquiera está enfermo?

—Aquel árbol está tan sano como tú, Jem. ¿Por qué?

—Míster Nathan Radley ha dicho que se estaba muriendo.

—Bien, quizá sí. Estoy seguro de que míster Radley sabe más de sus árboles que nosotros. Atticus nos dejó en el porche. Jem se apoyó en una columna, rascándose los hombros contra ella.

—Tienes picores, Jem? —Le pregunté tan finamente como supe—. Entremos —dije.

—Dentro de un rato.

Permaneció allí hasta caer la noche, y yo le esperé. Cuando entramos en casa vi que había
llorado.