Matar un Ruiseñor

Chapter 8

Por motivos inescrutables para los profetas más experimentados del condado de Maycomb, aquel año, el otoño se convirtió en invierno. Tuvimos dos semanas del tiempo más frío desde 1885, según dijo Atticus. Míster Avery dijo que estaba escrito en la Piedra de Rosetta que cuando los niños desobedeciesen a sus padres, fumasen cigarrillos y se hicieran la guerra unos a otros, las estaciones cambiarían: a Jem y a mí nos cargaban, pues, con el peso de contribuir a las aberraciones de la Naturaleza, causando con ello la desdicha de nuestros vecinos y nuestra propia incomodidad.

La anciana mistress Radley murió aquel invierno, pero su muerte no causó apenas ni la más leve alteración: los vecinos la veían raras veces, excepto cuando regaba sus cannas. Jem y yo dedujimos que Boo se había cebado con ella por fin, pero cuando Atticus regresó de casa de los Radley dijo, con desencanto nuestro, que había muerto por causas naturales.

—Pregúntaselo —susurró Jem.

—Pregúntaselo tú; tú eres el mayor.

—Por eso tienes que preguntárselo tú.

—Atticus —dije—, ¿has visto a míster Arthur?

Atticus asomó una cara severa por el costado del papel, mirándome.

—No.

Jem me indicó que no hiciera más preguntas. Dijo que Atticus estaba todavía un poco quisquilloso en relación a nosotros y los Radley y que no daría buenos resultados el insistir. Jem se olía que Atticus sospechaba que nuestras actividades de aquella noche no se limitaron únicamente al «póker desnudo». No tenía ninguna base firme para ello, decía que se trataba solamente de una corazonada.

A la mañana siguiente, al despertar, miré por la ventana y estuve a punto de morir de espanto. Mis alaridos sacaron a Atticus del cuarto de baño a medio afeitar.

—¡El mundo está llegando a su fin, Atticus! ¡Haz algo, por favor...!

Le arrastré hasta la ventana y señalé.

—No, no termina —contestó—. Está nevando.

Jem preguntó a Atticus si aquello persistiría. Jem tampoco había visto nunca nieve, pero sabía lo que era. Atticus contestó que de nieve no sabía más que el mismo Jem.

—No obstante, creo que si la atmósfera sigue así de húmeda, se convertirá en lluvia.

Sonó el teléfono y Atticus dejó la mesa del desayuno para acudir a la llamada.

—Era Eula May —dijo al regreso—. Cito sus palabras: «Como no había nevado en Maycomb desde 1885, hoy no habrá clases».

Eula May era la telefonista en jefe de Maycomb. Le habían confiado la misión de comunicar anuncios públicos, invitaciones de boda, poner en marcha la sirena de incendios, y dar instrucciones para primeras curas cuando el doctor Reynolds estaba ausente.

Cuando por fin Atticus nos llamó al orden y nos mandó que fijásemos la vista en el plato en lugar de mirar por las ventanas, Jem preguntó:
—¿Cómo se hace un muñeco de nieve?

—No tengo la menor idea —respondió Atticus—. No quiero que os desilusionéis, pero dudo que haya nieve bastante para hacer ni siquiera una bola.

Calpurnia entró y dijo que le parecía que estaba cuajando. Cuando corrimos al patio trasero, lo encontramos cubierto de una delgada capa de nieve fangosa.

—No debemos pisarla —dijo Jem—. Mira, a cada paso que das, la estropeas.

Miré atrás, a mis pisadas. Jem dijo que si esperábamos a que nevara un poco más, la podríamos amontonar para hacer un muñeco. Yo saqué la lengua y cogí un copo plano. Quemaba.

—¡Jem, está caliente!

—No, no está caliente, está tan fría que quema. Y no la comas, que la malgastas. Deja que caiga al suelo.

—Pero yo quiero andar por ella.

—Ya sé lo que haremos: podemos ir a pisarla en el patio de miss Maudie.

Jem avanzó a saltos cruzando el patio de la fachada. Yo seguí sus huellas. Cuando estábamos en la acera delante de la casa de miss Maudie, se nos acercó míster Avery. Tenía la cara encarnada y el estómago abultado debajo del cinturón.

—¿Veis lo que habéis hecho? —nos dijo—. En Maycomb no había nevado desde Maricastaña. Son los niños malos como vosotros los culpables de que cambien las estaciones.

Yo me pregunté si míster Avery sabía con cuánto afán habíamos esperado el verano pasado que repitiera su representación, y reflexioné que si era aquella la paga que recibíamos, había que reconocerle ciertas ventajas al pecado. No me pregunté de dónde sacaba míster Avery sus estadísticas meteorológicas: venían directamente de la Piedra de Rosetta.

—¡Jem Finch, eh, Jem Finch!

—Miss Maudie te llama, Jem.

—Quedaos los dos en el centro del patio. Cerca del porche hay unas cosas plantadas debajo de la nieve. ¡No las piséis!

—¡Bien! —gritó Jem—. ¡Qué hermosa es! ¿Verdad, miss Maudie?

—¡Hermosas mis patas! ¡Si esta noche hiela se me llevará todas las azaleas!

El viejo sombrero de sol de miss Maudie centelleaba de cristales de nieve. La dama se inclinaba sobre unos pequeños arbustos, envolviéndolos en sacos de arpillera. Jem le preguntó por qué lo hacía.

—Para conservarles el calor —respondió.

—¿Cómo pueden conservar el calor las flores? No tienen circulación.

—No sabría contestar a esa pregunta, Jem Finch. Todo lo que sé es que si esta noche hiela, estas plantas se helarán, de modo que hay que cubrirlas. ¿Resulta claro?

—Sí, ¡Miss Maudie!

—Di, señor.

—Scout y yo queríamos pedirle prestada un poco de su nieve.

—¡Cielo bendito, lleváosla toda! Debajo de la casa hay un cesto viejo para melocotones, podéis transportarla en él. —Miss Maudie entornó los ojos— Jem Finch, ¿qué vais a hacer con mi nieve? —Usted verá —contestó Jem, y nos pusimos a transportar (fangosa operación) toda la nieve que pudimos del patio de miss Maudie al nuestro.

—¿Qué haremos, Jem? —pregunté.

—Ya verás —dijo—. Ahora coge el cesto y lleva toda la nieve que puedas del patio trasero al delantero y al regresar sigue tus propias pisadas.

—¿Haremos un niño de nieve, Jem?

—No, un hombre de verdad. Ahora hemos de trabajar de firme.

Jem corrió al patio trasero, sacó la azada y se puso a cavar afanosamente detrás de la pila de leña, depositando a un lado todos los gusanos que encontraba. Luego entró en la casa, regresó con el canasto de la ropa, lo llenó de tierra y la transportó al patio delantero.

Cuando tuvimos cinco canastos de tierra y dos de nieve, Jem dijo que estábamos listos para empezar.

—¿No te parece que esto es un revoltijo? —le pregunté.

—Ahora lo parece, pero después no lo parecerá —afirmó.

Jem reunió una brazada de tierra que transformó a palmadas en un montículo; añadió otra cantidad y otra, hasta que hubo construido un torso.

—Jem, no había oído hablar de un muñeco de nieve negro —le dije.

—No será negro mucho rato —refunfuñó él.

Del patio trasero se proveyó de unas ramas de melocotonero, cortó las ramitas y las dobló en forma de huesos que habría que cubrir de tierra.

—Parece miss Stephanie Crawford con las manos en las caderas. Gorda en el medio y con unos bracitos diminutos —dije.

—Se los haré mayores. —Jem derramó agua sobre la estatua de barro y añadió más tierra. La contempló pensativamente un momento, y luego le formó una gran barriga debajo de la cintura. Entonces me miró con unos ojos centelleantes—. Míster Avery tiene una figura así, como un muñeco de nieve, ¿verdad?

A continuación cogió nieve y se puso a distribuirla sobre el monigote. A mí sólo me permitió que le cubriese la espalda, reservándose las partes púdicas para sí. Poco a poco, míster Avery se volvió blanco.

Empleando pedacitos de leña por ojos, nariz, boca y botones, Jem consiguió que míster Avery tuviese un aire malhumorado. Un palo completó el cuadro. Después retrocedió unos pasos para contemplar su creación.

—Es hermoso, Jem —dije—. Parece como si fuera a hablarle a uno.

—¿Verdad que sí? —dijo él, ingenuamente.

No supimos aguardar a que Atticus viniese a comer; le llamamos y le dijimos que le teníamos preparada una gran sorpresa. Pareció pasmado cuando vio una gran parte de la nieve del patio trasero en el de la fachada, pero dijo que habíamos hecho un trabajo más que superior.

—No sabía cómo te las arreglarías para construirlo —le dijo a Jem—, pero desde hoy en adelante ya no me inquietaré por lo que pueda ser de ti, hijo; siempre encontrarás un recurso.

A Jem se le pusieron las orejas encarnadas de satisfacción ante semejante cumplido, pero levantó los ojos vivamente cuando vio que Atticus retrocedía unos pasos. Atticus miró un rato la figura ladeando la cabeza. Sonrióse, y luego soltó la carcajada.

—Hijo, ya sé lo que serás: ingeniero abogado, o pintor de retratos. Has montado un libelo aquí en el patio de la fachada. Hemos de disfrazar a ese sujeto.

Enseguida sugirió que Jem le rebajase un poco la barriga, trocase el bastón por una escoba y le pusiera un delantal.

Jem explicó que si lo hacía, el muñeco de nieve se pondría fangoso y dejaría de ser un muñeco de nieve.

—No me importa lo que hagas con tal que hagas algo —respondió Atticus—. No puedes andar por ahí fabricando caricaturas de los vecinos.
—No es una caractertura —replicó Jem—. Simplemente, se le parece.

—Es posible que míster Avery no pensase lo mismo.

—¡Ya lo tengo! —exclamó Jem. Cruzó la calle corriendo, desapareció en el patio trasero de miss Maudie y regresó triunfante. Colocó el sombrero de sol de la dama en la cabeza del muñeco y le embutió las tijeras de podar en la curva del brazo. Atticus dijo que de este modo estaría bien.

Miss Maudie abrió la puerta de la fachada y salió al porche. Nos miró un momento desde el otro lado de la calle, y de pronto sonrió.

—Jem Finch —gritó—. ¡So demonio, devuélveme el sombrero, señorito!

Jem miró a Atticus, que movió la cabeza negativamente.

—Sólo lo dice para armar jaleo —explicó—. En realidad está impresionada por tus... triunfos. Atticus fue hasta la acera de miss Maudie, donde se enfrascaron en una conversación abundante en ademanes, de la cual la única frase que cogí fue...

—...¡Levantando un mamarracho en el patio! ¡Atticus, nunca sabrás educarlos!

Por la tarde dejó de nevar, la temperatura descendió, y al anochecer las predicciones más horrendas de míster Avery se confirmaron. Calpurnia hacía crepitar todos los hogares de la casa, pero teníamos frío. Cuando Atticus regresó aquella noche dijo que no nos escapábamos del mal tiempo y preguntó a Calpurnia si quería quedarse a pasar la noche con nosotros.

Calpurnia echó una mirada a los altos techos y a las largas ventanas y dijo que creía que encontraría mejor temperatura en su casa. Atticus la llevó en el coche.

Antes de irme a dormir, Atticus puso más carbón en el fuego de mi cuarto. Dijo que el termómetro señalaba dieciséis grados , que era la noche más fría que recordaba y que el muñeco de nieve se había helado y vuelto completamente sólido.

Unos minutos después, a mi parecer, me despertó alguien que me sacudía. Tenía extendido sobre mí el abrigo de Atticus.

—¿Ya es de mañana?

—Levántate, niña. —Atticus me presentaba el albornoz y el abrigo—. Ponte el vestido primero —me dijo.

Jem estaba al lado de Atticus, atontado y despeinado. Con una mano se cerraba el cuello del abrigo; la otra la tenía metida en el bolsillo. Parecía haber engordado de un modo raro. —Corre, cariño —dijo Atticus—. Aquí tienes los zapatos y los calcetines.

Yo me los puse con aire estúpido.

—¿Es de mañana? —repetí.

—No. Es poco más de la una. Date prisa ahora.

Por fin se adentró en mi mente la idea de que ocurría algo malo.

—¿Qué pasa?

Pero entonces ya no fue preciso que me lo dijeran. Del mismo modo que los pájaros saben adónde irse cuando llueve, yo sabía cuándo ocurría algo anormal en nuestra calle. Unos sonidos blandos, como de tafetán, y los de las pisadas apagadas y rápidas me llenaron de un espanto irremediable.

—¿En qué casa es?

—En la de miss Maudie, cariño —respondió Atticus dulcemente.

En la puerta de la fachada vimos las ventanas de miss Maudie arrojando llamas. Para confirmar lo que veíamos, la sirena de incendios gimió en tono cada vez más agudo, subiendo toda la escala hasta una nota elevada y temblorosa, que se prolongó como un largo alarido.

—No tiene remedio, ¿verdad? —gimió Jem.

—Creo que no —respondió Atticus—. Ahora escuchad los dos. Bajad y situaos delante de la Mansión Radley. Manteneos apartados, ¿me oís? ¿Veis de qué parte sopla el viento?

—Oh —dio Jem—. Atticus, ¿te parece que deberíamos empezar a sacar los muebles?

—Todavía no, hijo. Haced lo que os mando. Corred ya. Cuida de Scout, ¿me oyes? No la pierdas de vista.

Atticus nos empujó y partimos hacia la puerta de entrada del patio delantero de los Radley. Desde allí vimos como la calle se llenaba de hombres y de coches mientras el fuego devoraba calladamente la casa de miss Maudie.

—¿Por qué no se dan prisa?... ¿Por qué no se dan prisa? —murmuraba Jem.

Pronto vimos el motivo. El viejo camión de los bomberos, llegaba de la ciudad empujado por un tropel de hombres. Cuando hubieron empalmado la manguera a una boca de riego, el agua salió con furia, salpicando la calle.

—Oooh, Señor, Jem...

Jem me rodeó con el brazo.

—Cállate, Scout. Todavía no es momento de preocuparse. Cuando lo sea te avisaré.

Los hombres de Maycomb, en todos los grados de vestido y desvestido, sacaban muebles de la casa de miss Maudie y los llevaban a un patio del otro lado de la calle. Vi a Atticus transportando la pesada mecedora de roble, y pensé que obraba muy cuerdamente al salvar lo que miss Maudie más apreciaba.

A veces oíamos gritos. Entonces apareció la faz de míster Avery en una ventana del piso. Míster Avery empujó un colchón fuera de la ventana y arrojó muebles hasta que los hombres le gritaron:

—¡Baje de ahí, Dick! ¡Las escaleras se están derrumbando! ¡Salga de ahí, míster Avery!

Míster Avery se dispuso a saltar por la ventana.

—Está sitiado, Scout... —dijo Jem con voz entrecortada—. Oh, Dios mío...

Míster Avery se encontraba en un grave aprieto. Yo escondí la cabeza debajo del brazo de Jem, y no volví a mirar hasta que mi hermano gritó:

—¡Se ha libertado, Scout! ¡Está a salvo!

Levanté la vista para ver a míster Avery cruzando el porche del piso. Pasó las piernas por encima de la baranda y se deslizaba por una columna, pero en aquel momento resbaló. Cayó, dio un grito y fue a chocar contra los arbustos de miss Maudie.

De pronto advertí que los hombres se apartaban de la casa de miss Maudie y venían calle abajo en nuestra dirección. Ya no transportaban muebles. El fuego había ganado el segundo piso y se había abierto paso hasta el tejado; los marcos de las ventanas aparecían negros sobre un centro de color naranja vivo.

—Jem, parece una calabaza...

—¡Mira, Scout!

De nuestra casa y de la de miss Rachel salía una masa de humo que parecía la niebla en la orilla de un río, y los hombres estiraban las mangueras hacia los edificios. Detrás de nosotros el camión de bomberos de Abbottsville lanzaba su cuchillo doblando la curva y se paró delante de nuestra casa.

—Aquel libro... —dije yo.

—¿Cuál? —preguntó Jem.

—Aquel Tom Swift, no era mío, era de Dill...

—No te apures, Scout, no es momento de inquietarse todavía —dijo Jem—. Mira allá —indicó, señalando.

Atticus se encontraba en medio de un grupo de vecinos, con las manos en los bolsillos. Podría haber estado siguiendo un partido de fútbol. Miss Maudie se hallaba a su lado. —Mira allí, él todavía no está preocupado —hizo notar Jem.
—¿Cómo no está arriba de una de las casas?

—Es demasiado viejo; se rompería el cuello.

—¿Crees que deberíamos hacerle sacar nuestras cosas?

—No le fastidiemos, él sabrá cuando deba hacerse —replicó mi hermano.

El coche bomba de incendios de Abbottsville empezó a arrojar agua sobre nuestra casa; un hombre subido al tejado iba indicando los sitios que la necesitaban más. Yo vi como nuestro muñeco de nieve se volvía negro y se desmoronaba; el sombrero de miss Maudie quedó encima del montón. No pude ver las tijeras de podar. Con el calor que despedían entre la casa de miss Maudie, la de miss Rachel y la nuestra, los hombres hacía rato que se habían desembarazado de los abrigos y albornoces. Trabajaban con las chaquetas de los pijamas y las camisas de dormir embutidos dentro de los pantalones, pero yo empecé a notar que me helaba poco a poco, inmóvil allí. Jem trataba de darme calor, pero su brazo no era suficiente. Me liberté del mismo y me subí las manos a los hombros. Bailando un poco, recobré la sensibilidad en los pies.

Otro camión contra incendios apareció y se paró delante de la casa de miss Stephanie Crawford. No había boca de riego para otra manguera, y los hombres trataban de empapar la casa con extintores de mano.

El tejado de zinc de miss Maudie cerraba el paso a las llamas. Con una especie de rugido, la casa se desplomó; de todas partes salían chorros de fuego, seguidos de un revoloteo de mantas de los hombres de los tejados de las casas adyacentes, golpeando centellas y trozos de madera encendidos.

Había llegado la aurora cuando los hombres empezaron a desfilar, primero de uno en uno, luego en grupos. Empujando, llevaron otra vez el camión de bomberos de Maycomb al interior de la ciudad; el de Abbottsville se marchó, y el tercero se quedó. Al día siguiente descubrimos que había venido de Clark, a unas setenta millas de distancia.

Jem y yo nos deslizamos al otro lado de la calle. Miss Maudie tenía la mirada fija en el agujero negro, humeante, de su patio, y Atticus movió la cabeza para decirnos que miss Maudie no quería hablar. Atticus nos acompañó a casa, apoyándose en nuestros hombros para cruzar la helada calle. Nos dijo que, por lo pronto, miss Maudie viviría con miss Stephanie.

—¿Alguno quiere chocolate caliente? —nos preguntó.

Cuando Atticus encendió el fuego en la estufa de la cocina, sentí un escalofrío.

Mientras bebíamos el chocolate, noté que Atticus me miraba, primero con curiosidad, luego con aire severo.

—Pensaba que os había ordenado a Jem y a ti que no anduvierais de un lado para otro —dijo. —¡Si no nos movimos! Estuvimos quietos allí...

—Entonces, ¿de quién es esa manta?

—¿Manta?

—Sí, señorita, manta. No es nuestra.

Yo me miré y me vi sujetando una manta parda de lana que me envolvía los hombros, a la manera de las mujeres indias.

—No lo sé, Atticus, señor... Yo...

Me volví hacia Jem en busca de una respuesta, pero Jem todavía estaba más pasmado que yo.

Dijo que no sabía cómo había llegado allí; nosotros hicimos exactamente lo que Atticus nos ordenó, nos plantamos delante de la puerta de los Radley, apartados de todo el mundo, no nos movimos ni una pulgada... Jem se interrumpió.

—Míster Nathan estaba en el fuego —balbuceó—, yo le vi, yo le vi, estaba arrastrando aquel colchón... Atticus, juro que...

—Está bien, hijo —Atticus sonrió con lenta sonrisa—. Parece que anoche todo el mundo estuvo fuera de casa, más o menos rato. Jem, en la despensa hay papel de embalaje. Ve a buscarlo y envolveremos...

—¡Atticus, no, señor!

Jem parecía haber perdido la cabeza. Se puso a ventilar nuestros secretos sin ninguna consideración por mi seguridad, ya que no por la suya propia, sin omitir nada, ni agujero del árbol, ni pantalones, ni nada en absoluto.

—... Míster Nathan puso cemento en aquel árbol, Atticus, y lo hizo para que no pudiéramos encontrar más cosas... El otro está loco, calculo, tal como dice la gente, pero, Atticus, juro por Dios que jamás nos ha hecho ningún daño, jamás nos ha hecho el menor mal, aquella noche podía cortarme la garganta de parte a parte, y lo que hizo en cambio fue remendarme los pantalones..., nunca nos ha hecho daño, Atticus...

Atticus dijo:

—Bueno, hijo —con tal dulzura que yo me sentí grandemente animada. Era obvio que no había entendido ni una palabra de lo que había referido Jem, pues todo su comentario se redujo a—: Tienes razón. Será mejor que nos guardemos esto y la manta para nosotros. Algún día, quizá, Scout podrá darle las gracias por haberla abrigado.

—¿Dar las gracias? ¿A quién? —pregunté.

—A Boo Radley. Estabas tan embebida mirando el fuego que no te diste cuenta cuando él te abrigó con la manta.

El estómago se me disolvió en agua y estuve a punto de vomitar cuando Jem levantó la manta y se acercó a mí.

—¡Se escabulló fuera de la casa, dio un rodeo... se presentó allí a la callada, y se volvió del mismo modo!

Atticus dijo en tono seco:

—No dejes que esto te inspire nuevas hazañas, Jeremy.

Jem arrugó la frente.

—No pienso hacerle nada. Pero yo vi como el destello de nuevas aventuras abandonaba sus ojos—. Piensa nada más, Scout —me dijo—, que si te hubieses vuelto le habrías visto.

Calpurnia nos despertó al mediodía. Atticus había dicho que aquel día no era necesario que fuésemos a la escuela; después de una noche sin dormir, no habríamos aprendido nada. Calpurnia nos dijo que probásemos a limpiar el patio de la fachada.

El sombrero de miss Maudie estaba suspendido dentro de una delgada capa de hielo, lo mismo que un insecto en ámbar, y tuvimos que cavar la tierra en busca de las tijeras de podar. Encontramos a miss Maudie en su patio trasero, contemplando las heladas y chamuscadas azaleas.

—Le devolvemos sus cosas, miss Maudie —dijo Jem—. Lo hemos sentido muchísimo.

Miss Maudie volvió la vista, y la sombra de su antigua sonrisa cruzó por su cara.

—Siempre deseé una casa más pequeña, Jem Finch. De este modo tendré más patio. ¡Fíjate nada más, ahora dispondré de más espacio para mis azaleas!

—¿No está apenada, miss Maudie? —pregunté yo, sorprendida. Atticus decía que la casa era casi todo lo que tenía.

—¿Apenada, niña? ¡Si le tenía odio a aquella vieja cuadra de vacas! Si no fuera porque me habrían encerrado, se me ocurrió cien veces la idea de pegarle fuego yo misma. —Pero...

—No te inquietes por mí, Jean Louise Finch. Hay recursos que tú ignoras. Vaya, me construiré una casa pequeña, tomaré un par de huéspedes y... Dios bendito, tendré el patio más hermoso de Alabama. ¡Esos Bellingrath parecerán míseros, cuando yo esté en marcha.

Jem y yo nos miramos.

—¿Cómo empezó el fuego, miss Maudie! —preguntó él.

—No lo sé, Jem. Fue probablemente el petróleo de la cocina. Anoche tuve el fuego encendido para mis tiestos de plantas. Me han dicho que tuviste una compañía inesperada anoche, miss Jean Louise.

—¿Cómo lo sabe?

—Atticus me lo ha contado marcharse a su trabajo esta mañana. Si he de decirte la verdad, me hubiera gustado estar contigo. Y además, habría tenido el buen sentido suficiente para volverme.

Miss Maudie me dejaba pasmada. A pesar de haber perdido la mayoría de sus intereses, y teniendo su amado patio hecho una calamidad, seguía tomándose un interés animado y cordial con los asuntos de Jem y míos.

Sin duda reparó en mi perplejidad, pues dijo:

—Lo único que me atormentaba anoche era el peligro y la conmoción que originó el incendio.

Todo este barrio corrió el riesgo de desaparecer. Míster Avery estará en cama una semana; tiene fiebre de verdad. Es demasiado viejo para hacer cosas así, y yo se lo dije. En cuanto tengo las manos limpias y Stephanie Crawford no esté mirando, le haré un pastel. Esa Stephanie anda detrás de mi receta desde hace treinta años, y si se figura que se la diré, sólo porque vivo con ella, se equivoca por completo.

Yo me dije que si miss Maudie abandonaba el puntillo y se la explicaba, miss Stephanie no sabría aplicarla. Miss Maudie me la había dejado ver una vez; entre otras cosas, la receta exigía una taza de azúcar.

Aún era de día. El aire estaba tan frío y quieto que oíamos el chasquido, los roces y los chirridos del reloj del juzgado antes de dar la hora.

Miss Maudie tenía la nariz de un color que yo no había visto nunca, y quise informarme.

—Estoy aquí fuera desde las seis —me dijo—. A estas horas debería estar helada.

Levantó las manos. Un entretejido de líneas surcaba sus palmas, sucias de tierra y de sangre seca.

—Se las ha arruinado —dijo Jem—. ¿Por qué no busca un negro? —No había ningún acento de sacrificio en su voz cuando añadió—: O a Scout y a mí; nosotros podemos ayudarle.

—Muchas gracias, señor, pero tenéis trabajo sobrado por vuestra parte —contestó miss Maudie, señalando nuestro patio.

—¿Se refiere al muñeco? —pregunté—. ¡Caramba! Podemos levantarlo de nuevo en un periquete.

Miss Maudie me miró fijamente y sus labios se movieron en silencio. De repente se llevó las manos a la cabeza y lanzó un «¡Uuuu-piii!» Cuando la dejamos seguía riendo.

Jem declaró que no sabía lo que le pasaba a miss Maudie, que era su manera de ser.