la GUERRA del ARTE

COMO ES EL DÍA DE UN ESCRITOR

Me despierto con un insistente sentimiento de insatisfacción. Ya empiezo a sentir el miedo. Ya mis seres queridos se empiezan a disolver. Interactúo. Estoy presente. Pero no lo estoy.

No estoy pensando en el trabajo. Eso ya se lo dejé a la Musa. De lo que sí estoy consciente es de la Resistencia. La siento en mi interior. Le doy mi mayor respeto porque sé que puede derrotarme en cualquier día, tan fácil como la necesidad de un trago vence a un alcohólico.

Voy haciendo mis quehaceres, el correo, las obligaciones de la vida diaria. De nuevo estoy ahí pero no realmente. El reloj está avanzando en mi cabeza; sé que puedo entretenerme en tonterías por un rato, pero tengo que detenerme cuando la campana suene.

Estoy muy consciente del Principio de la Prioridad, que dice a) debes saber la diferencia entre lo que es urgente y lo importante, y b) debes hacer lo importante primero.

Lo que es importante es el trabajo. Ese es el juego para el que me estoy preparando. Es el campo en el que debo dejar todo lo que tengo.
¿Realmente creo que mi trabajo es crucial para la sobrevivencia del planeta? Desde luego que no. Pero es tan importante para mí como es para un halcón atrapar ese ratón. Está hambriento. Necesita cazar. También yo.

Termino mis quehaceres ahora. Es hora. Digo mi oración y me preparo para ir de cacería.

El sol no ha salido todavía; hace frío; los campos están empapados. Los arbustos arañan mis tobillos, ramas me pegan en la cara. La colina es pesada, ¿pero qué vas a hacer? Poner un pie enfrente del otro y seguir avanzando.

Pasa una hora. Estoy un poco más caliente, el paso que llevo hace mi sangre fluir. Los años me han enseñado una habilidad: cómo ser miserable. Sé callarme y seguir avanzando. Este es un gran recurso porque es humano, el rol propio de un mortal. No ofende a los dioses, sino que sonsaca su intervención. Mi ser quejumbroso está retrocediendo ahora. Los instintos empiezan a tomar el mando. Otra hora pasa. Doy la vuelta a un matorral y ahí está: ese conejo gordo que sabía que aparecería si seguía insistiendo.

En casa después de mi caminata por la colina, agradezco a los inmortales y les ofrezco su parte de la presa. Ellos me la trajeron, se merecen su parte. Estoy agradecido.

Bromeo con mis hijos enfrente del fuego. Están felices; el viejo les ha traído el alimento. La dama está feliz; está cocinándolo. Yo estoy feliz; he merecido mi estancia en este planeta cuando menos por hoy.

La Resistencia no es un factor ahora. No pienso en la cacería y no pienso en la oficina. La tensión ha sido drenada de mi cuello y espalda. Lo que sienta y diga esta noche no vendrá de ninguna parte no resuelta o repudiada de mí, de ninguna parte corrupta por la Resistencia.

Me voy a dormir tranquilo, pero mi último pensamiento del día es la Resistencia. Mañana despertaré con ella. Ya me estoy preparando.