El Alquimista

El Alquimista - Segunda Parte 2.2

—No sabemos cuándo se va a acabar la guerra, y no podemos seguir el viaje —dijo—. Los combates durarán mucho tiempo, tal vez muchos años. Cuentan con guerreros fuertes y valientes en ambos bandos, y existe el honor de combatir en ambos ejércitos. No es una guerra entre buenos y malos. Es
una guerra entre fuerzas que luchan por el mismo poder, y cuando este tipo de batalla comienza, se prolonga más que las otras, porque Alá está en los dos bandos.
Las personas se dispersaron. El muchacho se volvió a encontrar con Fátima aquella tarde, y le habló de la reunión.
—El segundo día que nos encontramos —dijo ella—, me hablaste de tu amor. Después me enseñaste cosas bellas, como el Lenguaje y el Alma del Mundo. Todo esto me hace poco a poco ser parte de ti.
El muchacho oía su voz y la encontraba más hermosa que el sonido del viento entre las hojas de las datileras.
—Hace mucho tiempo que estuve aquí, en este pozo, esperándote. No consigo recordar mi pasado, la Tradición, la manera en que los hombres esperan que se comporten las mujeres del desierto. Desde pequeña soñaba que el desierto me traería el mayor regalo de mi vida. Este regalo llegó, por fin, y eres tú.
El muchacho sintió deseos de tocar su mano. Pero Fátima estaba sosteniendo las asas del cántaro.
—Tú me hablaste de tus sueños, del viejo rey y del tesoro. Me hablaste de las señales. Ya no tengo miedo de nada, porque fueron estas señales las que te trajeron a mí. Y yo soy parte de tu sueño, de tu Leyenda Personal, como sueles decir.
»Por eso quiero que sigas en la dirección de lo que viniste a buscar. Si tienes que esperar hasta el final de la guerra, muy bien. Pero si tienes que partir antes, ve en dirección a tu Leyenda. Las dunas cambian con el viento, pero el desierto sigue siendo el mismo. Así sucederá con nuestro amor.
»Maktub —añadió—. Si yo soy parte de tu Leyenda, tú volverás un día.
El muchacho se quedó triste tras el encuentro con Fátima. Se acordaba de mucha gente que había conocido. A los pastores casados les costaba mucho convencer a sus esposas de que debían andar por los campos. El amor exigía estar junto a la persona amada.
Al día siguiente contó todo esto a Fátima.
—El desierto se lleva a nuestros hombres y no siempre los devuelve —dijo ella—. Entonces nos acostumbramos a esto. Y ellos pasan a existir en las nubes sin lluvia, en los animales que se esconden entre las piedras, en el agua que brota generosa de la tierra. Pasan a formar parte de todo, pasan a ser el Alma del Mundo.
»Algunos vuelven. Y entonces todas las mujeres se alegran, porque los
hombres que ellas esperan también pueden volver algún día. Antes yo miraba a esas mujeres y envidiaba su felicidad. Ahora yo también tendré una persona a quien esperar.
»Soy una mujer del desierto, y estoy orgullosa de ello. Quiero que mi hombre también camine libre como el viento que mueve las dunas. También quiero poder ver a mi hombre en las nubes, en los animales y en el agua.
El muchacho fue a buscar al Inglés. Quería hablarle de Fátima. Se sorprendió al ver que el Inglés había construido un pequeño horno al lado de su tienda. Era un horno extraño, con un frasco transparente encima. El Inglés alimentaba el fuego con leña, y miraba el desierto. Sus ojos parecían brillar más cuando pasaba todo el tiempo leyendo libros.
—Ésta es la primera fase del trabajo —dijo—. Tengo que separar el azufre impuro. Para esto, no puedo tener miedo de fallar. El miedo a fallar fue lo que me impidió intentar la Gran Obra hasta hoy. Es ahora cuando estoy empezando lo que debería haber comenzado diez años atrás. Pero me siento feliz de no haber esperado veinte años para esto.
Y continuó alimentando el fuego y mirando el desierto. El muchacho se quedó junto a él un rato, hasta que el desierto comenzó a ponerse rosado con la luz del atardecer. Entonces sintió un inmenso deseo de ir hasta allí, para ver si el silencio conseguía responder a sus preguntas.
Caminó sin rumbo por algún tiempo, manteniendo las palmeras del oasis al alcance de sus ojos. Escuchaba el viento, y sentía las piedras bajo sus pies. A veces encontraba alguna concha y sabía que aquel desierto, en una época remota, había sido un gran mar. Después se sentó sobre una piedra y se dejó hipnotizar por el horizonte que tenía delante de él. No conseguía entender el Amor sin el sentimiento de posesión; pero Fátima era una mujer del desierto, y si alguien podía enseñarle esto era el desierto.
Se quedó así, sin pensar en nada, hasta que presintió un movimiento sobre su cabeza. Miró hacia el cielo y vio que eran dos gavilanes que volaban muy alto.
El muchacho observó a los gavilanes, y los dibujos que trazaban en el cielo. Parecía una cosa desordenada y, sin embargo, tenían algún sentido para él. Sólo que no conseguía comprender su significado. Decidió que debía acompañar con los ojos el movimiento de los pájaros, y quizá entonces pudiera leer algo. Tal vez el desierto pudiera explicarle el amor sin posesión.
Empezó a sentir sueño. Su corazón le pidió que no se durmiera: por el contrario, debía entregarse. «Estaba penetrando en el Lenguaje del Mundo y todo en esta tierra tiene sentido, incluso el vuelo de los gavilanes», dijo. Y aprovechó la ocasión para agradecer el hecho de estar lleno de amor por una
mujer. «Cuando se ama, las cosas adquieren aún más sentido», pensó.
De repente, un gavilán dio una rápida zambullida en el cielo y atacó al otro. Cuando hizo este movimiento, el muchacho tuvo una súbita y rápida visión: un ejército, con las espadas desenvainadas, entraba en el oasis. La visión desapareció en seguida, pero aquello le dejó sobresaltado. Había oído hablar de los espejismos, y ya había visto algunos: eran deseos que se materializaban sobre la arena del desierto. Sin embargo, él no deseaba que ningún ejército invadiera el oasis.
Decidió olvidar todo aquello y volver a su meditación. Intentó nuevamente concentrarse en el desierto color de rosa y en las piedras. Pero algo en su corazón lo mantenía intranquilo.
«Sigue siempre las señales», le había dicho el viejo rey. Y el muchacho pensó en Fátima. Se acordó de lo que había visto, y presintió lo que estaba a punto de suceder.
Con mucha dificultad salió del trance en que había entrado. Se levantó y comenzó a caminar en dirección a las palmeras. Una vez más percibía el múltiple lenguaje de las cosas: esta vez, el desierto era seguro, y el oasis se había transformado en un peligro.
El camellero estaba sentado al pie de una datilera, contemplando también la puesta del sol. Vio salir al muchacho de detrás de una de las dunas.
—Se aproxima un ejército —dijo—. He tenido una visión.
—El desierto llena de visiones el corazón de un hombre —repuso el camellero.
Pero el muchacho le explicó lo de los gavilanes: estaba contemplando su vuelo cuando se había sumergido de repente en el Alma del Mundo.
El camellero permaneció callado; entendía lo que el muchacho decía. Sabía que cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas. Si abriese un libro en cualquier página, o mirase las manos de las personas, o las cartas de la baraja, o el vuelo de los pájaros, o fuera lo que fuese, cualquier persona encontraría alguna conexión de sentido con alguna situación que estaba viviendo. Pero en verdad, no eran las cosas las que mostraban nada; eran las personas que, al mirarlas, descubrían la manera de penetrar en el Alma del Mundo.
El desierto estaba lleno de hombres que se ganaban la vida porque podían penetrar con facilidad en el Alma del Mundo. Se les conocía con el nombre de Adivinos, y eran muy temidos por las mujeres y los ancianos. Los Guerreros raramente los consultaban, porque era imposible entrar en una batalla sabiendo cuándo se va a morir. Los Guerreros preferían el sabor de la lucha y la
emoción de lo desconocido. El futuro había sido escrito por Alá, y cualquier cosa que hubiese escrito era siempre para el bien del hombre. Entonces los Guerreros apenas vivían el presente, porque el presente estaba lleno de sorpresas y ellos tenían que vigilar muchas cosas: dónde estaba la espada del enemigo, dónde estaba su caballo, cuál era el próximo golpe que debía lanzar para salvar la vida.
El camellero no era un Guerrero, y ya había consultado a algunos Adivinos. Muchos le habían dicho cosas acertadas, otros, cosas equivocadas. Hasta que uno de ellos, el más viejo (y el más temido) le preguntó por qué estaba tan interesado en saber su futuro.
—Para poder hacer las cosas —repuso el camellero—. Y cambiar lo que no me gustaría que sucediera.
—Entonces dejará de ser tu futuro —replicó el Adivino.
—Entonces tal vez quiero conocer el futuro para prepararme para las cosas que vendrán.
—Si son cosas buenas, cuando lleguen serán una agradable sorpresa —dijo el Adivino—. Y si son malas, empezarás a sufrir mucho antes de que sucedan.
—Quiero conocer el futuro porque soy un hombre —dijo el camellero al Adivino—. Y los hombres viven en función de su futuro.
El Adivino guardó silencio unos instantes. Él era especialista en el juego de varillas, que se arrojaban al suelo y se interpretaban según la manera en que caían. Aquel día él no lanzó las varillas, sino que las envolvió en un pañuelo y las volvió a colocar en el bolsillo.
—Me gano la vida adivinando el futuro de las personas —dijo—. Conozco la ciencia de las varillas y sé cómo utilizarla para penetrar en este espacio donde todo está escrito. Allí puedo leer el pasado, descubrir lo que ya fue olvidado y entender las señales del presente.
»Cuando las personas me consultan, yo no estoy leyendo el futuro; estoy adivinando el futuro. Porque el futuro pertenece a Dios, y Él sólo lo revela en circunstancias extraordinarias. ¿Y cómo consigo adivinar el futuro? Por las señales del presente. Es en el presente donde está el secreto; si prestas atención al presente, podrás mejorarlo. Y si mejoras el presente, lo que sucederá después también será mejor. Olvida el futuro y vive cada día de tu vida en las enseñanzas de la Ley y en la confianza de que Dios cuida de sus hijos. Cada día trae en sí la Eternidad. El camellero quiso saber cuáles eran las circunstancias en las que Dios permitía ver el futuro:
—Cuando Él mismo lo muestra. Y Dios muestra el futuro raramente, y por una única razón: es un futuro que fue escrito para ser cambiado.
Dios había mostrado un futuro al muchacho, pensó el camellero, porque quería que el muchacho fuese Su instrumento.
—Ve a hablar con los jefes tribales —le dijo—. Háblales de los guerreros que se aproximan.
—Se reirán de mí.
—Son hombres del desierto, y los hombres del desierto están acostumbrados a las señales.
—Entonces ya deben de saberlo.
—Ellos no se preocupan por eso. Creen que si tienen que saber algo que Alá quiera contarles, lo sabrán a través de alguna persona. Ya pasó muchas veces antes. Pero hoy, esa persona eres tú.
El muchacho pensó en Fátima. Y decidió ir a ver a los jefes tribales.
—Traigo señales del desierto —dijo al guardián que estaba frente a la entrada de la inmensa tienda blanca, en el centro del oasis—. Quiero ver a los jefes.
El guarda no respondió. Entró y tardó mucho en regresar. Lo hizo acompañado de un árabe joven, vestido de blanco y oro. El muchacho contó al joven lo que había visto. Él le pidió que esperase un poco y volvió a entrar.
Cayó la noche. Entraron y salieron varios árabes y mercaderes. Poco a poco las hogueras se fueron apagando y el oasis comenzó a quedar tan silencioso como el desierto. Sólo la luz de la gran tienda continuaba encendida. Durante todo este tiempo, el muchacho estuvo pensando en Fátima, aún sin comprender la conversación de aquella tarde.
Finalmente, después de muchas horas de espera, el guardián le mandó entrar.

Lo que vio lo dejó extasiado. Nunca hubiera podido imaginar que en medio del desierto existiese una tienda como aquélla. El suelo estaba cubierto con las más bellas alfombras que jamás había pisado y del techo pendían lámparas de metal amarillo labrado, cubierto de velas encendidas. Los jefes tribales estaban sentados en el fondo de la tienda, en semicírculo, descansando sus brazos y piernas en almohadas de seda con ricos bordados. Diversos criados entraban y salían con bandejas de plata llenas de especias y té. Algunos se encargaban de mantener encendidas las brasas de los narguiles. Un suave aroma llenaba el ambiente.
Había ocho jefes, pero el muchacho pronto se dio cuenta de cuál era el más importante: un árabe vestido de blanco y oro, sentado en el centro del semicírculo. A su lado estaba el joven árabe con quien había conversado antes.
—¿Quién es el extranjero que habla de señales? —preguntó uno de los jefes mirándole.
—Soy yo —repuso. Y le contó lo que había visto.
—¿Y por qué el desierto iba a contar esto a un extraño, cuando sabe que estamos aquí desde varias generaciones? —dijo otro jefe tribal.
—Porque mis ojos aún no se han acostumbrado al desierto —respondió el muchacho—, y puedo ver cosas que los ojos demasiado acostumbrados no consiguen ver.
«Y porque yo sé acerca del Alma del Mundo», pensó para sí. Pero no dijo nada, porque los árabes no creen en estas cosas.
—El Oasis es un terreno neutral. Nadie ataca a un Oasis —replicó un tercer jefe.
—Yo sólo cuento lo que vi. Si no queréis creerlo, no hagáis nada.
Un completo silencio se abatió sobre la tienda, seguido de una exaltada conversación entre los jefes tribales. Hablaban en un dialecto árabe que el muchacho no entendía, pero cuando hizo ademán de irse, un guardián le dijo que se quedara. El muchacho empezó a sentir miedo; las señales decían que algo andaba mal. Lamentó haber conversado con el camellero sobre esto.
De repente, el viejo que estaba en el centro insinuó una sonrisa casi imperceptible, que tranquilizó al muchacho. El viejo no había participado en la discusión, ni había dicho palabra hasta aquel momento. Pero el muchacho ya estaba acostumbrado al Lenguaje del Mundo, y pudo sentir una vibración de Paz cruzando la tienda de punta a punta. Su intuición le dijo que había actuado correctamente al ir.
La discusión terminó. Se quedaron en silencio durante algún tiempo, escuchando al viejo. Después, éste se giró hacia el muchacho. Esta vez su rostro era frío y distante.
—Hace dos mil años, en una tierra lejana, arrojaron a un pozo y vendieron como esclavo a un hombre que creía en los sueños —dijo—. Nuestros mercaderes lo compraron y lo trajeron a Egipto. Y todos nosotros sabemos que quien cree en los sueños también sabe interpretarlos.
«Aun cuando no siempre consiga realizarlos», pensó el muchacho acordándose de la vieja gitana.
—A causa de los sueños del faraón con vacas flacas y gordas, este hombre libró a Egipto del hambre. Su nombre era José. También era un extranjero en una tierra extranjera, como tú, y debía de tener más o menos tu edad.
El silencio continuó. Los ojos del viejo se mantenían fríos.
—Siempre seguimos la Tradición. La Tradición salvó a Egipto del hambre en aquella época y lo convirtió en el más rico de todos los pueblos. La Tradición enseña cómo los hombres deben atravesar el desierto y casar a sus hijas. La Tradición dice que un Oasis es un terreno neutral, porque ambos lados tienen Oasis y son vulnerables.
Nadie dijo una palabra mientras el viejo hablaba.
—Pero la Tradición dice también que debemos creer en los mensajes del desierto. Todo lo que sabemos nos lo enseñó el desierto.
El viejo hizo una señal y todos los árabes se levantaron. La reunión estaba a punto de terminar. Los guardianes apagaron los narguiles y se alinearon en posición de firmes. El muchacho se preparó para salir, pero el viejo habló una vez más:
—Mañana romperemos un acuerdo que dice que nadie en el oasis puede portar armas. Durante todo el día aguardaremos a los enemigos. Cuando el sol descienda en el horizonte, los hombres me devolverán las armas. Por cada diez enemigos muertos, tú recibirás una moneda de oro.
»Sin embargo, las armas no pueden salir de su lugar sin experimentar la batalla. Son caprichosas como el desierto, y si las acostumbramos a esto, la próxima vez pueden tener pereza de disparar. Si al acabar el día de mañana ninguna de ellas ha sido utilizada, por lo menos una será usada contra ti.
El oasis sólo estaba iluminado por la luna llena cuando el muchacho salió. Tenía veinte minutos de caminata hasta su tienda y echó a andar.
Estaba asustado por todo lo sucedido. Se había sumergido en el Alma del Mundo y el precio que tenía que pagar por creer en aquello era su vida. Una apuesta elevada. Pero había apostado alto desde el día en que vendió sus ovejas para seguir su Leyenda Personal. Y, como decía el camellero, no hay tanta diferencia entre morir mañana u otro día. Cualquier día estaba hecho para ser vivido o para abandonar el mundo. Todo dependía de una palabra: Maktub.
Caminó en silencio. No estaba arrepentido. Si muriese mañana sería porque Dios no tendría ganas de cambiar el futuro. Pero moriría después de haber cruzado el estrecho, trabajado en una tienda de cristales, conocido el silencio del desierto y los ojos de Fátima. Había vivido intensamente cada uno de sus días desde que salió de su casa, hacía ya tanto tiempo. Si muriese mañana, sus ojos habrían visto muchas más cosas que los ojos de otros pastores, y el muchacho estaba orgulloso de ello.
De repente oyó un estruendo y fue arrojado súbitamente a tierra por el impacto de un viento que no conocía. El lugar se llenó de una polvareda tan
grande que casi cubrió la luna. Y, ante él, un enorme caballo blanco se alzó sobre sus patas y dejó oír un relincho aterrador.
El muchacho casi no podía ver lo que pasaba, pero cuando la polvareda se asentó un poco, sintió un pavor como jamás había sentido antes. Sobre el caballo había un caballero vestido de negro, con un halcón sobre su hombro izquierdo. Usaba turbante, y un pañuelo le cubría todo el rostro, dejando ver sólo sus ojos. Parecía un mensajero del desierto, pero su presencia era más fuerte que la de cualquier persona que hubiera conocido en toda su vida.
El extraño caballero alzó una enorme espada curva que traía sujeta a la silla. El acero brilló con la luz de la luna.
—¿Quién ha osado leer el vuelo de los gavilanes? —preguntó con una voz tan fuerte que pareció resonar entre las cincuenta mil palmeras de al-Fayum.
—He sido yo —dijo el muchacho. Se acordó inmediatamente de la imagen de Santiago Matamoros y de su caballo blanco con los infieles bajo sus patas. Era exactamente igual. Sólo que ahora la situación estaba invertida—. He sido yo —repitió bajando la cabeza para recibir el golpe de la espada—. Se salvarán muchas vidas porque vosotros no contabais con el Alma del Mundo.
La espada, no obstante, no bajó de golpe. La mano del extraño fue descendiendo lentamente, hasta que la punta de la lámina tocó la cabeza del chico. Era tan afilada que salió una gota de sangre.
El caballero estaba completamente inmóvil. El muchacho también. Ni por un momento pensó en huir. Una extraña alegría se había apoderado de su corazón: iba a morir por su Leyenda Personal. Y por Fátima. Finalmente, las señales habían resultado verdaderas. Allí estaba el Enemigo y precisamente por eso él no necesitaba preocuparse por la muerte, porque había un Alma del Mundo. Dentro de poco él estaría formando parte de ella. Y mañana el Enemigo, también.
El extraño, sin embargo, se limitaba a mantener la espada apoyada en su cabeza.
—¿Por qué leíste el vuelo de los pájaros?
—Leí sólo lo que los pájaros querían contar. Ellos quieren salvar el oasis, y vosotros moriréis. El oasis tiene más hombres que vosotros.
La espada continuaba en su cabeza.
—¿Quién eres tú para cambiar el destino de Alá?
—Alá creó los ejércitos, y creó también los pájaros. Alá me mostró el lenguaje de los pájaros. Todo fue escrito por la misma Mano —dijo el muchacho recordando las palabras del camellero.
El extraño finalmente retiró la espada de la cabeza. El muchacho sintió cierto alivio. Pero no podía huir.
—Cuidado con las adivinaciones —le advirtió el extraño—. Cuando las cosas están escritas, no hay manera de evitarlas.
—Sólo vi un ejército —dijo el muchacho—. No vi el resultado de la batalla.
Al caballero pareció complacerle la respuesta. Pero mantenía la espada en la mano.
—¿Qué es lo que haces, extranjero en una tierra extranjera? —Busco mi Leyenda Personal. Algo que tú no entenderás nunca.
El caballero envainó su espada y el halcón en su hombro dio un grito extraño. El muchacho empezó a tranquilizarse.
—Tenía que poner a prueba tu valor —dijo el extraño—. El coraje es el don más importante para quien busca el Lenguaje del Mundo.
El muchacho se sorprendió. Aquel hombre hablaba de cosas que poca gente conocía.
—Es necesario no claudicar nunca, aun habiendo llegado tan lejos — continuó—. Es necesario amar el desierto, pero jamás confiar enteramente en él. Porque el desierto es una prueba para todos los hombres; cada paso es una prueba, y mata a quien se distrae.
Sus palabras le recordaban a las palabras del viejo rey.
—Si llegan los guerreros, y tu cabeza aún está sobre los hombros después de la puesta de sol, búscame —dijo el extraño.
La misma mano que había empuñado la espada empuñó un látigo. El caballo se empinó nuevamente levantando una nube de polvo.
—¿Dónde vives? —gritó el chico mientras el caballero se alejaba. La mano con el látigo señaló hacia el sur.
El muchacho había encontrado al Alquimista.
A la mañana siguiente había dos mil hombres armados entre las palmeras de al—Fayum. Antes de que el sol llegase a lo alto del cielo, quinientos guerreros aparecieron en el horizonte. Los jinetes entraron en el oasis por la parte norte; parecía una expedición de paz, pero llevaban armas escondidas en sus mantos blancos. Cuando llegaron cerca de la gran tienda que quedaba en el centro de al—Fayum, sacaron las cimitarras y las espingardas. Pero lo único que atacaron fue una tienda vacía.
Los hombres del oasis cercaron a los jinetes del desierto. A la media hora había cuatrocientos noventa y nueve cuerpos esparcidos por el suelo. Los niños estaban en el otro extremo del bosque de palmeras, y no vieron nada. Las mujeres rezaban por sus maridos en las tiendas, y tampoco vieron nada. Si no hubiera sido por los cuerpos esparcidos, el oasis habría parecido vivir un día normal.
Sólo le perdonaron la vida a un guerrero: el comandante del batallón. Por la tarde fue conducido ante los jefes tribales, que le preguntaron por qué había roto la Tradición. El comandante respondió que sus hombres tenían hambre y sed, estaban exhaustos por tantos días de batalla, y habían decidido tomar un oasis para poder recomenzar la lucha.
El jefe tribal dijo que lo sentía por los guerreros, pero la Tradición jamás puede quebrantarse. La única cosa que cambia en el desierto son las dunas cuando sopla el viento.
Después condenó al comandante a una muerte sin honor. En vez de morir por el acero o por una bala de fusil, fue ahorcado desde una palmera también muerta, y su cuerpo se balanceó con el viento del desierto.
El jefe tribal llamó al extranjero y le dio cincuenta monedas de oro. Después volvió a recordar la historia de José en Egipto y le pidió que fuese el Consejero del Oasis.
Cuando el sol se hubo puesto por completo y las primeras estrellas comenzaron a aparecer (no brillaban mucho, porque aún había luna llena), el muchacho se dirigió caminando hacia el sur. Solamente había una tienda, y algunos árabes que pasaban por allí decían que el lugar estaba lleno de djins. Pero el muchacho se sentó y esperó durante mucho tiempo. El Alquimista apareció cuando la luna ya estaba alta en el cielo. Traía dos gavilanes muertos en el hombro.
—Aquí estoy —dijo el muchacho.
—Pero no es aquí donde deberías estar —respondió el Alquimista—. ¿O tu Leyenda Personal era llegar hasta aquí?
—Hay guerra entre los clanes. No se puede cruzar el desierto.
El Alquimista bajó del caballo e hizo una señal al muchacho para que entrase con él en la tienda. Era una tienda igual que todas las otras que había conocido en el oasis —exceptuando la gran tienda central, que tenía el lujo de los cuentos de hadas—. El chico buscó con la mirada los aparatos y hornos de alquimia, pero no encontró nada: sólo unos pocos libros apilados, un fogón para cocinar y las alfombras llenas de dibujos misteriosos.
—Siéntate, que prepararé un té —dijo el Alquimista. Y nos comeremos
juntos estos gavilanes.
El muchacho sospechó que eran los mismos pájaros que había visto el día anterior, pero no dijo nada. El Alquimista encendió el fuego y al poco tiempo un delicioso olor a carne llenaba la tienda. Era mejor que el perfume de los narguiles.
—¿Por qué quiere verme? —preguntó el chico.
—Por las señales —repuso el Alquimista—. El viento me contó que vendrías y que necesitarías ayuda.
—No soy yo. Es el otro extranjero, el Inglés. Él es quien lo estaba buscando.
—Él debe encontrar otras cosas antes de encontrarme a mí. Pero está en el camino adecuado: ya ha empezado a contemplar el desierto.
—¿Y yo?
—Cuando se quiere algo, todo el Universo conspira para que esa persona consiga realizar su sueño —dijo el Alquimista repitiendo las palabras del viejo rey. El muchacho lo comprendió: otro hombre estaba en su camino para conducirlo hacia su Leyenda Personal.
—Entonces, ¿usted me enseñará?
—No. Tú ya sabes todo lo que necesitas. Sólo te voy a ayudar a que puedas seguir en dirección a tu tesoro.
—Pero hay una guerra entre los clanes —repitió el muchacho. —Yo conozco el desierto.
—Ya encontré mi tesoro. Tengo un camello, el dinero de la tienda de cristales y cincuenta monedas de oro. Puedo ser un hombre rico en mi tierra.
—Pero nada de esto está cerca de las Pirámides —dijo el Alquimista. —Tengo a Fátima. Es un tesoro mayor que todo lo que conseguí juntar. —Ella tampoco está cerca de las Pirámides.
Se comieron los gavilanes en silencio. El Alquimista abrió una botella y vertió un líquido rojo en el vaso del muchacho. Era vino, uno de los mejores vinos que había tomado en su vida. Pero el vino estaba prohibido por la Ley.
—El mal no es lo que entra en la boca del hombre —dijo el Alquimista—. El mal es lo que sale de ella.
El muchacho empezó a sentirse alegre con el vino. Pero el Alquimista le inspiraba miedo. Se sentaron fuera de la tienda contemplando el brillo de la
luna, que ofuscaba a las estrellas.
—Bebe y distráete un poco —dijo el Alquimista, que se había dado cuenta de que el chico se iba poniendo cada vez más alegre—. Reposa como un guerrero reposa siempre antes del combate. Pero no olvides que tu corazón está junto a tu tesoro. Y debes hallar tu tesoro para que todo esto que descubriste durante el camino pueda tomar sentido.
»Mañana vende tu camello y compra un caballo. Los camellos son traicioneros: andan miles de pasos y no dan ninguna señal de cansancio. De repente, sin embargo, se arrodillan y mueren. El caballo se va cansando poco a poco. Y tú siempre podrás saber lo que puedes exigirle, o en qué momento va a morir.
A la noche siguiente, el muchacho apareció con un caballo en la tienda del Alquimista. Esperó un poco y apareció montado en el suyo y con un halcón en el hombro izquierdo.
—Muéstrame la vida en el desierto —dijo el Alquimista—. Sólo quien encuentra vida puede encontrar tesoros.
Comenzaron a caminar por las arenas, con la luna aún brillando sobre ellos. «No sé si conseguiré encontrar vida en el desierto —pensó el chico—. No conozco el desierto.»
Quiso decirle esto al Alquimista, pero le inspiraba miedo. Llegaron al lugar con piedras donde había visto a los gavilanes en el cielo; ahora, todo era silencio y viento.
—No consigo encontrar vida en el desierto —dijo el muchacho—. Sé que existe, pero no consigo encontrarla.
—La vida atrae a la vida —respondió el Alquimista.
El muchacho lo entendió. Al momento soltó las riendas de su caballo, que corrió libremente por las piedras y la arena. El Alquimista los seguía en silencio. El caballo del muchacho anduvo suelto casi media hora. Ya no se distinguían las palmeras del oasis; sólo la luna gigantesca en el cielo y las rocas brillando con tonalidades plateadas. De repente, en un lugar donde jamás había estado antes, el muchacho notó que su caballo paraba.
—Aquí hay vida —le comunicó al Alquimista—. No conozco el lenguaje del desierto, pero mi caballo conoce el lenguaje de la vida.
Desmontaron. El Alquimista no dijo nada. Comenzó a mirar las piedras, caminando despacio. De repente se detuvo y se agachó cuidadosamente. Había un agujero en el suelo, entre las piedras; el Alquimista metió la mano dentro del agujero y después todo el brazo, hasta el hombro. Algo se movió allá dentro, y los ojos del Alquimista —el muchacho sólo podía verle los ojos— se
encogieron por el esfuerzo y la tensión. El brazo parecía luchar con lo que había allí adentro. De repente, el Alquimista retiró el brazo y se puso de pie de un salto. El muchacho se asustó. El Alquimista sostenía una serpiente cogida por la cola.
El muchacho también dio un salto, sólo que hacia atrás. La serpiente se debatía sin cesar, emitiendo ruidos y silbidos que herían el silencio del desierto. Era una naja, cuyo veneno podía matar a un hombre en pocos minutos.
«Cuidado con el veneno», llegó a pensar el muchacho. Pero el Alquimista había metido la mano en el agujero y con toda seguridad la serpiente ya le habría mordido. Su rostro, no obstante, estaba tranquilo. «El Alquimista tiene doscientos años», había dicho el Inglés. Ya debía de saber cómo tratar a las serpientes del desierto.
El muchacho vio cómo su compañero iba hasta su caballo y cogía la larga espada en forma de media luna. Trazó un círculo en el suelo con ella y colocó a la serpiente en el centro. El animal se tranquilizó inmediatamente.
—Puedes estar tranquilo —dijo el Alquimista—. No saldrá de ahí. Y tú ya has descubierto la vida en el desierto, la señal que yo necesitaba.
—¿Por qué es tan importante esto?
—Porque las Pirámides están rodeadas de desierto.
El muchacho no quería oír hablar de las Pirámides. Desde la noche anterior su corazón estaba pesaroso y triste, porque seguir en busca de su tesoro significaba tener que abandonar a Fátima.
—Voy a guiarte a través del desierto —dijo el Alquimista. —Quiero quedarme en el oasis —repuso el muchacho—. Ya encontré a Fátima. Y ella, para mí, vale más que el tesoro.
—Fátima es una mujer del desierto —dijo el Alquimista—. Sabe que los hombres deben partir para poder volver. Ella ya encontró su tesoro: tú. Ahora espera que tú encuentres lo que buscas.
—¿Y si decido quedarme?
—Serás el Consejero del Oasis. Tienes oro suficiente como para comprar muchas ovejas y muchos camellos. Te casarás con Fátima y viviréis felices el primer año. Aprenderás a amar el desierto y conocerás cada una de las cincuenta mil palmeras. Verás cómo crecen, mostrando un mundo siempre cambiante. Y entenderás cada vez más las señales, porque el desierto es el mejor de todos los maestros.
»El segundo año te empezarás a acordar de que existe un tesoro. Las
señales empezarán a hablarte insistentemente sobre ello, y tú intentarás ignorarlas. Dedicarás todos tus conocimientos al bienestar del oasis y de sus habitantes. Los jefes tribales te quedarán agradecidos por ello. Y tus camellos te aportarán riqueza y poder.
»Al tercer año, las señales continuarán hablando de tu tesoro y tu Leyenda Personal. Pasarás noches enteras andando por el oasis, y Fátima será una mujer triste, porque ella fue la que interrumpió tu camino. Pero tú le darás amor, y ella te corresponderá. Tú recordarás que ella jamás te pidió que te quedaras, porque una mujer del desierto sabe esperar a su hombre. Por eso no puedes culparla. Pero andarás muchas noches por las arenas del desierto y paseando entre las palmeras, pensando que tal vez pudiste haber seguido adelante y haber confiado más en tu amor por Fátima. Porque lo que te retuvo en el oasis fue tu propio miedo a no volver nunca. Y, a estas alturas, las señales te indicarán que tu tesoro está enterrado para siempre.
»El cuarto año, las señales te abandonarán, porque tú no quisiste oírlas. Los Jefes Tribales lo sabrán, y serás destituido del Consejo. Entonces serás un rico comerciante con muchos camellos y muchas mercancías. Pero pasarás el resto de tus días vagando entre las palmeras y el desierto, sabiendo que no cumpliste con tu Leyenda Personal y que ya es demasiado tarde para ello.
»Sin comprender jamás que el Amor nunca impide a un hombre seguir su Leyenda Personal. Cuando esto sucede, es porque no era el verdadero Amor, aquel que habla el Lenguaje del Mundo.
El Alquimista deshizo el círculo en el suelo, y la serpiente corrió y desapareció entre las piedras. El muchacho se acordaba del mercader de cristales, que siempre quiso ir a La Meca, y del Inglés, que buscaba a un alquimista. Se acordaba también de una mujer que confió en el desierto y un día el desierto le trajo a la persona a quien deseaba amar.
Montaron en sus caballos y esta vez fue el muchacho quien siguió al Alquimista. El viento traía los ruidos del oasis, y él intentaba identificar la voz de Fátima. Aquel día no había ido al pozo a causa de la batalla.
Pero esta noche, mientras miraban a una serpiente dentro de un círculo, el extraño caballero con su halcón en el hombro había hablado de amor y de tesoros, de las mujeres del desierto y de su Leyenda Personal.
—Iré contigo —dijo el muchacho. E inmediatamente sintió paz en su corazón.
—Partiremos mañana, antes de que amanezca —fue la única respuesta del Alquimista.
El muchacho se pasó toda la noche despierto. Dos horas antes del
amanecer, despertó a uno de los chicos que dormía en su tienda y le pidió que le mostrara dónde vivía Fátima. Salieron juntos y fueron hasta allí. A cambio, el muchacho le dio dinero para comprar una oveja.
Después le pidió que descubriera dónde dormía Fátima, que la despertara y le dijese que él la estaba esperando. El joven árabe lo hizo, y a cambio recibió dinero para comprar otra oveja.
—Ahora déjanos solos —dijo el muchacho al joven árabe, que volvió a su tienda a dormir, orgulloso de haber ayudado al Consejero del Oasis y contento por tener dinero para comprar ovejas.
Fátima apareció en la puerta de la tienda, y ambos se dirigieron hacia las palmeras. El muchacho sabía que esto iba contra la Tradición, pero para él ahora eso carecía de importancia.
—Me voy —dijo—. Y quiero que sepas que volveré. Te amo porque...
—No digas nada —le interrumpió Fátima—. Se ama porque se ama. No hay ninguna razón para amar.
Pero el muchacho prosiguió:
—Yo te amo porque tuve un sueño, encontré un rey, vendí cristales, crucé el desierto, los clanes declararon la guerra, y estuve en un pozo para saber dónde vivía un Alquimista. Yo te amo porque todo el Universo conspiró para que yo llegara hasta ti.
Los dos se abrazaron. Era la primera vez que sus cuerpos se tocaban.
—Volveré —repitió el muchacho. —Antes yo miraba al desierto con deseo —dijo Fátima—. Ahora lo haré con esperanza. Mi padre un día partió, pero volvió junto a mi madre, y continúa volviendo siempre.
Y no dijeron nada más. Anduvieron un poco entre las palmeras y el muchacho la dejó a la puerta de la tienda.
—Volveré como tu padre volvió para tu madre —aseguró.
Se dio cuenta de que los ojos de Fátima estaban llenos de lágrimas. —¿Lloras?
—Soy una mujer del desierto —dijo ella escondiendo el rostro—. Pero por encima de todo soy una mujer.
Author Pablo Coelho