Matar un Ruiseñor

Chapter 9

—¡Puedes retirar estas palabras, simplemente!

Este mandato, dado por mí a Cecil Jacobs, señaló el comienzo de un tiempo más bien ingrato para Jem y para mí. Yo tenía los puños cerrados y estaba a punto de dispararme. Atticus me había prometido que si se enteraba que me peleaba alguna vez, me zurraría; era demasiado mayor y muy crecida para cosas tan infantiles, y cuanto antes aprendiera a contenerme, tanto mejor sería para todo el mundo. Pero pronto lo olvidé.
Cecil Jacobs tuvo la culpa de que lo olvidara. Había pregonado en el patio de la escuela que el papá de Scout Finch defendía nigros. Yo lo negué, pero se lo expliqué a Jem.

—¿Qué quería decir con esto? —le pregunté.

—Nada —contestó Jem—. Pregúntaselo a Atticus; él te lo explicará.

—Atticus, ¿tú defiendes nigros? —pregunté a mi padre aquella noche.

—Claro que sí. Y no digas nigros, Scout. Es grosero.

—Es lo que dice todo el mundo en la escuela.

—Desde hoy lo dirán todos menos una...

—Bien, si no quieres que me haga mayor hablando de este modo, ¿por qué me mandas a la escuela?

Mi padre me miró con dulzura y con un brillo divertido en los ojos. A pesar de nuestro pacto, mi campaña por eludir la escuela había continuado bajo una u otra forma desde la primera dosis diaria que tuve que soportar de ella: el comienzo de setiembre anterior trajo consigo accesos de abatimiento, vértigos y ligeras dolencias gástricas. Llegué al extremo de pagar cinco centavos por el privilegio de restregar mi cabeza con la del hijo de la cocinera de miss Rachel, que padecía una herpe fenomenal. Pero no se me contagió.
Sin embargo, ahora roía otro hueso.

—¿Todos los abogados defienden nnn...negros, Atticus?

—Naturalmente que sí, Scout.

—Entonces, ¿por qué decía Cecil que tú defiendes nigros? Lo decía con el mismo tono que si tuvieras una destilería.

Atticus suspiró.

—Simplemente, estoy defendiendo a un negro: se llama Tom Robinson. Vive en el pequeño campamento que hay más allá del vaciadero de la ciudad. Es miembro de la iglesia de Calpurnia, y ésta conoce bien a su familia. Dice que son personas de conducta intachable, Scout, tú no eres bastante mayor todavía para entender ciertas cosas, pero por la ciudad se ha hablado mucho y en tono airado de que yo no debería poner mucho interés en defender a ese hombre. Es un caso peculiar... No se presentará a juicio hasta la sesión del verano. John Taylor tuvo la bondad de concedernos un aplazamiento...

—Si no debes defenderle, ¿por qué le defiendes?

—Por varios motivos —contestó Atticus—. Pero el principal es que si no le defendiese no podría caminar por la ciudad con la cabeza alta, no podría representar al condado en la legislatura, ni siquiera podría ordenaros a Jem y a ti que hicieseis esto o aquello.

—¿Quieres decir que si no defendieses a ese hombre, Jem y yo ya no deberíamos obedecerte? —Esto es, poco más o menos.

—¿Por qué?

—Porque no podría pediros que me obedecieseis nunca más. Mira, Scout, por la misma índole de su trabajo, cada abogado topa durante su vida con un caso que le afecta personalmente. Este es el mío, me figuro. Es posible que oigas cosas feas en la escuela, pero haz una cosa por mí, si quieres: levanta la cabeza y no levantes los puños. Sea lo que fuere que te digan; no permitas que te hagan perder los nervios. Procura luchar con el cerebro para variar... Es un cambio excelente, aunque tu cerebro se resista a aprender.

—¿Ganaremos el juicio, Atticus?

—No, cariño.

—Entonces cómo...

—Simplemente, el hecho de que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer —respondió Atticus.

—Hablas como el primo Ike Finch —dije. El primo Ike Finch era el único veterano confederado superviviente del condado de Maycomb. Llevaba una barba a lo general Hood, de la cual estaba desmesuradamente ufano. Atticus, Jem y yo íbamos a visitarle al menos una vez al año, y yo tenía
que besarle. Era horrible. Jem y yo escuchábamos respetuosamente como Atticus y primo Ike recomponían la guerra.

—Te lo digo, Atticus —solía exclamar el primo Ike—, el Compromiso de Missouri fue lo que nos derrotó, pero si hubiese de vivir otra vez todo aquello daría los mismos pasos para ir allá y los mismos para volver, lo mismo exactamente que hice entonces, y además, esta vez les barreríamos... Ahora bien, en 1864, cuando Stonewall Jackson vino allá..., perdonadme, chiquillos. El viejo Blue Leigh estaba en ele cielo entonces, Dios dé paz a su santa frente...

—Ven acá, Scout —dijo Atticus. Yo me acurruqué en su regazo y puse la cabeza debajo de su barbilla. Él me rodeó con el brazo y me meció dulcemente—. Esta vez es distinto —dijo. Esta vez no luchamos contra los yanquis, luchamos contra nuestros amigos. Pero tenlo presente, por muy mal que se pongan las cosas, siguen siendo nuestros amigos, y éste es nuestro hogar.
Con todo esto en la mente, al día siguiente me enfrenté con Cecil Jacobs en el patio de la escuela.

—¿Retirarás lo que dijiste, muchacho?

—¡Tendrás que obligarme primero! —chilló él—. ¡Mis padres dicen que tu padre era una calamidad y que aquel negro debería colgar del depósito de agua!

Yo le asesté un golpe, y recordando lo que Atticus me había dicho, dejé caer los puños a los costados y me marché. El grito de: «¡Scout es una co...barde!», retumbaba en mis oídos. Era la primera vez que abandonaba una pelea.

No sé cómo, pero si me hubiese peleado con Cecil habría traicionado a Atticus. Y eran tan pocas las veces que Atticus nos pedía a Jem y a mí que hiciésemos algo por él que podía tolerar muy bien, en su honor, que me llamasen cobarde. Me sentía singularmente noble por haberme acordado a tiempo, y continué siendo noble durante tres semanas. Entonces llegó la Navidad, y estalló el desastre.

Jem y yo esperábamos la Navidad con sentimientos contradictorios. El lado bueno nos lo proporcionaban el árbol y tío Jack Finch. Todos los años, la víspera de Navidad íbamos al Empalme de Maycomb a esperar a tío Jack, quien pasaba una semana con nosotros.

El reverso de la medalla ponía al descubierto las facciones intransigentes de tía Alexandra y de Francis.

Supongo que debería incluir a tío Jimmy, al marido de tía Alexandra, pero como no me habló una palabra en toda la vida, excepto una vez que me dijo: «Apártate de la valla», nunca vi motivo alguno para tomar nota de su presencia. Tampoco la tomaba tía Alexandra. Mucho tiempo atrás, en un arranque de buena amistad, mi tía y tío Jimmy tuvieron un hijo llamado Henry, el cual abandonó su hogar tan pronto como fue humanamente posible, se casó y tuvo por hijo a Francis. Todas las Navidades, Henry y su esposa depositaban a Francis en casa de los abuelos, y luego ellos continuaban entregándose a sus propios placeres.

El mucho suspirar no valía para inducir a Atticus a dejarnos pasar la Navidad en casa. Desde que puedo recordar, todas las Navidades nos íbamos al Desembarcadero de Finch. El hecho de que mi tiíta fuese una buena cocinera compensaba en algo el tener que pasar una fiesta religiosa con Francis Hancock. Tenía un año más que yo, y le evitaba por principio; a él le divertía todo lo que yo desaprobaba, y le disgustaban mis ingenuas diversiones.

Tía Alexandra era hermana de Atticus, pero cuando Jem me habló de robos y trueques de niños, decidí que al nacer la habían cambiado y que probablemente mis abuelos recibieron una Crawford en lugar de una Finch. Si mi mente hubiese albergado los simbolismos místicos relativos a las montañas que parecían obsesionar a jueces y abogados, a tía Alexandra la hubiera asociado con el monte Everest: durante los primeros años de mi vida, fue fría y distante.

Cuando tío Jack saltó del tren la víspera de Navidad, hubimos de esperar a que el mozo le entregase dos largos paquetes. A Jem y a mí siempre nos parecía chocante cuando tío Jack besaba a Atticus en la mejilla; eran los dos únicos hombres que habíamos visto jamás que se besasen. Tío Jack estrechó la mano a Jem, y a mí me levantó en alto, aunque no a suficiente altura: tío Jack era más bajo que Atticus; era el benjamín de la familia, más joven que tía Alexandra. Él y la tía se parecían, pero tío Jack hacía mejor uso de su cara: nosotros nunca mirábamos con recelo su afilada nariz y su barbilla.

Era uno de los pocos hombres de ciencia que jamás me causaron terror, probablemente porque nunca adoptaba los aires de médico. Siempre que nos prestaba algún pequeño servicio profesional a Jem y a mí, tal como arrancar una astilla de un pie, nos explicaba al detalle lo que iba a hacer, nos daba una idea aproximada de lo mucho que dolería y nos describía el uso de las pinzas que hubiese de emplear. Una Navidad, asomaba yo por las esquinas llevando una astilla retorcida en el pie, sin permitir que se me acercase nadie. Cuando me cogió tío Jack, me tuvo riendo todo el rato, hablándome de un predicador al cual fastidiaba tanto ir a la iglesia que todos los días se plantaba en la puerta del templo, en bata y fumando una pipa turca, y pronunciaba unos sermones de cinco minutos a los transeúntes que deseaban auxilio espiritual. Yo le interrumpí para pedirle que me avisase cuando fuese a sacar la astilla, pero él me presentó un pedacito de madera ensangrentada cogido con unas pinzas y dijo que me lo había arrancado mientras yo estaba riendo, y que aquello se conocía por el nombre de relatividad.

—¿Qué hay en aquellos paquetes? —le pregunté, señalando los dos largos envoltorios que el mozo le había entregado.

—Nada que te importe —respondió él.

Jem dijo:

—¿Cómo está «Rose Aylmer»?

«Rose Aylmer»? era la gata de tío Jack. Era una hermosa hembra amarilla, y tío Jack decía que era una de las pocas mujeres a las que podía soportar de un modo permanente. Tío Jack se llevó la mano al bolsillo y sacó unas fotografías. Nosotros las admiramos.

—Está engordando —dije.

—Creo que sí. Se come todos los dedos y orejas que quedan de desecho en el hospital.

—¡Oh, vaya historia maldita! —exclamé.

—¿Cómo dices?

Atticus le recomendó:

—No le hagas caso, Jack. Pretende impresionarte. Cal dice que, desde hace una semana, suelta palabrotas con toda desenvoltura.

Tío Jack enarcó las cejas y no dijo nada. Yo obraba impulsada por la vaga teoría —aparte del atractivo innato que tienen tales palabras— de que si Atticus descubría que las había aprendido en la escuela, no me obligaría a ir.

Pero durante la cena, cuando le pedí que me pasase el maldito jamón, tío Jack me señaló con el dedo y me dijo:

—Ven después a verme, señorita.

Terminada la cena, tío Jack se fue a la sala y se sentó. Con una palmada en los muslos me indicó que fuera a sentarme en su regazo. A mí me gustaba su aroma: era como una botella de alcohol con algo agradablemente dulce. Tío Jack me apartó los cerquillos y me miró.

—Te pareces más a Atticus que a tu madre —dijo—. Además, estás creciendo tanto que te sales un poco de tus pantalones.

—Yo creo que me van muy bien.

—Te gustan las palabras tales como «maldito» y «diablo», ¿verdad?

Contesté que me parecía que sí.

—Pues a mí no —replicó él—, no, a menos que las motive una provocación extrema. Estaré aquí una semana, y mientras dure mi estancia no quiero oír palabras por el estilo. Si continúas diciendo cosas así, Scout, te verás en un conflicto. Tú quieres llegar a ser una dama, ¿verdad?
Yo dije que no tenía un empeño especial.

—Claro que sí lo tienes. Ahora vamos a ver el árbol.

Estuvimos adornándolo hasta la hora de acostarnos, y aquella noche soñé en los dos largos paquetes para Jem y para mí. A la mañana siguiente Jem y yo corrimos a buscarlos: procedían de Atticus, quien había escrito a tío Jack que nos los comprase, y contenían lo que habíamos pedido.

—No apuntéis dentro de casa —ordenó Atticus, viendo que Jem lo hacía a un cuadro de la pared.

—Habrás de enseñarles a tirar —dijo tío Jack.

—Esta tarea te corresponde a ti —contestó Atticus—. Yo no hice otra cosa que inclinarme ante lo inevitable.

Atticus tuvo que emplear la voz que usaba en el juzgado para apartarnos del árbol. Se negó a permitirnos que nos llevásemos los rifles al Desembarcadero (yo había empezado ya a pensar en dispararle un tiro a Francis) y decía que como diésemos un paso en falso nos los quitaría por una buena temporada.

El Desembarcadero de Finch consistía en trescientos sesenta y seis escalones que descendían por una escarpadura y terminaban en un pontón de desembarque. Mucho más abajo del río, al otro lado de la escarpadura, había vestigios de un desembarcadero, donde los negros de los Finch habían embarcado balas y otros productos, y descargado bloques de hielo, harina y azúcar, equipo para la granja y prendas femeninas. De la orilla del río arrancaba una camino de dos roderas que se perdía entre los oscuros árboles. Al final del camino había una casa blanca, de dos plantas, con porches que rodeaban el piso y la planta baja. En su ancianidad, nuestro antepasado Simon Finch, la había construido para complacer a su fastidiosa esposa, pero los porches le quitaban todo parecido con las casas corrientes de aquella época. La distribución interna de la casa de los Finch daba testimonio de la inocencia de Simon y de la “confianza absoluta” con que miraba a sus retoños.

En el piso había seis dormitorios, cuatro para las ocho hijas, uno para Welcome Finch, el único hijo varón, y uno para los parientes que fueran a visitarles. Muy sencillo, pero a los cuartos de las hijas sólo se podía subir por una escalera; al de Welcome y al de los huéspedes, sólo por otra. La escalera de las hijas empezaba en el dormitorio de sus padres en la planta baja, de modo que Simon sabía siempre las horas de las idas y venidas nocturnas de sus hijas.

Había una cocina separada del resto de la casa, aunque unida a ella por una escalerilla de madera; en el patio trasero existía una campana olvidada en la punta de una pértiga, utilizada para llamar a los que trabajaban en los campos, o como señal de alarma; en el tejado había una galería de las que llamaban «paseo de viuda», aunque no paseó por allí viuda alguna; desde aquella galería Simon vigilaba a su vigilante, espiaba las embarcaciones fluviales y observaba las vidas de los propietarios vecinos.

Adornaba la casa la leyenda de rigor sobre los yanquis: en cierta ocasión una hembra Finch, recién prometida, se puso su equipo completo de novia para salvarlo de los asaltantes de la vecindad y se apuntaló contra la puerta de la Escalera de las Hijas, pero la rociaron de agua y, finalmente, la atropellaron.

Cuando llegamos al Desembarcadero, tía Alexandra besó a tío Jack, Francis besó a tío Jack, tío Jimmy estrechó la mano en silencio a tío Jack, y Jem y yo dimos nuestros regalos a Francis, y él nos dio uno suyo. Jem se sintió mayor y gravitó alrededor de los adultos, dejándome la tarea de entretener a nuestro primo. Francis tenía ocho años y se peinaba el cabello hacia atrás.

—¿Qué te ha traído la Navidad? —le pregunté muy cortés.

—Lo que había pedido —dijo. Francis había pedido un par de pantalones hasta la rodilla, una cartera de cuero, cinco camisas y un lazo para el cuello.

—Está muy bien —mentí—. A Jem y a mí nos regalaron rifles de aire comprimido, y a Jem un equipo de química.

—Uno de juguete, supongo.

—No, uno de verdad. Me fabricará tinta invisible, y yo le escribiré a Dill con ella.

Francis me preguntó qué utilidad reportaría el hacerlo así.

—¡Vaya! ¿No ves la cara que pondrá cuando reciba una carta que no dice nada? Se volverá lelo. El hablar con Francis me daba la sensación de hundirme lentamente hacia el fondo del océano.

Era el chico más aburrido que había conocido en mi vida. Como vivía en Mobile no podía delatarme a las autoridades de la escuela, pero se las arreglaba para explicar todo lo que sabía a tía Alexandra, la cual a su vez lo descargaba sobre Atticus, quien o lo olvidaba, o me pasaba una repulsa fenomenal, según le daba el antojo. Pero la única vez que oí a Atticus hablar en tono enojado a alguien, fue una vez que le sorprendí diciendo:

—¡Hermana, me desenvuelvo con ellos lo mejor que puedo!

Discutían algo relacionado con el hecho de que yo anduviera con mono.

En lo tocante a mi modo de vestir, tía Alexandra era una fanática. Yo no podía confiar en modo alguno en que me convertiría en una dama, si llevaba pantalones; y cuando dije que con faldas no podía hacer nada, me replico que no se me mandaba que hiciese cosas que exigiesen pantalones. Tía Alexandra no concebía otra conducta por mi parte que la de jugar con cocinitas, juegos de té, y llevar el collarete de «Añade-una-Perla» que me regaló cuando nací; más aún, yo había de ser un rayo de sol en la vida solitaria de mi padre. Yo indiqué que una podía ser igualmente un rayo de sol con pantalones, pero tiíta dijo que una debía portarse como un rayo de sol, que yo había nacido buena pero cada año me volvía progresivamente peor. Me ofendió en mis sentimientos y me dejó con los dientes dispuestos a morder en cualquier instante, mas cuando consulté a Atticus sobre ello, me contestó que en la familia existían ya suficientes rayos de sol y que siguiera ocupándome de mis asuntos, que a él no le importaba que fuese como era.

En la comida de Navidad, me senté a una mesita del comedor; Jem y Francis se sentaron con los a dultos a la mesa grande. Tiíta había seguido aislándome mucho después de que Jem y Francis hicieran méritos para pasar a la mesa grande. Yo me preguntaba a menudo qué se figuraba que haría. ¿levantarme y tirar algo? A veces se me ocurría pedirle que me dejase sentar a la mesa grande una sola vez, y le demostraría lo civilizada que sabía ser; al fin y al cabo, en casa comía todos los días sin percances de consideración. Cuando supliqué a Atticus que pusiera en juego su influencia, me dijo que no tenía ninguna; éramos invitados y nos sentábamos donde ella nos mandaba. Dijo también que tía Alexandra no comprendía mucho a las niñas, pues no había tenido ninguna.
Pero su habilidad de cocinera lo compensaba todo: tres clases de carne, hortalizas de verano de los estantes de su despensa; melocotón en almíbar, dos clases de pasteles y ambrosía constituían una comida de Navidad bien decente. Después los adultos pasaron a la sala y se sentaron un tanto aturdidos. Jem se tendió en el suelo, y yo salí al patio posterior.

—Ponte el abrigo —me dijo Atticus con voz de sueño, de modo que no le oí.

Francis se sentó a mi lado en las escaleras.

—Esta ha sido la mejor —comenté.

—La abuela es una cocinera maravillosa —afirmó Francis—. Me enseñará a guisar.

—Los muchachos no guisan —y me reí al imaginarme a Francis con un delantal.

—La abuela dice que todos los hombres deberían aprender, y ser muy atentos con sus esposas y servirlas cuando se encuentran bien —dijo mi primo.

—Yo no quiero que Dill me sirva —contesté—. Prefiero servirle yo a él.

—¿Dill?

—Sí. No digas nada de ello todavía, pero nos casaremos tan pronto como seamos bastante mayores. El verano pasado me pidió relaciones.

Francis soltó un sonido despectivo.

—¿Qué tiene de malo aquel chico? —pregunté—. No es cosa que te importe nada.

—¿Quieres decir aquel enanito que la abuela dice que pasa todos los veranos con miss Rachel? —Exactamente, ése quiero decir.

—Sé todo lo suyo —dijo Francis.

—¿Qué sabes?

—La abuela dice que no tiene casa...

—Ha de tenerla, vive en Meridian.

—...Simplemente, se lo pasan de un pariente a otro, y miss Rachel lo acoge todos los veranos. —¡Francis, eso no es verdad!

Francis me sonrió.

—A veces eres extremadamente estúpida, Jean Louise. De todos modos, supongo que no lo puedes remediar.

—¿Qué quieres decir?

—Si tío Atticus deja que te acompañes con perros sin dueño, él es quien manda, como dice mi abuela; por tanto, tú no tienes la culpa. Me figuro que no es culpa tuya que tío Atticus sea además un ama-negros, pero aquí estoy yo para decirte que ello mortifica de veras al resto de la familia.

—Francis, ¿qué diablos quieres decir?

—Lo que he dicho nada más. La abuela dice que ya era bastante lamentable que dejase que os criéis como salvajes, pero ahora que se ha vuelto un ama-negros no podrá pasear nunca más por las calles de Maycomb. Está arruinando a la familia, esto es lo que hace.

Francis se levantó y echó a correr escalerilla abajo en dirección a la vieja cocina. Fue fácil cogerle por el cuello. Yo le ordené que retirase enseguida lo dicho.

Él se soltó de un tirón y se metió velozmente dentro de la cocina, gritando: —¡Ama-negros!

Cuando uno acecha la presa, es mejor que se tome su tiempo. No digas nada, y tan seguro como que sale el sol, la presa sentirá curiosidad y saldrá. Francis apareció en la puerta de la cocina.

—¿Todavía estás enojada, Jean Louise? —preguntó tanteando el terreno. —No vale la pena mencionarlo —contesté.

Francis salió a la escalerilla.

Luego:

—¿Vas a retirar lo dicho, Fra...aancis?

Pero había sacado el arma demasiado pronto. Francis retrocedió disparado hacia la cocina, con lo cual yo me retiré hasta las escaleras. Sabía esperar con calma. Llevaba sentada quizá unos quince minutos cuando oí la voz de tía Alexandra:

—¿Dónde está Francis?

—Abajo en la cocina.

—Sabe que no tiene permiso para jugar allí.

Francis salió a la puerta y gritó:

—¡Abuela, ella me ha metido aquí dentro y no quiere dejarme salir!

—¿Qué significa todo eso, Jean Louise?

Yo fijé la mirada en tía Alexandra.

—No le he metido allí dentro, tiíta, ni tampoco le sujeto.

—Sí, sí —gritó Francis—, ¡no me deja salir!

—¿Os habéis peleado?

—¡Jean Louise se ha enfadado conmigo, abuela! —gritó Francis.

—¡Francis, sal de ahí! Jean Louise, si te oigo una palabra más se lo diré a tu padre. ¿No te he oído decir «diablos» hace un rato? —A mí, no.

—Me parecía que sí. Será mejor que no lo oiga más.

Tía Alexandra era una espía-conversaciones. Apenas hubo desaparecido de la vista, Francis salió con la cabeza erguida y sonriendo.

—No hagas el tonto conmigo —dijo.

Y saltó al patio, conservando la distancia, y se puso a dar patadas a las matas de hierba, volviéndose de vez en cuando para sonreírme. Jem apareció en el porche, nos miró y se fue. Francis trepó a la mimosa, bajó, se puso las manos en los bolsillos y empezó a deambular por el patio.

—¡Ah! —exclamó.

Yo le pregunté quién creía ser. ¿Tío Jack? Francis contestó que recordara que me había advertido: tenía que estar sentada allí precisamente y dejarle en paz.

—Yo no te molesto —le dije.

Francis me miró con minuciosa atención, dedujo que me habían dominado lo bastante y se puso a canturrear en voz baja:

—Ama-negros...

Esta vez me partí el nudillo hasta el hueso sobre sus dientes. Inutilizada la izquierda, arremetí con la mano derecha, pero no por mucho rato. Tío Jack me sujetó los brazos a los costados y me dijo:

—¡Quieta!

Tía Alexandra auxilió a Francis, secándole las lágrimas con el pañuelo, frotándole el cabello, dándole palmaditas en la mejilla. Al oír los gritos de Francis, Atticus, Jem y tío Jimmy habían salido al porche trasero.

—¿Quién ha empezado? —preguntó tío Jack.

Francis y yo nos señalamos el uno al otro.

—¡Abuela —gimió él—, me ha llamado ramera y ha saltado sobre mí.

—¿Es cierto, Scout? —preguntó tío Jack.

—Me figuro que sí.

Cuando tío Jack inclinó la cabeza para mirarme, tenía una cara como la de tía Alexandra.

—¿No sabes que te dije que si usabas esas palabras te encontrarías en un conflicto? Quédate ahí. Yo estaba especulando entre si me quedaba allí o echaba a correr, pero continué indecisa unos segundos de más; me volví para huir, pero tío Jack fue más rápido, y me encontré mirando una hormiga diminuta que luchaba entre la hierba con una migaja de pan.

—¡No hablaré con usted en toda mi vida! ¡Le odio y le desprecio y deseo que muera mañana! La declaración pareció animar a tío Jack más que ninguna otra cosa. Corrí a buscar consuelo en Atticus, pero él me dijo que yo misma había traído la tormenta y que ya era hora de que nos marcháramos a casa. Subí al asiento trasero del coche sin despedirme de nadie; en casa corrí a mi cuarto y cerré la puerta de golpe. Jem quiso decirme alguna cosa agradable, pero no se lo permití. Cuando inspeccione los destrozos sólo vi siete u ocho señales encarnadas, y estaba meditando sobre la relatividad cuando alguien llamó a la puerta. Pregunté quién era y contestó tío Jack. —¡Váyase!

Tío Jack contestó que si hablaba de aquel modo me pegaría otra vez, con lo cual me callé. Cuando entró en el cuarto, retrocedí hasta un rincón y le volví la espalda.

—Scout —dijo—, ¿todavía me odias?

—Váyase, señor, se lo ruego.

—¿Cómo? No creía que me guardases resentimiento por aquello desilusionas; tú te lo buscaste y lo sabes. —¡Que no! —dijo—. Me

—Cariño, no puedes ir por ahí llamando a la gente...

—Usted no es justo —le interrumpí—, usted no es justo.

Las cejas de tío Jack se enarcaron.

—¿No soy justo? ¿Por qué no?

—Usted es agradable de veras, tío Jack, y creo que le quiero hasta después de haber hecho lo que hizo, pero usted no comprende mucho a los niños.

Tío Jack se llevó las manos a las caderas y me miró.

—¿Y por qué no comprendo a los niños, señorita Jean Louise? Una conducta como la tuya requería poca comprensión. Fue turbulenta, desordenada, abusiva...

—¿Me dará la oportunidad de explicárselo? No me propongo ser respondona, sólo trato de explicárselo.

Tío Jack se sentó en la cama. Sus cejas se juntaron, y mirándome por debajo de ellas, me dijo: —Sigue.

Yo me llené los pulmones de aire.

—Bien, en primer lugar, usted no se detuvo a darme una oportunidad para explicar mi versión del caso; usted se contentó arrojándose contra mí. Cuando Jem y yo nos peleamos, Atticus no se detiene solamente a escuchar cómo lo cuenta Jem; me escucha a mí también; y en segundo lugar, usted me dijo que no empleara aquellas palabras más que en caso de provocación extrema, y Francis me provocó bastante para partirle la calabaza...

Tío Jack se rascó la cabeza.

—¿Cuál es tu versión del caso, Scout?

—Francis llamó una cosa fea a Atticus, y yo no estaba dispuesta a consentírselo.

—¿Qué cosa le llamó?

—Ama-negros. No estoy muy segura de lo que signifique, pero del modo que lo dijo Francis...

Ahora le diré una cosa, tío Jack, que me... juro ante Dios si soy capaz de estar sentada allí y le permito que diga eso de Atticus.

—¿Eso le llamó?

—Sí, señor, se lo llamó, y mucho más. Dijo que Atticus sería la ruina de la familia y que dejaba que Jem y yo fuésemos unos salvajes...

Por la expresión de la cara del tío Jack, pensé que me la cargaría otra vez. Pero cuando dijo: —Nos ocuparemos de esto —comprendí que quien se la iba a cargar sería Francis—. Me dan
ganas de irme allá esta misma noche.

—Se lo ruego, señor, déjelo. Se lo ruego.

—No tengo intención de dejarlo —dijo—. Alexandra debe saberlo. La idea de... Espera hasta que le haya echado mano a ese muchacho...

—Tío Jack, prométame una cosa, por favor. Prométame que no le dirá nada a Atticus. Me... me pidió una vez que no permitiese que nada que oyera acerca de él me hiciese perder la cabeza, y preferiría que se imaginase que peleábamos por alguna otra cosa. Prométamelo, por favor...

—No me gusta que Francis se quede sin castigo por una cosa así...

—No se quedó. ¿Le parece que podría vendarme la mano? Todavía me sangra un poco.

—Claro que te la vendaré, niña. No conozco ninguna mano que pudiera vendar más a gusto. ¿Quieres venir acá?

Tío Jack se inclinó en una galante reverencia indicándome el cuarto de baño. Mientras limpiaba y vendaba mis nudillos, me entretenía con un relato sobre un anciano caballero miope y ridículo, que tenía un gato llamado «Hodge» y que cuando iba a la ciudad contaba todas las grietas de la acera.

—Ya está —dijo—. Tendrás una cicatriz nada femenina en el dedo del anillo de boda. —Gracias, señor. ¡Tío Jack!

—Señorita...

—¿Qué es una ramera?

Tío Jack se sumergió en otro largo cuento sobre un primer ministro viejo que se sentaba en la Cámara de los Comunes y levantaba una pluma al aire, soplando, y probaba de mantenerla en vuelo, mientras todos los demás a su alrededor perdían la cabeza. Me figuro que trataba de contestar a mi pregunta, pero yo no le veía ningún sentido.

Más tarde, cuando yo debía estar en la cama, fui hasta el vestíbulo para beber un trago de agua, y oí a Atticus y a tío Jack en la sala:

—No me casaré nunca, Atticus.

—¿Por qué?

—Podría tener hijos.

—Has de aprender mucho, Jack —dijo Atticus.

—Lo sé. Tu hija me ha dado la primera lección esta tarde. Me ha dicho que no comprendía mucho a los niños y me ha explicado por qué. Tenía mucha razón. Me ha explicado cómo debí tratarla; oh, querido, cuánto lamento haber saltado sobre ella.

Atticus se rió.

—Se lo ganó, de modo que no sientas demasiado remordimiento.

Yo aguardé con el alma en un hilo, creyendo que tío Jack le explicaría a Atticus mi versión del caso. Pero no se la explicó. Se limitó a murmurar:

—El uso que hace de invectivas de cuarto de aseo no deja sitio para la imaginación. Pero no sabe el sentido de la mitad de lo que dice; me ha preguntado qué era una ramera...

—¿Se lo has dicho?

—No, le he hablado de lord Melbourne.

—¡Jack! Por la bondad divina, cuando un niño te pregunte algo, contéstale. Los niños son niños, pero sorprenden una evasiva con más rapidez que los adultos, y las evasivas solamente sirven para atontarles. No —murmuró mi padre—, esta tarde has tenido la respuesta acertada, pero los motivos eran equivocados. El lenguaje feo es una fase por la que pasan todos los niños, y que desaparece cuando se dan cuenta de que con las malas palabras no llaman la atención. En cambio, la testarudez no desaparece. Scout ha de aprender a conservar la calma, y ha de aprender pronto, con lo que le reservan los próximos meses. De todos modos, va progresando. Jem se hace mayor, y ella sigue ahora un poco su ejemplo. Todo lo que necesita es que la ayuden alguna vez.

Atticus, tú nunca le has puesto la mano encima.

—Lo confieso. Hasta ahora he podido seguir adelante con amenazas, nada más. Jack, Scout me obedece lo mejor que sabe. La mitad de las veces no llega a la meta, pero lo intenta.

—Esta no es la solución —dijo tío Jack.

—No, la solución es que ella sabe que yo conozco que lo intenta. He ahí lo que importa. Lo que me atormenta es que ella y Jem tendrán que soportar pronto algunas cosas desagradables. No temo que Jem no sepa conservar la calma, pero Scout, cuando está en juego su orgullo, se arroja sobre uno con la misma rapidez que la vista...

Yo esperé para ver si tío Jack rompía su promesa. Todavía no lo hizo.

—Atticus, ¿será muy grave el caso? No has tenido mucha ocasión de hablarme de él?

—Podría haber sido peor, Jack. Lo único que tenemos es la palabra de un negro contra la de los Ewell. Las pruebas se reducen a lo de «lo hiciste; no lo hice». No se puede esperar que el Jurado acepte la palabra de Tom Robinson contra la de los Ewell... ¿Conoces a los Ewell?

Tío Jack dijo que sí; los recordaba. Y se los describió; pero Atticus dijo:

—Te quedas atrasado en una generación. Sin embargo, los Ewell actuales son igual. —¿Qué harás, pues?

—Antes de terminar, me propongo destrozar un poco el tímpano al Jurado... De todos modos, creen que una apelación nos dará una probabilidad razonable. En este estadio no puedo adivinarlo, en verdad, Jack. Ya sabes, yo confiaba terminar mi vida sin un caso de esta índole, pero John Taylor me señaló con el dedo y dijo: «Usted es el hombre».

—Apartad de mí ese cáliz, ¿eh?

—Exacto. Pero, ¿crees que de otro modo podría volver a mirar a la cara a mis hijos? Tú sabes lo mismo que yo lo que ha de ocurrir, y espero y ruego que Jem y Scout atraviesen la prueba sin amargura, y sobre todo, sin contraer la enfermedad corriente de Maycomb. El motivo de que personas razonables se pongan a delirar como dementes en cuanto surge algo relacionado con un negro, es cosa que no pretendo comprender... Confío nada más en que Jem y Scout acudirán a mí para resolver sus dudas en lugar de prestar oídos a la población. Espero que tendrán bastante confianza en mí... ¡Jean Louise!

La cabeza me dio un salto. La asomé por la esquina.

—¡Señor!

—Vete a la cama.

Me escabullí hacia mi cuarto y me acosté. Tío Jack había sido un príncipe de los hombres al no traicionarme. Pero no supe imaginarme cómo se enteró Atticus de que estaba escuchando, y sólo al cabo de muchos años comprendí que quería que oyese todas las palabras que dijo.